Esta ficha, amigos, va de un error lógico que tiene nombre y apellido. Se llama autoridad transferida, y funciona así: si alguien ha pisado la Luna, lo que diga sobre extraterrestres pesa más que lo que diga tu cuñado. Suena razonable. No lo es. Edgar Dean Mitchell pisó la Luna en febrero de 1971, y eso le convierte en testigo de la Luna, no de Roswell.
Toca separar las dos cosas con los papeles delante, porque Mitchell se merece las dos columnas. La del astronauta, que es impecable. Y la del conferenciante de los últimos años, que es otra cosa y que mucha gente cita como si fuera la misma.
El astronauta: la columna impecable
Lo verificable, primero. Mitchell nació en Hereford, Texas, en 1930 y se crió en Nuevo México. Se graduó en Carnegie Tech en 1952, entró en la Marina, voló como piloto y se doctoró en aeronáutica y astronáutica en el MIT en 1964. En 1966 la NASA le seleccionó como astronauta. Hasta aquí, currículo de manual: ingeniero, piloto, doctor.
Fue el piloto del módulo lunar del Apolo 14, con Alan Shepard como comandante y Stuart Roosa en el módulo de mando. El 5 de febrero de 1971 alunizaron en la región de Fra Mauro, y Mitchell se convirtió en el sexto ser humano que caminó sobre la Luna. Sus dos salidas sumaron más de nueve horas. Nadie discute nada de esto: está en las transcripciones de la misión y en los archivos de la NASA.
Haber ido a la Luna te hace testigo de la Luna. De nada más.
El viaje de vuelta: cartas Zener y un instituto
Durante el vuelo, Mitchell hizo por su cuenta un experimento de percepción extrasensorial: intentó transmitir mentalmente los símbolos de unas cartas Zener a personas que estaban en tierra. No era un experimento de la NASA ni tenía un protocolo publicado de antemano, y los resultados que él defendió no convencieron a la comunidad científica. Pero es el primer papel que anuncia lo que vendría después.
Contó que, en el regreso, mirando la Tierra desde la ventanilla, vivió una experiencia de unidad que le cambió la vida. En 1973 fundó el Instituto de Ciencias Noéticas, dedicado a estudiar la conciencia, y en 1996 publicó The Way of the Explorer. Todo eso es legítimo como biografía personal. El problema empieza cuando esa biografía se usa como credencial para otra cosa.
La radio de 2008 y lo que respondió la NASA
En julio de 2008, en una entrevista en la emisora británica Kerrang! Radio, Mitchell dijo que la Tierra había recibido visitas extraterrestres, que el caso Roswell fue real y que los gobiernos lo habían ocultado. La frase dio la vuelta al mundo en horas, con el titular que os imagináis: «Un astronauta del Apolo confirma…». La NASA respondió que no rastrea ovnis ni participa en ningún encubrimiento, y que no compartía las opiniones de Mitchell sobre el asunto.
Ahora, el papel que importa. Mitchell no decía haber visto nada. Lo que contaba lo atribuía a otras personas: gente de la zona de Roswell y contactos militares y de inteligencia que, según él, le habían confirmado cosas, sin que nunca se publicaran nombres comprobables ni documentos. Es decir: testimonio de segunda mano, sin fuentes verificables, contado por alguien cuyo prestigio venía de otro sitio.
Es el mismo problema de fondo que tuvo, en 2023, la declaración de David Grusch ante el Congreso: lo que otros le contaron, sin papeles que lo acompañen.
Qué hay que reprocharle
Esta casa no reparte medallas, ni a los que pisaron la Luna. El reproche principal es precisamente ese: dejó que su uniforme de astronauta avalara afirmaciones que no podía sostener con documentos. Sabía mejor que nadie que su palabra tenía un peso desproporcionado, y la usó para amplificar rumores sin aportar un solo papel. En idioma Astro: si te piden que creas algo porque lo dice alguien importante, pregunta primero qué ha firmado.
El segundo es más prosaico y también está documentado. En 2011 la NASA le demandó para recuperar una cámara de la misión que había conservado desde 1971 y que intentó subastar. El pleito se cerró con un acuerdo y la cámara acabó en el Museo Nacional del Aire y del Espacio. No tiene nada que ver con los ovnis, pero dice algo de su relación con la frontera entre lo propio y lo público.
Por qué importa
- Un astronauta es un testigo excelente de lo que vio. Mitchell no decía haber visto nada.
- Un rumor contado por alguien importante sigue siendo un rumor. Con mejor micrófono.
- La NASA contestó. Esa respuesta circula muchísimo menos que el titular.
Y es justo lo contrario de la regla que popularizó Carl Sagan: cuanto más extraordinaria la afirmación, más sólida tiene que ser la prueba, no el currículo de quien la hace. Mitchell importa porque es el caso de manual del argumento de autoridad en este tema, y porque su lista de méritos reales hace más difícil verlo. Murió en West Palm Beach el 4 de febrero de 2016, la víspera del cuadragésimo quinto aniversario de su alunizaje. La Luna la pisó de verdad. Lo demás, amigos, sigue esperando los papeles.