Amigos, hoy toca papeleo del bueno. Harry Mason Reid fue durante ocho años el hombre que decidía qué se votaba en el Senado de Estados Unidos. Y fue también el que, en 2007, consiguió que el Pentágono gastara dinero en estudiar amenazas aeroespaciales no identificadas sin que casi nadie en el Congreso se enterase. Las dos cosas van juntas: solo alguien con ese poder podía hacer lo segundo.
Hoy, lo mío: partidas presupuestarias, contratos, cartas y quién firma. Porque la historia de Reid y los ovnis no es una historia de luces. Es una historia de cómo funciona el dinero reservado en Washington. Y cuando hay dinero reservado, la primera pregunta útil no es qué se vio. Es quién pagó, a quién y con qué control.
El político: de Searchlight al Senado
Lo verificable, primero. Reid nació en 1939 en Searchlight, un pueblo minero del sur de Nevada, estudió Derecho, ejerció como abogado, hizo carrera política en su estado y llegó al Senado en 1987. Allí estuvo treinta años. Entre 2007 y 2015 fue líder de la mayoría, uno de los cargos con más control sobre la agenda legislativa del país. Nada de ovnis en el currículo oficial. Hasta que se lee la letra pequeña.
Reid contó después que su interés venía de lejos y que se había reforzado en conversaciones con Robert Bigelow, empresario de Las Vegas, dueño de una cadena hotelera y fundador de una empresa aeroespacial, que llevaba años financiando investigación sobre fenómenos anómalos. Bigelow era, además, de Nevada. Apuntad ese dato, que vuelve.
El dinero: AAWSAP y el contrato de Bigelow
En 2007, Reid, con el apoyo de los senadores Ted Stevens y Daniel Inouye, consiguió una asignación para que la Agencia de Inteligencia de Defensa estudiara amenazas aeroespaciales avanzadas. El programa se llamó AAWSAP, y el contrato lo ganó Bigelow Aerospace Advanced Space Studies, la empresa que Robert Bigelow creó para la ocasión. El Pentágono confirmó en 2017 que el gasto total había rondado los 22 millones de dólares.
Aquí va la parte que me obsesiona. El dinero no figuraba como programa ovni en ningún presupuesto público: iba dentro de las partidas reservadas de defensa, lo que en Washington se llama dinero negro, que no significa corrupción sino secreto presupuestario. Y el adjudicatario era un empresario del estado del senador que lo había conseguido. Nada de eso es ilegal por sí mismo. Todo eso es exactamente lo que un periodista tiene que preguntar.
No hace falta que haya marcianos para que haya secretismo. Basta con una partida reservada y un contrato con destinatario.
La carta de 2009 y la exclusiva de 2017
En 2009, Reid pidió por carta al Departamento de Defensa que el programa pasara a ser de acceso especial restringido, lo que habría blindado aún más su secreto. La petición no prosperó, y la carta se conoce porque la prensa la publicó años después, cuando el asunto ya era noticia. El programa se quedó sin financiación específica hacia 2012.
El 16 de diciembre de 2017, The New York Times publicó la existencia del programa en un artículo firmado por Helene Cooper, Ralph Blumenthal y Leslie Kean, acompañado de vídeos de la Marina. Reid confirmó en público su papel y lo defendió como un asunto de ciencia y de seguridad nacional. Desde entonces, cada paso del debate oficial sobre los UAP en Estados Unidos, de la salida de Luis Elizondo del Pentágono en adelante, lleva algo de su firma.
Qué hay que reprocharle
Esta casa no reparte medallas, ni a quienes dicen defender la transparencia. Tres jaulas, para que se vea:
- La jaula del «es por seguridad nacional, no preguntes»: el programa se montó sin debate público y con un único adjudicatario, del mismo estado que el senador.
- La jaula del «algo habrá»: parte del trabajo del contratista acabó en investigaciones sobre sucesos paranormales en un rancho de Utah que era propiedad del propio Bigelow, y que poco tienen que ver con amenazas aeroespaciales.
- La jaula del «ya lo contarán»: los productos del programa, informes técnicos incluidos, tardaron años en conocerse, y buena parte llegó por peticiones de documentos, no por voluntad de quienes los encargaron.
A Reid hay que reconocerle que puso el asunto en la agenda del Congreso y que habló en público con su nombre y apellidos. Pero también hay que decir que lo hizo con el procedimiento menos transparente posible, y que mucho de lo que se sabe de aquel programa se sabe a pesar de él, no gracias a él.
Por qué importa
Reid importa porque demuestra, con papeles, la frontera que en esta casa repetimos hasta el aburrimiento: secretismo y marcianos son dos preguntas distintas. El secretismo está probado: partida reservada, contrato dirigido, carta pidiendo más blindaje. Los marcianos no aparecen en ninguno de esos papeles. Quien confunde las dos cosas acaba creyendo que el tamaño del secreto prueba el tamaño del misterio. La ley que vino después, y lo que le quitaron por el camino, está en el expediente de la UAP Disclosure Act.
Murió en Henderson, Nevada, el 28 de diciembre de 2021. Dejó un presupuesto lleno de huellas y una pregunta que sigue viva en el Congreso. La respuesta, amigos, no está en el cielo. Está en el anexo reservado.