Fernando Sesma y los Amigos de los Visitantes del Espacio: el sótano donde empezó todo
En un sótano de la calle de Alcalá se reunía la única tertulia ovni de España. Allí llegaron en 1966 las cartas de UMMO, la mejor ficción documental del género europeo.
Fernando Sesma Manzano fundó a mediados de los años cincuenta la Sociedad de Amigos de los Visitantes del Espacio, que se reunía en el sótano de un café de la calle de Alcalá de Madrid y fue durante años la única estructura organizada del ambiente ufológico español. Sesma afirmaba recibir mensajes de una inteligencia llamada Saliano, procedente del planeta Auco. A partir de 1966 aquel círculo empezó a recibir por correo ordinario la correspondencia UMMO, un corpus de miles de folios de factura técnica muy superior cuya autoría reivindicó públicamente en 1993 José Luis Jordán Peña.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha técnica
OSINT - Trazabilidad
El Madrid de los años cincuenta olía a carbonilla, a churros y a tabaco negro. Por la calle de Alcalá subían los tranvías haciendo ese ruido de hierro contra hierro que ya no hace nada, y en los bajos de los grandes cafés de la zona de Cibeles había sótanos. Sótanos de verdad: con la escalera estrecha, la bóveda baja, el aire cargado y una humedad que se te metía en el abrigo. Allí abajo se reunían tertulias.
Es importante entender qué era una tertulia de sótano en aquella España, porque no era un club de aficionados. Era, en un país donde no había asociaciones, ni partidos, ni prensa libre, prácticamente el único sitio donde un grupo de personas podía juntarse a hablar de algo que se les hubiera ocurrido a ellos. La censura vigilaba las imprentas y los púlpitos. No tenía tiempo de bajar a los sótanos a ver de qué hablaban catorce señores alrededor de una mesa camilla.
En uno de esos sótanos, a mediados de la década, un hombre llamado Fernando Sesma reunió a un grupo de gente para hablar de visitantes del espacio. Y de allí, quince años después, salió la trama de ficción documental más elaborada, más duradera y más influyente de la historia de la ufología europea. Vamos al expediente.
Lo verificable, primero
La Sociedad de Amigos de los Visitantes del Espacio existió, se reunía periódicamente en el sótano de un café madrileño y la presidía Fernando Sesma Manzano. Por allí pasó, a lo largo de los años, buena parte de la primera generación de aficionados españoles a este asunto, gente que después publicaría, investigaría y en algún caso construiría carrera. No era un grupo marginal dentro del ambiente: era, sencillamente, el ambiente. En la España de aquellos años no había otra cosa.
Sesma sostenía mantener comunicación con una inteligencia extraterrestre a la que llamaba Saliano, procedente de un planeta llamado Auco, y transmitía a la tertulia los mensajes que decía recibir. Publicó sobre ello. La estructura es la del contactismo clásico de la época, importada casi sin adaptación: un receptor único, mensajes de contenido moral y cósmico, y un público que se reúne a escucharlos.
Y a partir de 1966 empezó a llegar otra cosa, muy distinta y muy superior en factura. Cartas mecanografiadas, extensas, técnicas, redactadas en un castellano correcto pero levemente extraño, firmadas por unos supuestos visitantes procedentes de un planeta llamado UMMO. No traían mensajes espirituales: traían física, biología, sociología y matemáticas, con notación propia y con un aparato conceptual enorme. Y llegaban por correo ordinario, a domicilios concretos, con sello y matasellos.
Aquello desbordó por completo el sótano. La correspondencia se difundió, se copió, se tradujo y acabó circulando por media Europa y por América Latina durante décadas. Investigadores serios le dedicaron años de su vida. Lo tratamos en su propio expediente, porque merece uno entero. Aquí lo que nos interesa es el punto de partida: aquel sótano y aquel hombre.
Nace la sociedad
Fernando Sesma reúne en el sótano de un café de la calle de Alcalá a un grupo de interesados en los visitantes del espacio. Será durante años el único punto de encuentro del ambiente en España.
Saliano
Sesma transmite a la tertulia los mensajes que dice recibir de una inteligencia procedente del planeta Auco, siguiendo el patrón del contactismo estadounidense de la época.
Llegan las cartas
Comienza a recibirse correspondencia mecanografiada firmada por supuestos habitantes de un planeta llamado UMMO. No son mensajes espirituales: son documentos técnicos extensos con notación propia.
La difusión
Los textos se copian, se traducen y circulan por Europa e Hispanoamérica. Investigadores de primera fila dedican años a analizarlos.
Muere Fernando Sesma
Fallece sin que el origen de la correspondencia se haya aclarado.
La reivindicación
El psicólogo e ingeniero José Luis Jordán Peña se atribuye públicamente la autoría de la trama UMMO y explica su propósito como experimento sobre la credulidad.
La discusión que sigue abierta
Se debate si Jordán Peña lo hizo solo, si dice toda la verdad y qué parte del corpus posterior es obra de imitadores. La autoría humana, en cambio, ya no se discute.
Lo que se cuenta que ocurrió
La versión de Sesma es la del contactado y no tiene demasiado misterio: fue elegido, recibe, transmite. Lo interesante de este expediente no es esa versión, que es idéntica a docenas de otras y se evalúa igual que ellas, sino lo que aquel sótano produjo casi por accidente.
Porque hay que reconocerle a la trama UMMO algo que casi nunca se le reconoce: es una obra de una calidad extraordinaria. Quien la escribió construyó un planeta con su gravedad, su estrella, su historia, su organización social y su lengua; produjo miles de folios coherentes entre sí durante años; y lo hizo dosificando la información con una inteligencia narrativa notable, entregando siempre lo suficiente para enganchar y nunca lo bastante para poder comprobarse.
En 1993 apareció el autor. José Luis Jordán Peña, ingeniero y psicólogo, se atribuyó públicamente la trama y la explicó como un experimento sobre la credulidad, diseñado para observar hasta dónde llegaba la gente con material fabricado. Su reivindicación ha sido discutida en los detalles —si actuó solo, si dice toda la verdad, qué parte del corpus tardío es de imitadores— pero la autoría humana del núcleo ya no se pone en duda en ningún ambiente serio.
La mejor ficción de la ufología europea no se publicó en una editorial. Se mandó por correo, folio a folio, a un grupo de señores que se reunían en un sótano.
Conviene detenerse en por qué esto llegó tarde a España, porque explica la forma que acabó tomando. La oleada mundial arranca en 1947 y en la segunda mitad de los cincuenta ya hay en Estados Unidos, en Francia y en el Reino Unido asociaciones, revistas y discusión pública. Aquí no había nada de eso, y no por desinterés: por falta de vehículos. No había asociaciones porque no se podían constituir libremente, no había revistas especializadas porque el papel estaba intervenido y la información internacional llegaba filtrada y con retraso.
El resultado es que cuando el asunto por fin cuajó en Madrid lo hizo en el único formato que la época permitía —la tertulia privada— y con el material que había conseguido cruzar la frontera, que era sobre todo el contactismo californiano traducido de aquella manera. No llegó la discusión sobre radares, informes y expedientes militares, que era la que se estaba teniendo fuera. Llegaron los mensajes de los hermanos del espacio.
Lo que puede ser, sin necesidad de marcianos
Un grupo cerrado es un laboratorio de creencias
Lo que se estaba montando en aquel sótano tiene un nombre en psicología social y está estudiado hasta el aburrimiento. Un grupo pequeño, que se reúne con regularidad, con una figura central que aporta el material y unos miembros que aportan la validación, produce de manera fiable dos efectos: las posiciones del grupo se vuelven más extremas con el tiempo, y la disidencia sale por su propio pie porque no encuentra dónde apoyarse.
No hace falta que nadie mienta para que esto funcione. Basta con que cada semana se recuerden los aciertos y se olviden los fallos, que es lo que hace cualquier grupo humano con cualquier cosa. Al cabo de unos años, un conjunto de afirmaciones que ningún miembro habría aceptado por separado el primer día se ha convertido en el suelo sobre el que todos pisan.
Y ese grupo era el objetivo perfecto
Aquí está lo que a mí me parece la clave del asunto y la razón de que este expediente merezca la pena. Si usted quisiera diseñar un experimento sobre la credulidad, ¿dónde lo montaría? Necesitaría un grupo estable, identificable, localizable, con predisposición previa al material, con miembros de cierta formación —para que la respuesta fuera elaborada y no simple— y con capacidad de difundir lo que recibiera.
En la España de 1966 había dos ambientes organizados, y solo dos: la tertulia de Sesma, en un sótano de la calle de Alcalá, y el Centro de Estudios Interplanetarios de Barcelona, fundado en 1958 por Antonio Ribera, Eduardo Buelta, Marius Lleget y Antoni Pelegrí. Quien decidió mandar aquellas cartas no eligió al azar: entre los dos ambientes posibles eligió el más receptivo y con más público, y lo eligió bien. Poco después la correspondencia se desplazó precisamente al otro polo, el de Ribera y Rafael Farriols. Que quince años de tertulia terminaran convertidos en la materia prima de una trama ajena es la parte más melancólica del caso, y también la más instructiva.
Saliano y el mecanismo de la escritura recibida
De las comunicaciones de Sesma con Auco hay poco que investigar y no por desprecio, sino porque la estructura es transparente. Un solo receptor, ningún registro, ningún testigo del acto de recepción, ningún dato comprobable en el contenido y ninguna predicción que se pueda verificar. Es contactismo de manual, importado de California con quince años de retraso y adaptado al castellano.
Lo que sí conviene señalar es que la escritura de mensajes atribuidos a una fuente externa es un fenómeno psicológico real, frecuente y perfectamente documentado desde el siglo XIX. Quien la practica no está necesariamente fingiendo: puede experimentar genuinamente que el texto le viene de fuera. Es la misma familia de fenómenos que el espiritismo de mesa y la escritura automática. Y también, dicho sea de paso, la que produce las mejores frases de más de un novelista.
Lo que aquel sótano no pudo dar
De ahí viene, en mi opinión, una peculiaridad que ha marcado a la ufología española durante cincuenta años: nació por el lado místico y no por el documental. En otros países el campo se organizó alrededor de gente que pedía informes oficiales y peleaba con ministerios; aquí se organizó alrededor de una tertulia que escuchaba mensajes. Corregir esa inclinación de partida costó dos generaciones y el trabajo terco de unos cuantos archiveros aficionados con más paciencia que medios.
Que la corrección llegara es lo notable, y llegó: el proceso de desclasificación de los expedientes militares españoles, cerrado en los años noventa, dejó a este país en una posición documental que ya quisieran otros. Pero el punto de partida fue un sótano con una mesa camilla y un señor transmitiendo mensajes de Auco. Conviene recordarlo cuando alguien presente aquella tertulia como la edad de oro de nada.
Por qué este caso no se muere
Porque de aquel sótano sale todo lo demás. La ufología española tiene una fecha de nacimiento y un domicilio, y son estos. Los que después harían el trabajo serio —el archivo, la crítica, la presión para que se desclasificaran los expedientes militares— empezaron muchos de ellos bajando aquellas escaleras. Antonio Ribera, que es el nombre grande de la primera generación, y buena parte de quienes vinieron después, pasaron por ese ambiente.
No se muere tampoco porque la trama UMMO sigue viva, y sigue viva por una razón que conviene entender: la reivindicación de autoría llegó veintisiete años después de la primera carta. Veintisiete años son suficientes para que un material eche raíces, se traduzca, se cite, se incorpore a otras obras y forme parte del sentido común de un ambiente entero. Cuando por fin apareció el autor, el edificio ya estaba construido y habitado. Desalojar un edificio habitado es muchísimo más difícil que impedir que se levante.
Y no se muere porque es la demostración más limpia que tenemos en castellano de una regla que esta casa repite continuamente: un material fabricado con talento y dosificado con paciencia puede resistir décadas de análisis por parte de gente inteligente y de buena fe. No fueron ingenuos los que se lo creyeron. Fueron destinatarios de un producto muy bien hecho, exactamente igual que el ingeniero de Albuquerque al que la contrainteligencia estadounidense le fabricó documentos a medida catorce años después. El sótano de Madrid y la valla de Kirtland son el mismo expediente contado en dos idiomas.
Queda el sótano, que hoy ya no es sótano de nada reconocible, y queda la escalera estrecha por la que bajaban una vez por semana catorce señores con abrigo a hablar de otros mundos en una España donde no se podía hablar casi de este. Que aquello acabara siendo el buzón de la mejor ficción del género no le quita mérito. Se lo añade, aunque sea del revés: para engañar a alguien hay que buscarle primero, y en toda España solo había un sitio donde encontrarlo.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
No se dan títulos concretos de las obras publicadas por Sesma al no poder verificarlos con seguridad; se describe su contenido. No se nombra el café ni el sótano por su denominación popular al no disponer de confirmación documental directa; se identifican por calle y ciudad. La fecha de fundación de la sociedad se indica de forma aproximada. El caso UMMO se trata aquí solo en lo que afecta al origen y se remite a su propio expediente.