Área 51 según los papeles de la CIA: lo que se desclasificó en 2013 fue un nombre
El documento se escribió en 1992 y ya estaba publicado desde 1998. En 2013 solo desaparecieron los tachones. Y dentro dice que los ovnis de la época éramos nosotros.
En agosto de 2013 el Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington publicó, obtenida por solicitud de acceso a la información, una versión sin censurar de la historia interna de la CIA sobre los programas U-2 y OXCART, redactada en 1992 y ya difundida con tachones en 1998. La novedad fue la aparición del nombre del emplazamiento y su ubicación en un mapa. El documento describe la elección del sitio en 1955, los programas de aviones de reconocimiento y sostiene que los vuelos a gran altitud explicarían más de la mitad de los avistamientos de la época, una proporción que no encaja bien con los recuentos públicos de la Fuerza Aérea.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha técnica
OSINT - Trazabilidad
Amigos, el 16 de agosto de 2013 la prensa de medio mundo publicó la misma noticia con el mismo titular: la CIA admite que Área 51 existe. Y esa mañana, en cientos de foros, mucha gente sintió que le habían dado la razón después de treinta años. Vengo a estropear la fiesta con lo de siempre: leyendo el documento.
Porque el documento existe, es público y es gratis. No hay que creerse a nadie. Lo consiguió el Archivo de Seguridad Nacional de la Universidad George Washington —el equipo de Jeffrey Richelson— mediante una solicitud de acceso a la información presentada años antes, y lo colgó entero en su web con una nota explicativa. Se titula, con esa prosa gris que tienen los buenos papeles, «La Agencia Central de Inteligencia y el reconocimiento aéreo: los programas U-2 y OXCART, 1954-1974».
Vengo a lo mío: papeles, fechas, organismos. Y este papel tiene una historia interna que vale más que el titular, porque lo interesante no es lo que dice. Es que ya lo había dicho antes, y nadie se enteró.
Lo verificable, primero
La historia la encargó la propia CIA en los años ochenta y se terminó en 1992. Es un documento interno, escrito por historiadores de la casa para la casa, con acceso a los archivos del programa. En 1998 se publicó una versión con tachones. En 2013 se publicó otra con menos tachones. Y esa es toda la noticia: entre una versión y otra desaparecieron los rectángulos negros que tapaban el nombre del sitio y el punto en el mapa.
Merece la pena detenerse en lo que eso significa, porque es una lección de cómo funciona la clasificación. El emplazamiento llevaba décadas siendo un secreto a voces: había fotografías de satélite comerciales, había vuelos de línea que lo bordeaban, había una aerolínea sin nombre que salía del aeropuerto de Las Vegas con empleados a bordo, y el propio Estado había expropiado terreno alrededor mediante procedimientos publicados. Lo que estaba clasificado no era la existencia del sitio. Era la palabra.
El contenido del documento, en cambio, es un manual de ingeniería y logística de la Guerra Fría, y es fascinante por motivos que no tienen nada que ver con marcianos. Cuenta cómo en la primavera de 1955 un equipo salió a buscar un sitio donde probar un avión que no debía existir, cómo dieron con un lecho de lago seco junto al polígono de pruebas nucleares de la Comisión de Energía Atómica, y cómo lo eligieron precisamente porque el espacio aéreo de al lado ya estaba cerrado por otra razón.
Cuenta también un detalle que dice mucho de la naturaleza humana: que para convencer a los ingenieros de irse a vivir a un secarral sin nada alrededor, el jefe del proyecto en Lockheed bautizó el sitio con un nombre comercial, algo así como «el rancho del paraíso». Uno lee eso y entiende de golpe que el lugar más mitificado del planeta empezó siendo un problema de recursos humanos.
Los primeros vuelos del U-2 desde allí son del verano de 1955. Después vino el programa OXCART, el del A-12 —el SR-71 fue un desarrollo paralelo de la Fuerza Aérea, no el mismo avión—, con sus primeros vuelos a comienzos de los sesenta. Ese es el contenido: dos generaciones de aviones espía, sus problemas de motores, sus accidentes, sus pilotos y su burocracia.
Y hay un dato administrativo que a mí me parece el mejor de todo el expediente, porque resume la paradoja entera. Desde mediados de los años noventa, a raíz de una demanda por vertidos y quemas de residuos peligrosos interpuesta por antiguos trabajadores, la Casa Blanca firma cada año una exención que dispensa a «la instalación operativa cercana a Groom Lake» de las obligaciones de información medioambiental. Esa exención se publica. Todos los años. En el boletín oficial estadounidense.
Es decir: el Gobierno de Estados Unidos publica anualmente un documento oficial que dice, en la práctica, «existe un sitio ahí y no vamos a contar lo que hacemos con sus residuos». Llevaba años haciéndolo mientras la palabra seguía tachada en un informe de 1992. La clasificación no es una lógica: es una inercia con firma.
La búsqueda del sitio
Un equipo del programa U-2 localiza un lecho de lago seco en Nevada, junto al polígono de pruebas nucleares. El espacio aéreo contiguo ya estaba cerrado.
Primeros vuelos
El U-2 empieza a volar desde el emplazamiento, a altitudes muy por encima de la aviación comercial de la época.
OXCART
Comienzan los vuelos del programa que desembocaría en el SR-71.
Se escribe la historia
La CIA termina una historia interna de ambos programas, redactada por sus propios historiadores.
Publicación censurada
Se difunde una versión con el nombre del emplazamiento y su ubicación tachados.
Publicación sin censurar
El Archivo de Seguridad Nacional obtiene y publica la versión sin esos tachones. El nombre y el mapa aparecen.
Fuente ↗Lo que el documento dice sobre los ovnis
Y ahora la parte que nos toca, que está en el propio texto y que casi nadie leyó entera. La historia de la CIA sostiene que los vuelos de reconocimiento a gran altitud fueron responsables de una proporción muy alta de los avistamientos de objetos no identificados de finales de los cincuenta y los sesenta, y llega a poner una cifra: más de la mitad.
El mecanismo que describe es plausible y bonito. El U-2 volaba por encima de los veinte kilómetros. La aviación comercial de la época iba a seis o siete, y los cazas militares no pasaban de doce o trece. Al amanecer y al atardecer, cuando abajo ya era de noche, el sol seguía dando en las alas plateadas de un aparato invisible desde tierra. Resultado: un punto brillante, altísimo, sin ruido, moviéndose muy deprisa y muy alto. Exactamente lo que denunciaban los pilotos de línea.
El documento añade lo que de verdad importa: que el proyecto de la Fuerza Aérea encargado de investigar los avistamientos cotejaba los informes con los registros de vuelo del programa, comprobaba que coincidían, y después daba al denunciante una explicación vaga sobre fenómenos naturales. No podía decir la verdad. La verdad estaba clasificada.
Ahí hay una revelación auténtica y es la que menos se comentó en 2013. Durante años, un organismo público dio explicaciones que sabía incompletas a ciudadanos que habían visto algo real, para proteger un programa distinto. Eso no es una teoría: lo cuenta la agencia responsable en su propia historia interna. Y es, con diferencia, el hallazgo más incómodo del documento.
Dicho lo cual, la cifra hay que cogerla con pinzas y esta casa no la va a repetir como si fuera un dato duro. Los propios recuentos del proyecto de la Fuerza Aérea, que son públicos, no encajan bien con esa proporción: la mayoría de los informes de aquellos años se archivaron con explicaciones que no tienen nada que ver con aviones a gran altitud, y muchos procedían de zonas y horas por las que no pasaba ningún U-2. Es una historia escrita por la parte interesada en subrayar la eficacia de su propio secreto. Se cita, y se cita con la matización puesta.
Lo que no hay en los papeles
Ni una línea sobre nada no humano
Conviene decirlo sin rodeos, porque es el motivo por el que este expediente está aquí. El documento tiene cientos de páginas sobre motores, altímetros, trajes presurizados, negociaciones con gobiernos aliados, accidentes mortales y presupuestos. No contiene una sola mención a material recuperado, a ingeniería inversa ni a nada parecido. No es que lo desmienta: es que el asunto no aparece.
Y el silencio no prueba lo contrario
El argumento previsible es que eso también estará clasificado, en otro documento, en otro compartimento. Es una posibilidad que no se puede refutar y que tampoco se puede usar. Si cualquier documento que no dice lo que esperabas se explica porque la parte buena está en otro sitio, entonces ningún documento puede decirte nada nunca, y la desclasificación deja de ser un método para convertirse en un ritual.
Lo que sí sostiene la mitología
El relato moderno del sitio no procede de ningún papel: procede de unas entrevistas televisadas de 1989 y de lo que se construyó encima. Nada de lo publicado en 2013 lo apoya, y el elemento que sostenía aquella historia se sintetizó años después y resultó durar menos que un parpadeo.
Por qué este caso no se muere
Porque el secreto es real, y esa es la parte que el escepticismo perezoso suele pasar por alto. No estamos ante una base imaginaria: estamos ante un sitio con espacio aéreo prohibido, guardias privados con autorización para el uso de la fuerza, expropiaciones administrativas para alejar los miradores y una dispensa anual firmada por la Presidencia para no explicar qué quema. Todo eso es cierto y todo eso está documentado.
Lo que ocurre es que el secreto tiene un contenido conocido: aviones. Aviones que en su momento fueron radicalmente distintos de todo lo que volaba, y que si los hubieras visto en 1958 desde la cabina de un avión de línea habrías descrito exactamente como se describe un ovni. La historia del sitio es la historia de una industria que fabrica objetos no identificados por diseño.
Y no se muere porque en 2013 mucha gente aprendió lo contrario de lo que decía el documento. El titular «existe» se leyó como «tenían razón», cuando el papel dice, entre otras cosas, que la explicación de una parte considerable de aquellos avistamientos éramos nosotros. Es el mismo mecanismo que con el platillo volante de Avro: un documento auténtico leído por el titular y no por el índice.
Queda una lección de método que me llevo. Este es, probablemente, el mejor ejemplo disponible de que la desclasificación funciona: alguien presentó una solicitud, esperó años, insistió, y acabó publicando el documento entero para que cualquiera lo lea. Eso es lo que hay que pedir. No un testigo con la voz distorsionada: un número de expediente y una fecha de respuesta.
Cómo se consigue un papel así
Y ya que estamos, conviene explicar el mecanismo, porque este expediente es sobre todo una lección de procedimiento y porque en España se pregunta mucho cómo se hace esto.
La ley estadounidense de libertad de información permite a cualquier persona del mundo, no solo a sus ciudadanos, pedir a una agencia federal copia de sus documentos. No hay que justificar el interés. La agencia tiene un plazo para responder y puede denegar total o parcialmente amparándose en una lista tasada de excepciones: seguridad nacional, datos personales, deliberación interna, aplicación de la ley. Cada tachón de un documento liberado lleva al margen el número de la excepción que lo justifica, lo cual permite discutirlos uno a uno.
Ese detalle es el que convierte el sistema en algo más que un buzón. Si a uno le devuelven una página con la mitad en negro y el número de la excepción invocada, puede recurrir en vía administrativa y después ante un tribunal, y sostener que esa excepción no ampara ese párrafo. Así es exactamente como se desmontó el tachón del nombre del emplazamiento: no de golpe, sino por insistencia sobre un documento concreto que ya se había liberado antes.
Hay además una figura que merece conocerse por lo cínica y por lo útil que resulta entenderla: la respuesta que ni confirma ni desmiente la existencia de los documentos solicitados. Se emplea cuando el mero hecho de reconocer que existe un expediente sobre algo ya revelaría lo que se quiere proteger. Cuando alguien recibe esa contestación no está recibiendo un no: está recibiendo una información muy concreta sobre la naturaleza de lo que preguntó.
La conclusión práctica para quien quiera trabajar en esto en serio es que las solicitudes buenas son las aburridas y específicas. No se pide «todo lo relativo a objetos no identificados»: eso genera una denegación por carga excesiva y se acabó. Se pide un documento concreto, por su título o por su referencia, a la unidad que lo custodia, con el periodo acotado. La desclasificación de 2013 no fue un regalo: fue una petición bien redactada y años de paciencia administrativa.
Un lecho de lago seco elegido porque el espacio aéreo de al lado ya estaba cerrado por las bombas. Casi todo lo que ha pasado allí desde entonces se explica por esa frase.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
La afirmación del documento sobre la proporción de avistamientos atribuibles a los vuelos de reconocimiento se reproduce como afirmación de la agencia y se acompaña de la objeción correspondiente, en vez de citarse como dato. No se reproducen fechas exactas de vuelos ni cifras de superficie expropiada por no proceder de un documento único consultable.