Amigos, hoy toca un nombre que todo el mundo cree conocer. Carl Sagan: la chaqueta de pana, el cuello vuelto, la serie Cosmos en la sobremesa de medio planeta. Lo que casi nadie recuerda es que Sagan estuvo sentado en las mesas donde se decidió qué hacer con los ovnis en Estados Unidos, y que de esas mesas quedaron papeles. Y ya sabéis que a mí los papeles me importan más que las luces.
Lo mío hoy son comités, actas, simposios y un artículo técnico que sus admiradores prefieren no mirar demasiado. Porque Sagan fue a la vez el escéptico más influyente del siglo XX y el científico que más hizo por que la búsqueda de inteligencia extraterrestre se tomara en serio. Las dos cosas son ciertas, y se contradicen bastante menos de lo que parece.
Los papeles: tres mesas en cuatro años
Lo verificable, primero. Sagan nació en Brooklyn en 1934, se doctoró en la Universidad de Chicago en 1960 y desarrolló casi toda su carrera en Cornell, trabajando en ciencias planetarias: atmósferas de Venus y Marte, misiones Mariner, Viking y Voyager. Eso ya da para una vida. Pero entre 1966 y 1969 su nombre aparece en tres documentos que a esta casa le interesan más que cualquier documental.
Uno. En 1966 formó parte del comité especial presidido por Brian O’Brien que la Fuerza Aérea creó para revisar el Proyecto Libro Azul. Aquel comité recomendó que fueran universidades las que estudiaran los casos, y de ahí salió el encargo a la Universidad de Colorado que acabaría dirigiendo Edward Condon. Dos. El 29 de julio de 1968 fue ponente en el simposio de la Cámara de Representantes, junto a J. Allen Hynek y James E. McDonald.
Tres. En diciembre de 1969 organizó con Thornton Page el simposio de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia en Boston, pese a la oposición de algunos colegas que preferían no dar ese escaparate al asunto, Condon entre ellos. Las ponencias salieron en libro en 1972: UFO’s: A Scientific Debate. Dicho en idioma Astro: el tipo que dudaba de los platillos defendió que se discutieran en voz alta. Eso no lo hace un encubridor.
Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias. La frase no es del todo suya. El método, sí.
La frase y su genealogía
La frase que todo el mundo le atribuye la popularizó él en Cosmos (1980), pero tiene antecedentes: el sociólogo Marcello Truzzi había formulado algo muy parecido pocos años antes, y la idea de fondo es mucho más vieja que los dos. Lo que Sagan aportó fue el altavoz. Y un altavoz, en este tema, es media batalla.
En The Demon-Haunted World (1995) dedicó capítulos a los ovnis y a las abducciones, con un argumento que sigue siendo el mejor resumen del escepticismo razonable: no se trata de decir que algo es imposible, sino de pedir que se enseñe. Ahí está la parábola del dragón invisible en el garaje. Y ahí está también algo que se cita menos: un tono respetuoso con los testigos, a los que no trata de mentirosos sino de personas contando algo que vivieron de verdad, aunque no fuera lo que creen.
Qué hay que reprocharle
Esta casa no reparte medallas, ni a los que salen en la tele con buena luz. Primer reproche, y es un papel: en 1963 Sagan publicó en Planetary and Space Science un artículo técnico sobre el contacto directo entre civilizaciones galácticas mediante viajes interestelares relativistas, en el que especulaba con que la Tierra hubiera podido recibir visitas en tiempos históricos y con que quedaran rastros en mitos antiguos. Era especulación declarada. La industria del astronauta ancestral la leyó como un aval, y la sigue citando.
Segundo reproche: la asimetría. Sagan defendió con energía que se financiara la búsqueda de señales de radio, un programa que durante décadas no encontró nada, mientras despachaba los informes de ovnis con bastante menos paciencia. Hay razones científicas para esa diferencia (una señal de radio se puede repetir y medir, un avistamiento no), pero no siempre las explicaba. A menudo le bastaba con la ironía, y la ironía no es un argumento.
Tercero: la estatua. Su popularidad convirtió cada opinión suya en argumento de autoridad, justo lo que él decía combatir. Mucha gente repite que «Sagan demostró que no hay ovnis». No demostró eso ni lo pretendió. Lo que dijo es que no había pruebas suficientes, que es otra cosa y bastante más honrada.
Por qué importa
Porque fijó las reglas del juego para todos los que vinieron después, en los dos bandos. A los creyentes les dejó la vara de medir; a los escépticos, la obligación de no burlarse. Y a los programas oficiales del siglo XXI, tres avisos que siguen sin leer del todo:
- Sin datos brutos no hay caso: hay anécdota con buen presupuesto.
- Sin revisión externa no hay conclusión: hay nota de prensa.
- Sin poder decir «no lo sabemos» no hay ciencia: hay marketing, del Pentágono o del primo.
Trabajó además con Frank Drake en la placa de las sondas Pioneer y en el disco de oro de las Voyager, y escribió la novela Contact (1985), cuya protagonista, según se ha contado muchas veces, debe mucho a Jill Tarter. Es decir: el mayor escéptico de los platillos dedicó media vida a preparar el saludo por si alguien contestaba. De esa búsqueda tenemos expediente propio, y de la ecuación de Drake también.
Murió en Seattle el 20 de diciembre de 1996, a los sesenta y dos años. Dejó una frase que no era del todo suya y un método que sí lo era. Quedaos con el método; la frase ya la repite todo el mundo.