Hay oficios que enseñan a desconfiar del cielo mejor que cualquier cátedra, y el de redactor técnico de una revista de aviación es uno de ellos. Philip Julian Klass pasó treinta y cuatro años en Aviation Week & Space Technology escribiendo sobre radares, sistemas de navegación y electrónica de a bordo. Sabía cómo fallan los aparatos, cómo se equivocan los pilotos y cómo se redacta un parte que después no lee nadie.
Con ese equipaje entró en el debate ovni a mediados de los sesenta y ya no salió. Fue el escéptico más persistente de su generación, el que contestaba cada libro con otro libro y cada carta con otra carta. También fue, conviene decirlo desde el principio, un hombre capaz de tratar a sus adversarios como si fueran sospechosos.
Qué hizo: de la aviónica a los platillos
Lo verificable, primero. Klass nació en Des Moines en 1919, se graduó en ingeniería eléctrica por la Universidad Estatal de Iowa en 1941 y trabajó once años en General Electric, en electrónica aeronáutica. En 1952 entró en Aviation Week, donde llegó a redactor sénior de aviónica y se quedó hasta su jubilación en 1986. Era, antes que nada, un periodista técnico con buenos contactos en la industria y en el Pentágono.
Su primera incursión en el asunto no fue escéptica en el sentido clásico. A raíz de los avistamientos de New Hampshire de 1965 propuso que muchos ovnis eran plasmas atmosféricos, parientes del rayo en bola, formados cerca de las líneas de alta tensión. Lo desarrolló en UFOs Identified (1968). Era una hipótesis física sin demostración física: nadie había producido plasmas estables en las condiciones que exigía. En sus libros siguientes la dejó de lado.
Empezó proponiendo una explicación exótica sin pruebas. Dedicó el resto de su vida a reprochárselo a los demás.
Después llegó la etapa por la que se le recuerda. En UFOs Explained (1974) revisó uno por uno algunos de los grandes clásicos norteamericanos y buscó para cada uno una explicación convencional: fallos de radar, planetas, meteoros, contradicciones entre testigos, montajes. En 1976 figuró entre los fundadores del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones de lo Paranormal (CSICOP), y desde finales de los ochenta publicó su propio boletín, el Skeptics UFO Newsletter.
Abducciones, Majestic 12 y Roswell
En los ochenta y noventa abrió dos frentes nuevos. Contra las abducciones escribió UFO Abductions: A Dangerous Game (1988), donde sostenía que la hipnosis regresiva fabrica recuerdos y que el daño a los propios abducidos era real. Contra los documentos Majestic 12 fue de los primeros en señalar anomalías de formato y de procedencia. Y en 1997 dedicó un libro entero a Roswell, con una tesis provocadora: el encubrimiento de verdad era el de los propios investigadores ufológicos, que callaban lo que debilitaba su caso.
Diez mil dólares y una condición
Su gesto más célebre fue una oferta pública de diez mil dólares a quien demostrara haber sido secuestrado por extraterrestres, con una condición que lo decía todo: el secuestro tenía que denunciarse ante el FBI, de modo que investigara una agencia con competencias penales y no un ufólogo con simpatías. Nadie cobró. Sus críticos respondieron, con algo de razón, que el premio estaba diseñado para no pagarse nunca.
Qué hay que reprocharle
Esta casa no reparte medallas, tampoco a los escépticos. El primer reproche es la seguridad con la que Klass declaraba fraudes. En varios casos no se limitó a proponer una explicación convencional: afirmó que los testigos mentían, sin pruebas más concluyentes que las que exigía a los creyentes. Acusar de montaje a una persona concreta es una afirmación de hecho, y reclama el mismo rigor que acusar al cielo de visita extraterrestre.
El segundo es de conducta. Klass escribía a instituciones y organismos para cuestionar a quienes defendían los ovnis. El caso mejor documentado es el de James E. McDonald: Klass denunció ante la Oficina de Investigación Naval que el físico había aprovechado un viaje financiado por un contrato de investigación atmosférica para entrevistar a testigos en Australia en 1967. En lo administrativo tenía parte de razón. Delatar a un colega ante quien le pagaba las investigaciones era otra cosa.
Y el tercero es de coherencia. El hombre que empezó vendiendo plasmas sin demostración se convirtió en el guardián más severo contra las hipótesis sin demostración. No hay nada malo en cambiar de idea; lo malo es no aplicarse a uno mismo la vara que se aplica a los demás, y Klass rara vez volvió en público sobre su primer libro.
Por qué importa
Klass importa porque demostró que el escepticismo ovni podía hacerse con trabajo de campo y con documentos, no solo desde la cátedra, como hacía Donald Menzel. Leía expedientes, llamaba a controladores aéreos, pedía los partes de mantenimiento de los radares. Cuando acertaba, que fue muchas veces, lo hacía con los mismos papeles que usaban sus adversarios, y eso es lo que más les dolía.
También importa como advertencia. Su rivalidad con Stanton Friedman, que duró décadas, acabó siendo un duelo de personajes en el que cada uno necesitaba al otro para existir. Quien busque método en esa pelea lo encontrará repartido entre los dos lados y sepultado bajo la misma retórica. Esa es la parte de Klass que esta casa no quiere imitar.
Murió en Cherry Hill, Nueva Jersey, en agosto de 2005. Dejó una estantería de libros que siguen siendo útiles y una lista de enemigos que tampoco ha caducado. Las dos cosas salieron de la misma máquina de escribir.