Hay científicos que entran en un debate como quien entra en una sala de espera, y otros que entran como el notario: con el sello ya entintado. Donald Howard Menzel pertenecía a la segunda familia. Cuando en 1953 publicó su primer libro sobre platillos volantes, el expediente llevaba seis años abierto y él ya traía la resolución firmada: espejismos, reflejos, inversiones de temperatura, luz haciendo lo que la luz hace.
Lo incómodo es que, casi siempre, la resolución era correcta. Menzel no era un polemista de tertulia: era uno de los astrofísicos más sólidos de su generación, especialista en el Sol y en los gases enrarecidos de su atmósfera, y director del observatorio de Harvard. Su problema no fue la ciencia. Fue el gesto de quien despacha instancias a destajo sin levantar la vista del mostrador.
Qué hizo: el Sol primero, los platillos después
Lo verificable, primero, que es como se debe caminar por un pasillo oscuro: tanteando pared. Menzel nació en Florence, Colorado, en 1901, estudió en la Universidad de Denver y se doctoró en Princeton en 1924. Entró en Harvard en los años treinta y allí hizo casi toda su carrera. Su terreno fue la espectroscopia solar, la cromosfera y la corona, la parte del Sol que solo se deja ver bien durante un eclipse o con instrumentos muy finos.
Participó en la puesta en marcha de la estación solar de gran altitud de Climax, en las Montañas Rocosas, y dirigió el observatorio de Harvard entre 1952 y 1966. Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en la Marina de los Estados Unidos en trabajos de comunicaciones con acceso a material reservado, un capítulo discreto de su biografía que medio siglo después tendría una segunda vida inesperada.
Entre 1952 y 1953, con la oleada sobre Washington todavía en los periódicos, Menzel decidió que aquello era asunto de su competencia. Y en cierto sentido lo era: un astrónomo que ha pasado la vida midiendo cómo la atmósfera deforma la luz sabe mejor que casi nadie cuántos fantasmas puede fabricar una capa de aire caliente sobre otra fría. Su primer libro, Flying Saucers (Harvard University Press, 1953), está levantado sobre esa idea. Del episodio de Washington hay expediente propio en esta casa.
La tesis: el cielo miente, pero según la física
El argumento tenía una elegancia de manual. Espejismos producidos por inversiones térmicas, reflejos de luces terrestres en capas de niebla o de cristales de hielo, parhelios, planetas brillantes vistos a través de aire turbulento, globos y aviones iluminados desde ángulos insólitos. Cada uno de esos fenómenos existe y está descrito en la literatura técnica. Ninguno necesita tripulantes. La tesis es sensata. El problema estaba en la aplicación.
Porque Menzel no aplicaba su catálogo a los casos: aplicaba los casos a su catálogo. Cuando un relato no encajaba, la tentación era retocar el relato, suponer que el testigo se equivocaba en la hora, en la distancia o en la dirección. Con Lyle G. Boyd firmó en 1963 The World of Flying Saucers, y ya póstumo apareció en 1977 The UFO Enigma, escrito con Ernest H. Taves. Tres libros, veinticuatro años y una sola respuesta.
Un espejismo explica muchas cosas. No explica al que no quiere leer el parte entero.
Qué hay que reprocharle
Esta casa no reparte medallas, y a Menzel le corresponde su pliego de cargos. El primero es de método: resolvió casos desde el despacho, con datos incompletos, y dio por buenas explicaciones que nadie había comprobado sobre el terreno. James E. McDonald, físico atmosférico y por tanto rival en su propio terreno, le reprochó a finales de los sesenta que los mecanismos ópticos que invocaba no alcanzaban a producir, en varios casos concretos, los efectos que les atribuía.
El segundo cargo es de tono. Menzel no se limitó a discrepar: trató a los testigos como víctimas de su propia ingenuidad y a quienes pedían más estudio como aficionados. Ese desdén, repetido desde una cátedra de Harvard, fue un regalo para sus adversarios. Cada vez que una explicación suya resultaba forzada, el lector sacaba la conclusión equivocada: si el astrónomo tiene que estirar la física, será que hay algo. No lo había necesariamente. Pero él lo ponía fácil.
La segunda vida: Majestic 12
La segunda vida llegó en los años ochenta. Los documentos llamados Majestic 12, que aparecieron en 1984 y se difundieron en 1987, incluían a Menzel entre los doce miembros de un supuesto comité secreto creado en 1947 para gestionar los restos de Roswell. Un escéptico público sentado en la mesa del secreto: el guion perfecto para quien quisiera leer toda su obra como una operación de encubrimiento.
Stanton Friedman rastreó su biografía y documentó que Menzel había tenido acceso a material clasificado y trato con el mundo de la inteligencia, cosa que el astrónomo nunca había aireado. De ahí saltó a una conclusión mucho más grande, y ese salto no se sostiene: el FBI publicó los documentos como falsos y las anomalías de formato señaladas desde entonces apuntan al mismo sitio. Que un astrónomo guardara secretos de Estado no convierte en auténtico un papel falsificado.
Por qué importa
Menzel importa porque fijó el molde del escepticismo académico sobre los ovnis durante un cuarto de siglo, con sus virtudes y con su soberbia. La física que manejaba era buena, y la mayoría de los informes, en efecto, se explican con aire, luz y distancias mal calculadas. Lo que no supo hacer fue la segunda mitad del trabajo: tomarse la molestia de revisar cada expediente como si pudiera ser la excepción.
Su herencia es doble. Dejó un catálogo de trampas ópticas que cualquier investigador serio sigue usando, y un ejemplo de lo que pasa cuando el sello se estampa antes de leer la instancia. J. Allen Hynek, que empezó en el mismo bando, acabó en el contrario; Menzel no se movió un milímetro. Entre los dos se entiende casi toda la historia del debate académico, y el expediente de Hynek cuenta la otra mitad.
Murió en Cambridge en diciembre de 1976, con el tercer libro todavía sin publicar. El cielo siguió deformando la luz exactamente como él había descrito. Algunos testigos, también.