El 29 de julio de 1968, el Comité de Ciencia y Astronáutica de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos hizo algo que no había hecho nunca y que no volvería a hacer en más de medio siglo: sentó a un grupo de científicos en una sala del Congreso a hablar, durante un día entero, de objetos voladores no identificados.
No fue una audiencia de investigación con testigos y juramentos. Fue un simposio: una sesión académica celebrada en sede parlamentaria, con ponencias, con debate y con actas publicadas. Y el detalle más elocuente es este: ocurrió mientras el estudio universitario que iba a servir para cerrar el programa oficial estaba ya prácticamente redactado.
Qué se dijo allí
La sesión reunió a media docena de científicos de disciplinas distintas y con posiciones que iban del interés activo a la prudencia escéptica. El físico atmosférico James E. McDonald presentó una intervención larga y muy documentada sosteniendo que el asunto merecía atención científica seria y criticando con dureza el modo en que se había tratado hasta entonces. J. Allen Hynek, que llevaba veinte años como asesor astronómico del programa oficial, argumentó a favor de un estudio sistemático y de mejores procedimientos de recogida de datos.
Carl Sagan, por su parte, mantuvo la posición que sostendría toda su vida: que la búsqueda de vida en otros lugares del universo es una cuestión científica de primer orden, y que los avistamientos de objetos no identificados no aportan evidencia útil para esa búsqueda. Las dos cosas a la vez, sin contradicción.
El resultado material fue un volumen de actas. Es decir: el único documento del periodo clásico en el que varios científicos en activo discuten el asunto entre ellos, por escrito, con nombre y en sede oficial.
Por qué no sirvió de nada, y por qué importa igualmente
No sirvió de nada por una razón de calendario. Cuando aquellos científicos hablaban, la decisión ya estaba tomada en otra parte. El estudio encargado a la Universidad de Colorado estaba a punto de publicarse, su conclusión sería que veinte años de trabajo no habían aportado nada al conocimiento científico, y esa conclusión bastaría para cerrar el programa oficial al año siguiente. Lo hemos contado en el expediente correspondiente y en la ficha del informe.
Es la escena administrativa de siempre, y cualquiera que haya trabajado en una institución la reconocerá al instante: se convoca la reunión cuando el expediente ya está firmado. No por maldad. Por calendario.
E importa igualmente por dos motivos. El primero es documental: las actas existen, están publicadas y permiten leer lo que pensaban en 1968 varios científicos serios, con sus argumentos y sus reservas, sin el filtro de la divulgación posterior. Es una fuente primaria de primer orden y está infrautilizada.
El segundo es de fondo. Aquel día quedó demostrado que se podía discutir esto en un ámbito institucional sin que se hundiera el techo. Que había científicos en activo dispuestos a poner su nombre. Y que el obstáculo nunca fue un veto formal, sino algo más difuso y más eficaz: la ausencia de un procedimiento, de un presupuesto y de alguien a quien le correspondiera por escrito ocuparse del asunto.
Pasaron cincuenta y cinco años hasta que volvió a celebrarse algo comparable en aquella misma casa. Cincuenta y cinco años es mucho tiempo para una conversación que ya se había tenido, y que estaba, además, publicada.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Se distingue expresamente entre simposio y audiencia de investigación, distinción que suele omitirse al citar el evento. Se resume la posición de Carl Sagan sin deformarla en ninguna de las dos direcciones habituales.