Hay causas que se defienden con megáfono y otras con cuaderno de campo. James Edward McDonald eligió el cuaderno, y lo llenó. Físico atmosférico, especialista en nubes y en gotas de lluvia, pasó los últimos cinco años de su vida recorriendo Estados Unidos y parte de Australia para entrevistar a testigos, leer partes de radar y levantar acta de lo que otros archivaban sin mirar.
Fue el científico en activo con más prestigio que se jugó la reputación por los ovnis en los años sesenta. La perdió en parte, la recuperó en parte y murió en junio de 1971 en circunstancias que obligan a escribir con cuidado. Su historia es la de un método bueno aplicado a una hipótesis que no pudo demostrar.
Qué hizo: la física de las nubes y la de los partes
Lo verificable, primero, que es como se camina por un pasillo oscuro. McDonald nació en Duluth, Minnesota, en 1920 y se doctoró en física en la Universidad Estatal de Iowa en 1951. A mediados de los cincuenta se incorporó a la Universidad de Arizona, donde trabajó en el Instituto de Física Atmosférica. Publicó sobre microfísica de nubes, electricidad atmosférica y modificación artificial del tiempo. No era un aficionado: era de los que ven un espejismo y saben calcular la inversión térmica que hace falta para producirlo.
Llevaba años interesado en el asunto, pero en 1966 dio el paso. Visitó el Proyecto Libro Azul en la base de Wright-Patterson y salió convencido de que la investigación oficial era superficial. A partir de entonces dedicó su tiempo libre, y buena parte del que no lo era, a reentrevistar a testigos de casos clásicos, hasta reunir cientos de entrevistas. En abril de 1967 presentó ante la Sociedad Americana de Directores de Periódicos una conferencia titulada «Unidentified Flying Objects: Greatest Scientific Problem of Our Times».
Su tesis no era que los ovnis fueran naves. Era que nadie los había mirado en serio.
El Congreso, la AAAS y la hipótesis menos mala
El 29 de julio de 1968 fue uno de los ponentes del simposio sobre objetos voladores no identificados del Comité de Ciencia y Astronáutica de la Cámara de Representantes, junto a J. Allen Hynek, Carl Sagan, Robert Hall, James Harder y Robert Baker. Su declaración defendía que el problema merecía un programa científico serio y presentaba decenas de casos que había revisado él mismo, testigo por testigo.
En diciembre de 1969 volvió a la carga en el simposio de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia en Boston, con un texto cuyo título resumía su opinión del informe de Edward Condon: «Science in Default: Twenty-Two Years of Inadequate UFO Investigations». Su conclusión personal era prudente en la forma y audaz en el fondo: de todas las hipótesis disponibles, la extraterrestre le parecía la menos insatisfactoria.
Qué hay que reprocharle
Esta casa no reparte medallas, ni siquiera a quien trabajó bien. El primer reproche es de peso probatorio. McDonald confiaba mucho en la coherencia de los testigos: si un piloto, un operador de radar y un policía contaban lo mismo años después, le parecía un dato fuerte. Lo es, pero no tanto como él creía. La memoria se contamina, los relatos se contagian y la reentrevista de un caso de hace quince años no es una observación nueva.
El segundo es de temperatura. Sus polémicas con Donald Menzel y Philip J. Klass fueron agrias por los dos lados, y McDonald también cayó en la descalificación. Y el tercero, administrativo: aprovechó un viaje a Australia financiado en 1967 por la Oficina de Investigación Naval para entrevistar a testigos de ovnis. Klass lo denunció. Fue un error menor convertido en arma, pero el error era suyo.
El final
A comienzos de 1971 compareció ante el Congreso para advertir de los posibles efectos de los aviones supersónicos comerciales sobre la atmósfera, un asunto en el que estaba en su terreno. Un congresista le sacó los platillos volantes para desacreditarle delante de todos. Lo que se discutía era física de la estratosfera; lo que se recordó en la sala fue la burla.
Ese mismo año intentó quitarse la vida y quedó ciego. El 13 de junio de 1971 murió en el desierto, cerca de Tucson. Quienes le conocieron hablaron de problemas personales además del desgaste profesional. Atribuir su muerte a una sola causa, y no digamos a una conspiración, es hacerle un favor al mito y ninguno a él.
Por qué importa
McDonald importa porque demostró que se podía estudiar los ovnis con método y con nombre propio, sin esconderse detrás de un seudónimo ni de una asociación de aficionados. Sus papeles se conservan en la Universidad de Arizona y reúnen una de las mejores colecciones de reentrevistas a testigos de los años cincuenta y sesenta. Ann Druffel reconstruyó su historia en Firestorm (2003).
Y, sobre todo, importa como contrapeso de Condon. Donde el informe de Colorado resumió, McDonald detalló; donde Condon concluía, él pedía otra pasada. No ganó. Pero cada vez que alguien reclama que se investigue en serio en lugar de archivar, repite su argumento, a menudo sin saberlo.
Su tesis era que el problema estaba en los científicos que no miraban, no en los testigos. Medio siglo después, ese expediente sigue sin cerrar.