Hay firmas que pesan más que el documento que las lleva. La de Edward Uhler Condon en el informe de la Universidad de Colorado pesa, todavía hoy, más que todo el volumen que viene detrás. Casi nadie de los que discuten sobre ovnis ha leído el informe entero; han leído su resumen, que escribió él, y con eso han decidido si le perdonan o no.
Condon no llegó a aquel encargo como un funcionario gris. Llegó como uno de los físicos más brillantes de su generación, con un principio de la mecánica cuántica que lleva su apellido y con una cicatriz política que habría hundido a cualquiera: el Comité de Actividades Antiamericanas le había señalado como un riesgo para la seguridad atómica del país. Le encargaban juzgar un misterio a un hombre al que ya habían juzgado sin pruebas.
Qué hizo antes de los platillos
Lo verificable, primero. Condon nació en 1902 en Alamogordo, Nuevo México, no muy lejos del campo de tiro donde cuarenta y tres años después estallaría la primera bomba atómica. Se doctoró en Berkeley en 1926, pasó por Alemania en los años en que la mecánica cuántica estaba recién salida del horno y de ahí vino el principio de Franck-Condon, que explica la intensidad de las transiciones vibracionales en las moléculas y se sigue enseñando en cualquier curso de espectroscopia.
Escribió con Philip Morse uno de los primeros manuales de mecánica cuántica en inglés (1929) y con George Shortley The Theory of Atomic Spectra (1935). Trabajó en Westinghouse como director asociado de investigación y en 1943 aceptó ser el número dos de Oppenheimer en Los Álamos. Duró unas semanas: dimitió porque la compartimentación de la información le parecía incompatible con hacer ciencia. En 1945 le nombraron director de la Oficina Nacional de Normas.
En 1946 presidió la Sociedad Americana de Física. Dos años después, el Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara le describió como uno de los eslabones más débiles de la seguridad atómica. No se probó nada. Truman le defendió en público y la comunidad científica cerró filas, pero la sospecha le persiguió durante años, con revisiones de su acreditación de seguridad que se reabrían como heridas mal cerradas.
El encargo de Colorado
En octubre de 1966 la Fuerza Aérea contrató con la Universidad de Colorado un estudio independiente sobre los ovnis, y Condon aceptó dirigirlo. Era la salida que la propia Fuerza Aérea buscaba desde la revisión del comité O’Brien de ese mismo año: que una universidad, con prestigio y sin uniforme, dijera si merecía la pena seguir con el Proyecto Libro Azul. El equipo, de físicos, psicólogos y astrónomos, trabajó durante dos años.
El informe final, Scientific Study of Unidentified Flying Objects, se publicó en enero de 1969. Su conclusión general, redactada por Condon, fue que nada de lo estudiado en los veintiún años anteriores había aportado conocimiento científico y que no parecía justificado seguir estudiando los ovnis con la esperanza de que la ciencia avanzara por ello. Un comité de la Academia Nacional de Ciencias revisó el método y lo avaló. En diciembre de 1969, la Fuerza Aérea anunció el cierre del Libro Azul. El documento tiene ficha propia en este archivo.
Condon firmó la conclusión. Sus investigadores firmaron los capítulos. No siempre dijeron lo mismo.
Qué hay que reprocharle
El pliego de cargos es largo y está documentado, así que conviene leerlo despacio. El más grave no lo escribió él: en agosto de 1966, antes de empezar, el coordinador del proyecto, Robert Low, redactó un memorando interno en el que proponía presentar el estudio al público como objetivo y a la comunidad científica como el trabajo de un grupo de escépticos. Aquel papel era una declaración de intenciones con membrete universitario.
Cuando dos miembros del equipo, David Saunders y Norman Levine, hicieron llegar el memorando fuera del proyecto, Condon los despidió en febrero de 1968. En mayo, la revista Look publicó un reportaje de John G. Fuller que contaba el episodio con todo detalle. El daño fue irreparable: desde entonces cada conclusión del informe se lee a la luz de aquel papel, se lo merezca o no.
El segundo cargo sí es suyo. Condon hizo comentarios públicos desdeñosos sobre el asunto cuando el estudio apenas había arrancado y se implicó poco en el análisis de casos concretos. El tercero es de estructura: el resumen no refleja con fidelidad algunos capítulos. El ejemplo clásico son las fotografías de McMinnville, que el analista William K. Hartmann consideró de los pocos casos en que todos los factores estudiados eran coherentes con lo que contaban los testigos.
Análisis posteriores llegaron a conclusiones contrarias, pero eso no borra lo que el propio informe decía en sus páginas.
Lo que hay que concederle
Ahora la otra columna del libro de cuentas, porque la hay. El informe Condon no es una farsa. Contiene análisis serios de fotografías, de radar y de casos concretos, y la mayoría de sus explicaciones han aguantado medio siglo. La conclusión de que el estudio de los ovnis no había hecho avanzar la ciencia hasta 1968 era defendible entonces y lo sigue siendo en su literalidad. Lo discutible era el salto a recomendar que no se estudiaran más.
Tampoco hay que olvidar quién firmaba. Alguien que había visto de cerca cómo un comité del Congreso podía triturar una reputación sin pruebas tenía motivos para desconfiar de las conclusiones que se sostienen solo sobre la insistencia. La ironía es que, en su propio proyecto, el procedimiento dio a sus adversarios exactamente la clase de munición que antes le habían disparado a él.
Por qué importa
Condon importa porque su firma cerró la etapa oficial del estudio ovni en Estados Unidos durante más de treinta años. Todo lo que vino después se escribió contra su sombra o a su favor. James E. McDonald dedicó sus últimos años a rebatirle, y el simposio de la Cámara de Representantes de 1968 se celebró mientras el equipo de Colorado seguía trabajando.
Murió en Boulder en marzo de 1974. Dejó un principio de la física que no discute nadie y un informe que no deja de discutirse. Los dos llevan su nombre. Solo uno se estudia con tranquilidad.