Salvador Freixedo: del jesuita al heterodoxo o la teoría que lo explicaba todo
Publicó siendo sacerdote una crítica a su propia Iglesia que le costó la casa. Después construyó una cosmología de dioses parásitos que no se puede comprobar de ninguna manera.
Salvador Freixedo Tabarés, gallego nacido en 1923, jesuita y sacerdote con ministerio en Venezuela, Puerto Rico, la República Dominicana y México, publicó en 1968 una crítica frontal a la Iglesia católica que provocó su salida de la Compañía de Jesús. A partir de los años ochenta construyó una teoría general según la cual los dioses de las religiones son entidades no humanas que se alimentan de la energía emocional humana, y bajo la cual agrupó apariciones marianas, fenómeno ovni, poltergeist y mutilaciones de ganado. Ejerció gran influencia sobre la ufología en castellano. Murió en 2019.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha técnica
OSINT - Trazabilidad
Un seminario de la Compañía de Jesús a mediados del siglo XX huele a tres cosas: a cera, a lejía y a papel. La cera es de la capilla, la lejía de los suelos que friegan los novicios y el papel es de la biblioteca, que en una casa jesuita nunca es pequeña y casi nunca está cerrada. Los jesuitas son la orden que estudia. Llevan cuatro siglos formando a sus hombres en filosofía, lenguas y ciencias antes de dejarles decir misa, y de esa fábrica han salido astrónomos, sismólogos, lingüistas y una cantidad notable de gente que acabó pensando exactamente lo que no debía.
De ahí salió también un gallego nacido en 1923 llamado Salvador Freixedo, que fue ordenado sacerdote, que se marchó de misionero a América y que pasó allí las décadas centrales de su vida trabajando en Venezuela, Puerto Rico, la República Dominicana y México. Un cura de a pie, en el sentido literal: en zonas donde el ministerio consiste en andar mucho y ver de cerca cómo vive la gente.
Y de ahí salió, en 1968, un libro que le costó la casa. Vamos al expediente, porque la trayectoria de este hombre tiene dos mitades que hay que evaluar por separado y con criterios distintos: una es una crítica institucional documentada y valiente; la otra es una teoría cosmológica que no se puede comprobar de ninguna manera. Meterlas en el mismo saco es lo que se ha hecho siempre, y es un error.
Lo verificable, primero
Freixedo existió, fue jesuita y fue sacerdote. No es un dato menor, porque en este ambiente abundan las credenciales infladas y la suya era auténtica y comprobable: formación completa en una de las órdenes más exigentes del catolicismo y años de ministerio real en América Latina. Cuando este hombre hablaba de cómo funciona por dentro la Iglesia católica, hablaba desde dentro.
En 1968 publicó un volumen de crítica frontal a la institución en el que denunciaba lo que había visto: la distancia entre el discurso y la práctica, la comodidad del clero en países donde la mayoría no tenía nada, el aparato burocrático, la autocomplacencia. Hay que situarlo en su momento para entender la magnitud del gesto. España vivía bajo un régimen confesional y la Iglesia era poder político directo. El libro no se publicó aquí: salió en Puerto Rico, donde él ejercía, y en España estuvo prohibido. Eso da la medida exacta de lo que se podía decir y de lo que no: para publicar aquello con nombre y apellidos siendo sacerdote había que estar al otro lado del Atlántico, y aun así era jugarse la vida entera que uno tenía.
El choque fue el previsible y a finales de los sesenta Freixedo dejó la Compañía. A partir de ahí su obra se desplaza hacia otro terreno y ya no vuelve. Publica durante los años ochenta y noventa una serie de libros donde va construyendo, capa sobre capa, una teoría general de todo: apariciones marianas, ovnis, poltergeist, mutilaciones de ganado, milagros, posesiones. Todo, según él, manifestaciones de lo mismo.
Vivió muchos años en Puerto Rico, escribió en castellano para un público hispanohablante enorme y ejerció una influencia considerable sobre la ufología española y latinoamericana. Murió en 2019, con la obra publicada, difundida y traducida. Todo eso consta.
Nace en Galicia
Salvador Freixedo Tabarés. Ingresará en la Compañía de Jesús y completará la formación larga y exigente que la orden impone a sus miembros.
El ministerio americano
Ejerce como sacerdote y misionero en Venezuela, Puerto Rico, la República Dominicana y México. Ve de cerca el funcionamiento de la institución en países con desigualdad extrema.
El libro que le cuesta la casa
Publica una crítica frontal a la Iglesia católica siendo sacerdote en activo, en plena España confesional. El choque con la institución es inmediato.
La salida
Deja la Compañía de Jesús. A partir de aquí su obra cambia de terreno y no regresa.
La tesis, formulada
Publica el volumen donde sostiene que los dioses de las religiones son entidades no humanas que se alimentan de la energía emocional de los seres humanos.
La metáfora completa
Lleva la idea hasta el final: la humanidad como explotación ganadera de la que otros obtienen rendimiento.
La influencia
Su obra circula ampliamente por España e Hispanoamérica y se convierte en referencia de buena parte de la ufología en castellano.
Muere Salvador Freixedo
Fallece a los noventa y seis años, con la obra publicada y sin haber aportado nunca un procedimiento para comprobarla.
Lo que se cuenta que ocurrió
La tesis de Freixedo, resumida sin caricatura, es esta. Existen entidades no humanas, muy superiores a nosotros en capacidades y muy inferiores en escrúpulos, que llevan milenios interviniendo en los asuntos de este planeta. Esas entidades son lo que las religiones han llamado dioses. No son benévolas: nos utilizan. Y lo que obtienen de nosotros es energía de naturaleza emocional, generada en estados de exaltación, de miedo, de fervor colectivo o de sufrimiento.
De ahí, según él, los sacrificios de todas las culturas antiguas. De ahí las apariciones que congregan multitudes en éxtasis. De ahí las guerras de religión. Y de ahí la imagen que da título a su libro más conocido: la humanidad como una explotación ganadera. Nosotros somos el ganado, la fe es el pienso y las religiones son la valla del cercado.
Hay que reconocerle a la idea una potencia literaria considerable y una coherencia interna notable. Explica de una sola vez fenómenos muy dispares, tiene una lógica implacable y responde a una intuición que mucha gente ha tenido alguna vez mirando la historia de las religiones: que hay algo que no cuadra en un dios que exige sangre.
Una teoría que lo explica absolutamente todo tiene un problema previo a su verdad o su falsedad: no hay nada que pueda ocurrir que la contradiga.
Conviene poner el reloj en hora, porque sin el contexto no se entiende el tamaño del gesto. En 1968 España seguía siendo un Estado confesional. El catolicismo era la religión oficial, la Iglesia tenía asiento en las Cortes, controlaba una parte sustancial de la enseñanza y su jerarquía era pieza del aparato del régimen. Publicar entonces un libro que contaba por dentro lo que aquello era, firmándolo con nombre y apellidos y siendo sacerdote en activo, no era una polémica de suplemento dominical.
Es verdad que Freixedo no estaba del todo solo. Aquellos años trajeron una fractura interna considerable dentro del catolicismo español y latinoamericano, con curas obreros, con religiosos incómodos y con una cárcel concordataria en Zamora para clérigos díscolos. Lo que distingue su caso es la dirección de la salida. Los otros se quedaron dentro peleando, o se fueron hacia la política. Él se fue hacia otro sitio completamente distinto.
Lo que puede ser, sin necesidad de marcianos
La energía que nadie ha medido
La palabra energía es el punto exacto donde esta teoría deja de poder discutirse. En física, la energía es una magnitud con unidades, que se conserva, que se transforma y que se mide con instrumentos que valen cuatro duros. Si hubiera una transferencia energética desde un ser humano exaltado hacia una entidad exterior, habría un balance. Habría un déficit en alguna parte. Y sería detectable, porque detectar déficits energéticos es precisamente lo que la física lleva doscientos años haciendo francamente bien.
Nunca se ha propuesto una unidad, ni un instrumento, ni un protocolo. La palabra se usa en el sentido coloquial —la energía de una multitud, la energía de un sitio— y se le atribuyen después propiedades del sentido físico. Ese salto, que se da en una sola frase y sin avisar, es el mecanismo central de esta clase de construcciones y conviene aprender a verlo, porque aparece en muchísimos sitios más.
Los sacrificios tienen una explicación mucho más triste
Freixedo pregunta, con razón, por qué tantas culturas separadas por océanos y por milenios coincidieron en matar para agradar a alguien de arriba. Y su respuesta es que arriba había realmente alguien cobrando. Pero la antropología y la historia de las religiones llevan más de un siglo respondiendo a esa misma pregunta sin necesidad de inquilinos.
El sacrificio funciona socialmente. Cohesiona al grupo, porque un coste compartido y visible demuestra compromiso. Reparte proteína, porque en la mayoría de las culturas el animal sacrificado se comía. Establece jerarquía, porque alguien decide quién oficia y quién paga. Y ofrece control sobre lo incontrolable, que es lo que uno busca cuando la cosecha depende de la lluvia. Todo eso es medible, comparable entre culturas y está estudiado. Coincidir en el sacrificio no requiere que haya un cliente: requiere que haya seres humanos con los mismos problemas.
Y por qué la primera mitad sí se sostiene
Ahora bien, aquí hay que ser justo, porque despachar a Freixedo entero sería tan perezoso como comprárselo entero. Su crítica de 1968 a la institución eclesiástica no necesita ninguna entidad parásita para sostenerse: es una crítica documental, hecha desde dentro, sobre el funcionamiento real de una organización concreta en unos países concretos. Y en aquel momento fue valiente hasta lo temerario.
Lo que ocurrió después, en mi opinión, es un fenómeno bastante frecuente y bastante humano. Un hombre que descubre que la institución en la que ha depositado su vida entera no es lo que decía ser tiene dos salidas: concluir que la institución falló, o concluir que le engañaron desde mucho más arriba. La primera es más pequeña, más aburrida y más probable. La segunda le devuelve al centro de un cosmos que sigue teniendo sentido, solo que ahora al revés. Freixedo eligió la segunda, y me atrevo a decir que la eligió sinceramente.
Las apariciones, que él conocía por dentro
Hay un punto en el que Freixedo tenía una ventaja informativa real sobre cualquier otro autor del género: sabía cómo funciona por dentro el proceso de una aparición mariana. Había visto la mecánica desde el lado eclesiástico, con sus comisiones, sus interrogatorios a los videntes, su prudencia calculada y su gestión de multitudes. Esa experiencia le permitió señalar cosas ciertas e incómodas sobre cómo se fabrica un santuario, y hay que reconocérselo.
El problema es lo que hizo con el hallazgo. Constatar que una institución administra las apariciones con criterios que no son estrictamente sobrenaturales lleva de forma natural a una conclusión sobria: que el fenómeno es humano y organizativo, y que lo que hay detrás es una oficina. Freixedo dio el paso contrario y concluyó que detrás había otro administrador, más antiguo y menos visible. Es un salto que la observación no exige en ningún momento, y es exactamente el mismo salto que da con la palabra energía.
Por qué este caso no se muere
Porque llegó primero al idioma. Cuando Freixedo empezó a publicar, la literatura seria sobre este asunto estaba en inglés y en francés, y en castellano había poco más que traducciones tardías y divulgación de quiosco. Él escribía directamente para un público de cientos de millones de personas que no tenían otra cosa. Eso da una ventaja que dura décadas, y explica por qué su vocabulario sigue apareciendo hoy en foros y programas de radio de toda Hispanoamérica.
No se muere tampoco porque su tesis tiene un pariente respetable del que casi nadie la distingue. Jacques Vallée sostuvo por los mismos años que el fenómeno actúa como un sistema de control cultural, y esa idea se discute en ambientes académicos. Freixedo dice algo formalmente parecido en un registro teológico y con vocabulario de granja. La diferencia entre ambos no está en la comprobabilidad —ninguna de las dos lo es— sino en el tono, y el tono no debería ser un criterio de evaluación. Que conste que aquí las dos reciben el mismo trato.
Y no se muere porque su figura marcó el molde del divulgador hispano del misterio: el hombre con formación reconocible, con obra propia, con una teoría unificada y con un público fiel. Ese molde lo van a ocupar después otros, con más ventas y menos seminario, empezando por el fenómeno editorial que estudiamos en su propio expediente. Y viene de antes, del sótano de un café de Madrid donde se juntaba a hablar de esto otra gente quince años antes de que Freixedo dejara los hábitos.
Un cura gallego que pasó media vida andando por parroquias del Caribe y que un día escribió que la casa a la que había entregado todo estaba dormida. Aquello era verdad y le costó la casa. Lo que vino después fue mucho más grande, mucho más ambicioso y no se puede comprobar de ninguna manera. A veces el expediente más honesto que se puede firmar es este: media razón, bien documentada, y una teoría entera que se queda a la puerta del laboratorio.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
No se detallan las circunstancias canónicas exactas de su salida de la Compañía de Jesús por no poder verificarlas con precisión; se describe el hecho y su relación temporal con el conflicto editorial. No se citan pasajes literales de sus obras. No se indica localidad concreta de nacimiento al no poder confirmarla. Se evita atribuirle intención de engañar: el expediente evalúa la contrastabilidad de la tesis, no la sinceridad del autor.