J. J. Benítez y la construcción de un fenómeno editorial: el manuscrito que nadie ha visto
En 1976 consiguió que el Ejército del Aire le enseñara sus expedientes ovni, y eso fue periodismo del bueno. Ocho años después empezó una serie basada en un documento que sigue sin exhibirse.
Juan José Benítez López, periodista navarro nacido en 1946, obtuvo en 1976 acceso a expedientes de avistamientos del Ejército del Aire español y los publicó, en la primera rendija de un proceso de apertura que tardaría veinte años en completarse. En 1984 inició una serie de más de una docena de volúmenes presentada como transcripción de un manuscrito atribuido a un militar estadounidense que habría participado en un proyecto secreto de desplazamiento en el tiempo. Ese manuscrito nunca se ha exhibido, su autor nunca se ha identificado y sobre el contenido pesa desde los años ochenta una objeción de solapamiento con una obra estadounidense de 1955.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha técnica
OSINT - Trazabilidad
Una redacción española de mediados de los setenta era un sitio ruidoso y con muy mala ventilación. Treinta máquinas de escribir mecánicas sonando a la vez producen un estruendo que hoy costaría explicar, y el humo del tabaco se quedaba flotando a la altura de los flexos como una niebla baja. Al fondo estaba el télex, escupiendo teletipos de agencia en papel continuo, y en algún sitio había siempre un redactor jefe gritando una hora de cierre.
En una de esas redacciones, la de un diario de Bilbao, trabajaba a principios de aquella década un periodista navarro nacido en 1946 llamado Juan José Benítez. Y lo que hizo en 1976 fue, sin ninguna duda y por mucho que hoy incomode decirlo, uno de los mejores trabajos periodísticos que ha dado este asunto en España: consiguió que el Ejército del Aire le enseñara sus expedientes.
Cincuenta años después, aquel hombre ha vendido millones de libros, tiene una obra de más de una docena de volúmenes construida sobre un documento que nadie ha visto nunca, y es probablemente el nombre más conocido del género en lengua española. Este expediente trata de las dos cosas a la vez, porque las dos son ciertas y porque separarlas es exactamente el trabajo.
Lo verificable, primero
Empecemos por el mérito, que existe y es grande. En una España que salía de cuarenta años de régimen militar, con unas fuerzas armadas que no daban explicaciones a nadie y con una prensa que apenas empezaba a estirarse, un periodista de provincias consiguió que el Ejército del Aire le abriera una parte de sus archivos sobre avistamientos y le permitiera publicarlos. Eso no se consigue con suerte: se consigue insistiendo durante años, llamando a puertas, ganándose interlocutores y siendo suficientemente pesado.
Aquel material fue la base de sus primeros libros y es el arranque de un proceso que tardaría veinte años en completarse: la desclasificación de los expedientes ovni militares españoles, que tratamos en su propio expediente y que sitúa a España, con todos los matices que se quieran, entre los países que más lejos han llegado en esto. Benítez no hizo ese proceso —lo hicieron después otros, con método de archivo y paciencia de funcionario— pero abrió la primera rendija.
Es verificable también su producción posterior, que es descomunal: decenas de títulos a lo largo de cincuenta años, entre reportaje, recopilación de casos y la serie que le dio la fama mundial. Y son verificables sus cifras de venta en el sentido en que estas cosas son verificables, es decir, según lo que declaran sus editoriales: millones de ejemplares, traducciones a varios idiomas y una permanencia en catálogo que ya quisiera cualquier premio nacional.
Y es verificable, por último, el punto que este expediente viene a examinar. En 1984 publicó el primer volumen de una serie presentada mediante un recurso muy concreto: no como una novela suya, sino como la transcripción de un manuscrito escrito por un militar estadounidense —al que llama simplemente el mayor— que habría participado en un proyecto secreto de desplazamiento en el tiempo y habría presenciado los últimos años de la vida de Jesús de Nazaret. Ese marco se ha mantenido a lo largo de toda la serie durante cuarenta años.
La redacción
Benítez ejerce como periodista en un diario de Bilbao y empieza a interesarse por los avistamientos, un asunto entonces prácticamente intocable en la prensa española.
Primeros libros
Publica sus primeras obras sobre el fenómeno y empieza a construir un público.
Los expedientes militares
Obtiene acceso a expedientes de avistamientos del Ejército del Aire y los publica. Es la primera rendija de un proceso de apertura que tardará veinte años en completarse.
Empieza la serie
Publica el primer volumen de la obra que le dará fama mundial, presentada como la transcripción de un manuscrito ajeno atribuido a un militar estadounidense.
La construcción del fenómeno
La serie supera la docena de volúmenes, se traduce y vende millones de ejemplares. El manuscrito original nunca se exhibe y su autor nunca se identifica.
La objeción documental
Críticos y estudiosos señalan de forma reiterada el solapamiento de contenido, estructura y episodios con una obra estadounidense de contenido religioso publicada en 1955.
Lo que se cuenta que ocurrió
El recurso narrativo de la serie es antiguo y noble: se llama manuscrito encontrado y lo han usado desde Cervantes hasta Umberto Eco. Consiste en que el autor se presenta no como creador sino como transmisor de un texto ajeno que ha llegado a sus manos. Es un recurso literario magnífico porque le da al relato una pátina de autenticidad que la ficción declarada no puede tener.
El problema no es el recurso: el problema es que aquí nunca se ha desactivado. Cervantes deja claro que Cide Hamete Benengeli es una broma. Eco lo aclara en la primera página. En esta serie, cuarenta años después del primer volumen, el marco sigue en pie: el manuscrito no se ha exhibido nunca, el militar no ha sido identificado nunca, el proyecto no ha sido documentado nunca y el autor no ha declarado nunca de forma inequívoca que se trate de una invención suya.
El manuscrito encontrado es un recurso literario espléndido. Deja de serlo exactamente cuando alguien va a buscar el manuscrito y no se le enseña.
Y hay una segunda cuestión, señalada desde hace décadas por críticos y estudiosos de las religiones comparadas: la coincidencia de contenido con una obra estadounidense de contenido religioso publicada en 1955, un volumen extenso de origen igualmente atribuido a fuentes no humanas que circula desde entonces en ambientes espirituales. Los paralelismos señalados no son de tono ni de tema general —eso no significaría nada, porque la vida de Jesús la han contado miles de autores— sino de episodios concretos, de estructura y de detalles narrativos.
Lo que puede ser, sin necesidad de marcianos
Una novela histórica muy buena, presentada de otra manera
La explicación más económica y también la más elogiosa es que estamos ante una obra de ficción de considerable calidad artesanal. La reconstrucción del mundo del siglo I —los oficios, las monedas, los caminos, las comidas, la geografía de Galilea— es minuciosa y está evidentemente documentada. Como novela histórica de gran extensión funciona, y su éxito de ventas durante cuatro décadas es el mejor argumento a favor de esa lectura.
Lo único que hace falta para sostener esta hipótesis es que el manuscrito sea un recurso, cosa que no requiere ninguna acusación: es literatura, y la literatura lleva cuatro siglos haciendo exactamente eso. La incomodidad aparece solo porque el marco nunca se retira, y entonces el lector que quiera saber a qué atenerse se queda sin manera de averiguarlo.
Por qué el marco es un problema y no un detalle
Alguien dirá que esto da igual, que es una novela y punto, y que quien se la tome literalmente allá él. No estoy de acuerdo, y la razón es concreta. Una obra que se presenta como transcripción de un documento militar está haciendo una afirmación sobre el mundo, no sobre la imaginación de su autor. Y las afirmaciones sobre el mundo se comprueban.
Aquí no hay nada que comprobar, y no por casualidad: no hay documento que examinar, ni militar al que entrevistar, ni unidad que consultar, ni expediente que solicitar. El marco está construido de tal manera que ninguna de las comprobaciones habituales es posible. En cualquier otro expediente de esta casa, una afirmación con esas características recibe un tratamiento muy claro, y no veo motivo para hacer aquí una excepción.
Y la parte que sí resiste cualquier comprobación
Conviene decirlo con la misma claridad. El trabajo de 1976 sobre los expedientes militares es sólido, comprobable y valioso, y quienes descalifican a Benítez en bloque suelen desconocerlo. Aquel material existía, aquel acceso se produjo y aquellos casos se publicaron. Sirvió, además, para que otros investigadores mucho más rigurosos con el método de archivo —los que después harían el trabajo fino de la desclasificación española— supieran por dónde empezar a tirar.
Es el mismo patrón que hemos visto ya dos veces en este sector: una primera mitad de obra documentada y una segunda mitad que se sale del terreno donde la comprobación es posible. Le pasó a Freixedo con su denuncia eclesiástica, y aquí ocurre otra vez. Que la segunda mitad no se sostenga no borra la primera. Y que la primera sea buena no valida la segunda. Las dos frases hay que decirlas juntas o no decir ninguna.
Por qué 1976 fue difícil de verdad
Para calibrar el mérito hay que entender contra qué se trabajaba. En 1976 el Ejército del Aire no tenía ninguna obligación legal de enseñar nada a nadie: no existía una ley de transparencia, no existía el derecho de acceso a la información pública y la relación entre la prensa y las fuerzas armadas era, digámoslo suavemente, asimétrica. Un periodista que quisiera un expediente militar no tenía ningún procedimiento que invocar. Tenía que convencer a una persona concreta de que le hiciera un favor institucional.
Eso significa que aquel acceso no fue un trámite: fue una operación de relación sostenida durante años, con interlocutores, con confianza ganada despacio y probablemente con más de una puerta cerrada en las narices por el camino. Es el tipo de trabajo que no luce en ningún sitio, que no se puede enseñar en una portada y que constituye, sin embargo, el noventa por ciento del periodismo de investigación de verdad.
Por qué este caso no se muere
Porque las cifras mandan. Millones de lectores en lengua española han conocido este asunto a través de esta obra, y muchos de ellos no han leído ninguna otra cosa sobre él. Eso convierte a un autor en algo más que un autor: lo convierte en el marco por el que un idioma entero mira un tema. Cualquier discusión sobre ufología en castellano arranca, quiera o no, desde el terreno que él dejó preparado.
No se muere tampoco porque la ambigüedad es, comercialmente, la mejor posición posible. Un libro declarado ficción compite en el mercado de la ficción, que es durísimo. Un libro declarado documento se expone a la comprobación, que es letal. Un libro que no declara nada y deja al lector decidir se lleva lo mejor de ambos mundos y no paga el precio de ninguno. No hace falta atribuir mala intención a nadie para constatar que esa posición es extraordinariamente rentable y que quien la ocupa tiene pocos incentivos para abandonarla.
Y no se muere porque plantea una pregunta que a esta casa le interesa mucho: qué se le puede exigir a un divulgador. Yo diría que una sola cosa, y muy modesta: que diga qué está haciendo. Novela o documento. Reconstrucción o transcripción. No hace falta renunciar al misterio ni al recurso literario; hace falta una línea en la página de créditos. Es un requisito tan pequeño que su ausencia, sostenida durante cuarenta años y doce volúmenes, acaba siendo en sí misma un dato del expediente.
Y hay una asimetría final que me parece la más significativa de todas. Los expedientes de 1976 se pueden comprobar hoy: existen, están desclasificados y cualquiera puede cotejar lo que se publicó entonces con lo que dicen los papeles. El manuscrito de 1984 no se puede comprobar hoy ni se podrá nunca, porque está construido de manera que no exista nada que cotejar. Cuarenta años separan una cosa de la otra, y en ese trayecto se pasó de un material verificable a uno que por diseño no lo es.
Vuelvo a la redacción del principio, con su humo y su estruendo de máquinas. Aquel periodista de 1976 hizo lo que hay que hacer: fue, preguntó, insistió y publicó lo que le enseñaron. Cincuenta años después su obra más leída descansa sobre un papel que nadie ha visto. Entre una cosa y la otra hay un camino, y este expediente no viene a juzgarlo entero. Viene a señalar en qué punto exacto se salió de la carretera donde se puede comprobar algo.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Persona viva: el expediente se limita a lo publicado y a hechos comprobables, y no atribuye al autor intención de engañar. No se dan títulos concretos de los primeros libros ni cifras exactas de ventas al no poder verificarlos con seguridad; las tiradas se describen como declaradas por las editoriales. No se nombra la obra de 1955 con la que se señala el solapamiento para no dar por sentado un juicio que corresponde a los estudiosos que lo han documentado; se describe y se fecha. No se cita ningún pasaje literal.