En los Alpes de la Alta Provenza hay pueblos colgados sobre los valles donde el viento baja de las cumbres con olor a piedra fría y a heno cortado, y donde un niño que no puede correr con los demás tiene mucho tiempo para mirar el cielo. En uno de ellos, Saint-Vincent-les-Forts, nació Aimé Michel en 1919.
La poliomielitis le dejó, de niño, un cuerpo pequeño y una cabeza que no se estaba quieta. Se ganó la vida en la radiodifusión pública francesa después de la guerra y, en 1954, el año en que media Francia se asomó a la ventana, se convirtió en el cronista más influyente de aquella oleada. Hasta aquí el paisaje. Ahora, el expediente.
Lo verificable, primero
Michel no era un contactado ni un vendedor de revelaciones. Era un escritor con curiosidad científica, lector voraz, que cuando llegó la oleada del otoño de 1954 hizo lo que casi nadie hizo entonces en Francia: recoger los recortes de la prensa regional y los testimonios publicados, y ordenarlos por fecha, hora y lugar. Trabajo de archivero, no de visionario. Esa fue su mejor aportación, y también el origen de su peor error.
Su primer libro, Lueurs sur les soucoupes volantes, salió en 1954. El segundo, Mystérieux objets célestes (1958), es el importante: allí propuso que los avistamientos de un mismo día en Francia no se repartían al azar, sino que se alineaban en rectas sobre el mapa. Lo llamó ortotenia. La traducción inglesa, Flying Saucers and the Straight-Line Mystery, lo hizo famoso fuera de Francia. El contexto de aquel otoño está en el expediente de la oleada francesa de 1954.
Si un fenómeno se pone a dibujar líneas rectas sobre el mapa de Francia, lo hace con intención cartográfica. O eso parecía en 1958.
Lo que se cuenta que demostraba
La más célebre de sus líneas unía Bayona y Vichy, y el bautizo le salió con acrónimo de negociado: BAVIC. Según Michel, varios avistamientos del 24 de septiembre de 1954, separados por cientos de kilómetros, caían sobre esa recta. Para un lector de 1958 aquello parecía la firma de algo con plan de vuelo. Un espejismo no dibuja rectas de cientos de kilómetros.
La idea tuvo un atractivo enorme porque parecía un dato y no una anécdota: geometría, mapa, regla. Otros investigadores se pusieron a buscar alineaciones en otras oleadas y en otros países. Y ahí, precisamente, empezó a desmoronarse.
Lo que puede ser, sin necesidad de marcianos
El problema es estadístico, y se entiende con una servilleta. Cuando se marcan muchos puntos en un mapa, aparecen alineaciones por puro azar, tantas más cuantos más puntos haya y cuanto más ancha se admita la línea. Los análisis posteriores, incluidos los de investigadores próximos a Michel, concluyeron que las rectas de la ortotenia no superaban lo que el azar produce por sí solo. La firma era del lápiz, no del fenómeno.
Hay un segundo problema, más de ventanilla. Las ubicaciones y horas de 1954 salían sobre todo de la prensa regional, con precisiones del tipo «en las afueras de» y «pasada la medianoche». Con coordenadas así, una recta de varios kilómetros de ancho se traga casi cualquier cosa. Es como trazar una línea entre dos ferias de ganado y sorprenderse de que pase por tres bares.
Para que una alineación signifique algo, hacen falta tres cosas que la ortotenia no tenía:
- coordenadas precisas de cada punto, no «en las afueras de»;
- una anchura de línea fijada antes de mirar el mapa, no después;
- comparar el resultado con las alineaciones que salen al azar con el mismo número de puntos.
Qué hay que reprocharle
Esta casa no reparte medallas. A Michel hay que reprocharle que convirtió una intuición en sistema antes de comprobarla, y que durante años la ortotenia se citó como descubrimiento cuando no pasaba de hipótesis sin validar. También que su prosa, brillante y persuasiva, empujó la idea más que los datos. Pero hay que reconocerle algo que no es menor: trabajó con fechas, horas y lugares, que es lo único que permite a otro llevarle la contraria.
Por qué importa
Michel importa por lo que dejó sembrado. Escribió en la revista Planète, de Louis Pauwels y Jacques Bergier, que tanto hizo por popularizar lo insólito en la Francia de los sesenta, y durante años se carteó y conversó con un joven Jacques Vallée, que lo ha reconocido como mentor. El interés francés por estudiar el fenómeno con método, el que acabaría teniendo oficina propia en el GEPAN, tiene en él a uno de sus precursores.
Y queda la lección de la ortotenia, que sigue sirviendo: una pauta que aparece en un mapa hay que compararla con la que aparecería por azar antes de ponerle nombre. Vallée recorrió después su propio camino, contado en el giro de Jacques Vallée.
Murió en 1992. Dejó líneas rectas que ya no significan nada y una costumbre que sigue siendo útil: apuntar la hora exacta.