El giro de Jacques Vallée: de las naves de otro planeta al folclore de Magonia
En 1969 dejó de preguntar qué eran los ovnis y empezó a preguntar por qué se parecían tanto a las hadas. Su crítica sigue siendo la mejor que existe. Su alternativa no se puede comprobar.
Jacques Vallée, astrofísico y doctor en informática con una carrera técnica ajena al asunto, defendió en 1965 y 1966 el estudio científico convencional del fenómeno ovni. En 1969 publicó la obra que comparaba sistemáticamente los relatos modernos con el folclore europeo de raptos sobrenaturales y desplazó la pregunta del objeto al observador. Formuló después la hipótesis del fenómeno como sistema de control de las creencias humanas, y en 1979 sostuvo que parte del material en circulación era desinformación deliberada de origen terrestre, cosa que quedaría confirmada un año más tarde en Nuevo México.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha técnica
OSINT - Trazabilidad
En el siglo IX, el arzobispo de Lyon escribió un opúsculo furioso contra una superstición que le sacaba de quicio. Sus feligreses estaban convencidos de que existía una tierra llamada Magonia, situada en las nubes, de la que descendían naves tripuladas por gentes que robaban las cosechas para llevárselas allá arriba. Y no era una creencia de salón: el arzobispo cuenta que llegó a intervenir para impedir que una multitud lapidara a cuatro personas a las que consideraba tripulantes capturados.
Mil cien años después, un astrónomo francés de treinta años, licenciado en astrofísica y doctorando en informática en una universidad de Illinois, leyó ese texto y decidió titular con él el libro que iba a partir en dos su carrera y buena parte del campo. Es un gesto de una elegancia considerable: coger la disciplina más futurista disponible en 1969 y arrastrarla, tirando de la oreja, hasta un códice carolingio.
Lo que Jacques Vallée hizo aquel año no fue cambiar de opinión. Fue algo bastante más raro y más difícil: siguió aceptando los mismos datos y cambió por completo la pregunta que les hacía. Este expediente va de ese giro, de por qué su argumento contra los extraterrestres es el mejor que existe, y de por qué lo que puso en su lugar tiene un problema del que no ha conseguido salir en cincuenta años.
Lo verificable, primero
Conviene establecer las credenciales, porque son reales y porque a este hombre se le cita constantemente en compañías que no le corresponden. Vallée se formó como astrofísico en Francia y trabajó a principios de los sesenta en el observatorio de París, en el programa de seguimiento de satélites. Se trasladó después a Estados Unidos, participó en la elaboración de la primera cartografía informatizada de Marte para la agencia espacial estadounidense y se doctoró en informática a finales de la década.
Su carrera profesional posterior no tiene nada que ver con los ovnis y es la que le ha dado de comer: trabajó en el desarrollo de las primeras grandes redes de datos estadounidenses, en el centro de información de la red que acabaría siendo internet, y después se dedicó durante décadas al capital riesgo tecnológico. Es decir: estamos ante alguien con formación científica sólida y con una carrera técnica exitosa completamente independiente del asunto que nos ocupa. En este ambiente, esa combinación es rarísima.
Es verificable también su relación con J. Allen Hynek, a quien conoció en la universidad de Illinois donde ambos trabajaban y con quien colaboró durante años. Y es verificable, aunque parezca una anécdota de tertulia, que sirvió de modelo para el personaje del científico francés de la película que en 1977 puso el asunto en todos los cines del mundo. Eso da la medida de su posición en el campo a mediados de los setenta.
Y son verificables sus libros, que es lo que aquí importa. La trayectoria intelectual está publicada y fechada, y se puede seguir volumen a volumen: en 1965 y 1966 dos obras que defienden la investigación científica seria del fenómeno dentro de un marco convencional; en 1969 la ruptura; en 1975 la formulación de su hipótesis propia; en 1979 la vuelta de tuerca hacia la manipulación humana. Nadie tiene que interpretar nada: está impreso.
Magonia
El arzobispo Agobardo de Lyon denuncia por escrito la creencia popular en naves que descienden de una tierra en las nubes para robar cosechas, y describe cómo evitó el linchamiento de cuatro supuestos tripulantes.
El observatorio
Vallée trabaja en París en el seguimiento de satélites. De esa etapa procede su relato sobre un registro anómalo destruido por un superior, episodio que solo él ha contado.
Estados Unidos
Se traslada y participa en la primera cartografía informatizada de Marte para la agencia espacial estadounidense.
Los libros ortodoxos
Publica dos obras que reclaman el estudio científico del fenómeno dentro de un marco convencional, sin descartar el origen extraterrestre.
El giro
Publica el libro que compara sistemáticamente los relatos modernos con el folclore de las hadas, los raptos y las apariciones religiosas. Cambia la pregunta: no qué son, sino por qué se parecen tanto a lo que ya contábamos antes.
El sistema de control
Formula la hipótesis de que el fenómeno actúa como un mecanismo regulador de las creencias humanas a muy largo plazo.
El cine
Un personaje inspirado en él aparece en la película que convierte el asunto en fenómeno de masas mundial.
La manipulación humana
Publica la obra que sostiene que parte del fenómeno es desinformación deliberada de origen terrestre con fines de control social. Le llueven críticas desde su propio campo.
Nuevo México
Una operación de contrainteligencia real contra un ciudadano estadounidense reproduce, punto por punto, lo que él había descrito un año antes.
Lo que se cuenta que ocurrió
El giro de 1969 consiste en una observación que, una vez formulada, resulta difícil de quitarse de encima. Vallée reunió centenares de relatos de aterrizajes y encuentros modernos y los puso al lado del folclore europeo de las hadas, los duendes y los raptos sobrenaturales. Y lo que encontró no fue un parecido vago: fue una coincidencia estructural sistemática.
Los seres son pequeños. Se llevan gente. El tiempo transcurre de otra manera dentro de su territorio: uno pasa allí un rato y en casa han pasado años. Ofrecen comida que no se debe aceptar. Dejan marcas circulares en la hierba. Cambian a los bebés por otros. Los testigos quedan aturdidos y a veces enfermos. Y cuando alguien intenta demostrar la experiencia, la prueba se le deshace en las manos.
Cambie usted el traje de hadas por monos plateados y el círculo de setas por una traza de aterrizaje, y tiene el catálogo ovni de los años sesenta. Esa es toda la tesis, y es demoledora para la lectura ingenua del fenómeno.
Cuando lo que se ve en el siglo XX coincide punto por punto con lo que se veía en el XII, la explicación más económica no está en el cielo. Está en el observador.
A partir de ahí, Vallée añadió un segundo argumento, este de naturaleza aritmética y para mi gusto todavía más eficaz. Si uno se toma en serio la cantidad de aterrizajes que se reportan en el mundo cada año y extrapola a la superficie del planeta y a las décadas transcurridas, sale un número disparatado de visitas. Ninguna misión de exploración concebible —ni humana ni de nadie— requiere millones de aterrizajes para tomar muestras. O los informes no describen lo que dicen describir, o quien viene no viene a explorar. Cualquiera de las dos conclusiones hunde la versión sencilla.
Y entonces vino la parte constructiva, que es donde a mí se me tuerce el gesto. Vallée propuso que el fenómeno funciona como un sistema de control: un mecanismo que ajusta las creencias colectivas de la humanidad a lo largo de los siglos, apareciendo bajo la forma que cada época pueda digerir, no para informar sino para condicionar. Un termostato cultural. Y diez años después añadió que, además, hay agencias humanas explotando y amplificando deliberadamente ese material.
Lo que puede ser, sin necesidad de marcianos
La explicación aburrida del parecido
Hay una lectura del hallazgo de 1969 que Vallée nunca ha querido adoptar y que es, con mucho, la más económica. Si los relatos de todas las épocas se parecen tanto, quizá no sea porque los visite lo mismo, sino porque los produce lo mismo: un cerebro humano, con su repertorio limitado de fallos perceptivos, sus estados de sueño, su necesidad de narrar y su costumbre de tomar prestada la imaginería que tiene a mano.
Los seres son pequeños en todas las culturas porque el cerebro humano procesa las figuras humanoides pequeñas de un modo particular. El tiempo se distorsiona porque la percepción temporal se descalabra en estados alterados de conciencia. Las marcas circulares en la hierba las hacen los hongos, que crecen radialmente, cosa que se sabe desde hace un siglo. Y los testigos quedan aturdidos porque estaban aturdidos antes, que es a menudo la causa y no la consecuencia. La coincidencia entre épocas es real y es un hallazgo excelente; lo que no está claro es que apunte hacia arriba en lugar de hacia dentro.
El problema de una teoría que no puede perder
Y aquí está la objeción central, que hay que formular con respeto pero sin blandura. Una hipótesis científica se juzga por lo que prohíbe. Si una teoría es compatible con cualquier resultado imaginable, no es que sea difícil de comprobar: es que no dice nada comprobable.
El sistema de control tiene exactamente ese problema. Si el fenómeno se manifiesta, confirma la hipótesis. Si desaparece durante veinte años, confirma la hipótesis, porque el termostato está en pausa. Si los testigos ven naves, confirma. Si ven hadas, confirma. Si aparece una prueba física, confirma; si la prueba se deshace, confirma más todavía, porque el engaño forma parte del diseño. No hay observación concebible que la ponga en aprietos, y una teoría que no puede perder tampoco puede ganar. Se queda fuera del terreno de juego, que es un sitio muy cómodo y completamente estéril.
Donde acertó de pleno, y hay que decirlo
Dicho todo lo anterior, hay un capítulo en el que Vallée tuvo razón antes que nadie y le costó caro. En 1979 publicó que parte del material que circulaba por el ambiente ufológico era desinformación fabricada deliberadamente por agencias humanas, y que había que estudiar a los intermediarios con tanta atención como a las luces. La reacción de su propia comunidad fue de hostilidad abierta: se le acusó de traicionar el campo y de dar munición a los escépticos.
Un año después, en Nuevo México, una oficina de contrainteligencia de la Fuerza Aérea estadounidense empezó a hacer exactamente eso con un ciudadano concreto: fabricarle documentos, alimentarle la teoría y observar cómo se rompía. Lo contamos en su propio expediente, y lo reconocieron después los propios participantes. Vallée describió el mecanismo con doce meses de antelación y sin acceso a nada clasificado, solo mirando la estructura del ambiente. Eso no es una intuición afortunada: es análisis.
Por qué este caso no se muere
Porque partió el campo en dos y la fractura sigue abierta. Desde 1969 existen dos maneras incompatibles de investigar esto: la que busca objetos y la que busca patrones culturales. La primera pide radares, muestras y cadena de custodia; la segunda pide archivos, hemerotecas y antropología. Ambas son legítimas, ambas han dado resultados y prácticamente nunca se hablan. Casi todo lo que se publica hoy pertenece a una de las dos escuelas sin saber que pertenece a una escuela.
No se muere tampoco porque la misma idea le llegó, por su cuenta y desde un sitio completamente distinto, a un periodista neoyorquino que andaba por aquellos años recorriendo un pueblo de Virginia Occidental. John Keel llamó ultraterrestres a lo que Vallée llamaba sistema de control, y llegó a la conclusión desde el trabajo de campo mientras el francés llegaba desde el archivo. Cuando dos personas que no se parecen en nada, trabajando con métodos opuestos, aterrizan en el mismo sitio, ese sitio merece una visita aunque uno no compre el billete de vuelta.
Y no se muere porque su método sigue siendo el más útil que hay disponible. Preguntarse de dónde viene una pieza del relato antes de darla por antigua es exactamente lo que hemos tenido que hacer con la portada que fijó la cara del gris, con la silueta acampanada de los cincuenta y con la trama UMMO, que el propio Vallée investigó y clasificó como engaño. El giro de 1969 no resolvió el fenómeno. Resolvió algo más modesto y más duradero: cómo hay que leerlo.
Queda la imagen del principio, que es la que él eligió y no es casual. Un arzobispo del siglo IX plantándose delante de una turba para impedir que maten a cuatro personas acusadas de bajar de una nave. Mil cien años después, un doctor en informática que ayudó a construir internet leyó aquel párrafo y entendió que la historia no iba de las naves. Iba de la turba.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Persona viva: el expediente se limita a la obra publicada y a datos biográficos comprobables. No se citan pasajes literales de sus libros al no disponer de ediciones cotejadas. No se dan cifras exactas del catálogo de aterrizajes de 1969 ni de la extrapolación cuantitativa, que se describen cualitativamente. Su etapa en el observatorio de París se consigna como dato biográfico; el episodio de la cinta borrada que él relata en sus memorias no se da por acreditado en este expediente.