Hay gente que pasa a la historia por una respuesta. Frank Drake pasó por una pregunta, y encima la escribió en una pizarra para una reunión pequeña en Green Bank, Virginia Occidental, en 1961. Siete factores multiplicados, y ni uno de ellos conocido. Aun así, esa ecuación ha organizado sesenta años de conversación sobre si estamos solos.
Aquí toca lo de siempre, fechas y organismos, porque la biografía de Drake es un catálogo de primeras veces con papeles detrás. Y porque lo que más me gusta de él es algo que se cuenta poco: la primera vez que creyó oír a alguien, era de aquí. Lo contó él mismo, y lo contó como hay que contarlo.
Ozma: la primera escucha
Lo verificable, primero. Drake nació en Chicago en 1930, estudió en Cornell, sirvió en la Marina como oficial de electrónica y se doctoró en Harvard en 1958. En 1960, ya en el Observatorio Nacional de Radioastronomía de Green Bank, dirigió el Proyecto Ozma: apuntó una antena de 26 metros a dos estrellas cercanas parecidas al Sol, Tau Ceti y Épsilon Eridani, y escuchó en torno a 1.420 megahercios, la frecuencia del hidrógeno neutro.
La lógica era sencilla y elegante: si alguien quiere que le oigan en la galaxia, usará la frecuencia que cualquier radioastrónomo del universo conoce. Ozma escuchó entre la primavera y el verano de 1960 y no encontró nada. Bueno, casi nada: hubo una señal intensa que puso en pie al equipo hasta que resultó ser de origen terrestre. Esa anécdota, contada por el propio Drake, vale más que muchas ponencias.
La primera vez que alguien creyó oír a otra civilización, la señal era de aquí. Así empieza la ciencia de verdad: descartando.
La ecuación: un orden del día, no un resultado
En noviembre de 1961 Drake organizó en Green Bank la primera reunión científica sobre la búsqueda de inteligencia extraterrestre. Para ordenar el debate escribió una fórmula: el número de civilizaciones detectables en la galaxia como producto de siete factores, desde el ritmo de formación de estrellas hasta lo que dura una civilización capaz de emitir. Entre los asistentes estaban Carl Sagan y Philip Morrison.
Y aquí va el aviso en idioma Astro: la ecuación de Drake no calcula nada. Es un orden del día. Sirve para saber qué no sabemos y en qué orden no lo sabemos. Quien os diga «según la ecuación de Drake hay tantas civilizaciones» os está vendiendo sus propios números disfrazados de fórmula. Tenemos expediente entero sobre ella y sobre la paradoja de Fermi.
Arecibo, Pioneer y un mensaje sin consulta
Después de Green Bank vinieron Cornell y, sobre todo, Arecibo: en los años setenta dirigió el Centro Nacional de Astronomía y Ionosfera, que gestionaba el radiotelescopio de Puerto Rico. Antes, en 1972, había trabajado con Sagan en la placa de las sondas Pioneer. Y el 16 de noviembre de 1974, en la ceremonia por la renovación de la antena, se emitió el mensaje de Arecibo, que diseñó con un pequeño equipo: 1.679 bits dirigidos al cúmulo globular M13.
Aquí viene el papel que me gusta. Aquel mensaje salió sin consulta internacional de ningún tipo. Hubo protestas, entre ellas la del astrónomo real británico Martin Ryle, por anunciar nuestra posición sin preguntar a nadie. La respuesta habitual fue que era un gesto simbólico, porque M13 está a unos veinticinco mil años luz. Las dos cosas son ciertas. Y el debate sobre quién firma en nombre del planeta sigue sin reglamento.
Qué hay que reprocharle
Esta casa no reparte medallas, ni a los que caen bien. El reproche principal a Drake es de comunicación. Su ecuación nació como herramienta de discusión, y él mismo contribuyó a convertirla en un número, porque durante décadas dio en público estimaciones optimistas. Una estimación de un científico con prestigio se convierte en titular en cuanto sale de la sala, y en dato de internet a la semana siguiente.
El segundo es Arecibo: una decisión con implicaciones para todo el planeta tomada por un grupo pequeño durante una ceremonia. Simbólica, sí. Pero los símbolos también crean precedente, y aquel precedente fue que se puede hablar en nombre de todos sin preguntar a nadie.
Por qué importa
Drake importa porque convirtió la pregunta más vieja de la humanidad en un programa de observación con antenas, frecuencias y horas de telescopio. Todo lo que ha venido después, de la señal Wow! a los programas actuales, pasando por el trabajo de Jill Tarter, está construido sobre su plantilla: escuchar, descartar, volver a escuchar. Y sin ovnis por medio: buscar señales y perseguir luces son oficios distintos, y él los mantuvo separados. La historia completa de esa escucha está en SETI: sesenta años escuchando.
Escribió su versión con Dava Sobel en Is Anyone Out There? (1992). Murió en Aptos, California, el 2 de septiembre de 2022, a los noventa y dos años. Seguimos sin respuesta. Y seguimos con su pregunta escrita en la pizarra.