Tengo una ficha de cartulina con su nombre desde hace más de treinta años y sigue sin caberme en una sola. Stanton Terry Friedman fue físico nuclear catorce años, conferenciante de platillos volantes casi cincuenta, y el hombre que en 1978 fue a buscar a un oficial retirado llamado Jesse Marcel y con esa visita reabrió Roswell. Todo eso es cierto y está documentado. Lo que cuesta más decidir es qué hacemos con ello.
Porque Friedman no era un contactado ni un vendedor de cursos. Tenía un máster en física nuclear por la Universidad de Chicago y había trabajado en programas de aviones nucleares y de cohetes de fisión para empresas con nombre y factura. Y precisamente por eso su caso es incómodo: es la prueba de que el método no se hereda con el título. Se ejerce cada mañana, o no.
Catorce años de física con nómina
Lo verificable, primero. Nació en Elizabeth, Nueva Jersey, el 29 de julio de 1934, pasó dos cursos por Rutgers y se licenció en Chicago en 1955, con el máster en física nuclear al año siguiente. Entre 1956 y 1970 trabajó para General Electric, Aerojet General Nucleonics, General Motors, Westinghouse, TRW y McDonnell Douglas, en programas que hoy suenan a ciencia ficción y entonces eran presupuesto federal: propulsión nuclear para aeronaves, cohetes de fisión y de fusión, plantas de energía para el espacio.
Ese es el Friedman que él mismo ponía siempre por delante, y con razón: no había en la ufología de los setenta muchos currículos así. Daba conferencias sobre ovnis desde 1967 y en 1970 dejó la física a tiempo completo. Lo que vino después, según su propio recuento, fueron más de seiscientas universidades, un centenar de asociaciones profesionales y una veintena de países. Dos comparecencias en el Congreso de Estados Unidos y una intervención en Naciones Unidas. Un físico con maleta.
«Los platillos volantes son, por definición, objetos voladores no identificados; pero muy pocos objetos voladores no identificados son platillos volantes.»
Formulación atribuida a Friedman en sus conferencias, recogida en su biografía enciclopédica.
El día que fue a buscar al comandante Marcel
Roswell llevaba treinta años muerto en 1978. Era una noticia de dos días de julio de 1947, un globo desmentido en Fort Worth y nada más. Friedman localizó a Jesse Marcel, el oficial de inteligencia que había recogido los restos en el rancho, y Marcel le contó que el material exhibido ante la prensa no era el que él había visto. Con esa conversación, y con la de otros testigos que fueron apareciendo, nació lo que hoy se llama el caso Roswell.
Está contado en nuestro expediente, con su cronología y su globo. Aquí solo importa quién fue a llamar a la puerta.
Aquí hay un detalle de ventanilla que me gusta mucho. El libro que lo hizo todo público, The Roswell Incident (1980), lo firmaron Charles Berlitz y William Moore. A Friedman lo acreditaron como investigador. El hombre que había abierto la instancia se quedó fuera de la portada, y tardó doce años en firmar su propia versión, Crash at Corona (1992), con Don Berliner. Para entonces la historia ya no tenía un platillo, sino dos, y ocho tripulantes. Las historias, cuando crecen, no piden licencia de obra.
Nace en Elizabeth, Nueva Jersey
Familia judía asquenazí. Instituto en Linden.
Máster en física nuclear
Universidad de Chicago. Entra en General Electric el mismo año.
Primeras conferencias sobre ovnis
Compagina con el trabajo de físico hasta 1970.
Entrevista a Jesse Marcel
El oficial retirado desmiente la versión del globo. Roswell renace.
The Roswell Incident
Berlitz y Moore firman; Friedman figura como investigador.
Un rollo de película en el buzón de Jaime Shandera
Sin revelar, en un paquete de papel marrón con matasellos de Nuevo México. Son los documentos MJ-12.
Los documentos MJ-12 se hacen públicos
Promovidos por Shandera, Moore y Friedman.
El FBI los declara completamente falsos
Tras confirmar que ningún comité así fue autorizado ni formado.
Top Secret/Majic
Friedman sostiene que no hay base sustantiva para descartar su autenticidad.
Muere en Toronto
En el aeropuerto, de camino a casa. Tenía 84 años.
Lo que hay que reprocharle
Esta casa no reparte medallas, y a Friedman le tocan dos reproches serios. El primero se llama Majestic 12. En diciembre de 1984 apareció en el buzón de Jaime Shandera un rollo de película sin revelar, dentro de un paquete de papel marrón con matasellos de Nuevo México. Revelado, contenía un memorando atribuido a Truman de septiembre de 1947 y un documento de instrucciones para Eisenhower de noviembre de 1952. Un comité secreto de doce sabios que gestionaba los restos de Roswell.
Demasiado redondo. Y demasiado oportuno: llegaba por el buzón, sin remitente, a la persona exacta que llevaba años buscándolo.
El 30 de noviembre de 1988 el FBI, tras preguntar y recibir la respuesta de que ningún comité así había sido autorizado ni formado, escribió sobre el documento dos palabras: completamente falso. Philip Klass había señalado además que la firma de Truman era una fotocopia pegada de una firma auténtica, con sus mismos arañazos accidentales, sacada de un memorando de octubre de 1947.
Friedman, en 1996, publicó Top Secret/Majic y sostuvo que no había base sustantiva para descartar la autenticidad. Un físico defendiendo una firma fotocopiada. Ese es el reproche, y no es pequeño.
El segundo reproche es de método, y duele más porque venía de un físico. Friedman defendió también el mapa estelar de Betty Hill y la interpretación de Marjorie Fish, que lo hacía coincidir con Zeta Reticuli, y lo hizo con la seguridad de quien ya sabe la respuesta. El caso Hill está en su expediente.
Y cuando el informe Condon cerró el Proyecto Libro Azul en 1968, Friedman pasó el resto de su vida citando los «más de seiscientos no identificados» de ese archivo como prueba de que algo había, sin detenerse en que «no identificado» significa exactamente eso: no identificado. Su propia frase, la de los platillos, lo decía mejor que él.
Por qué importa
Importa porque es el caso más limpio que conozco de una pregunta que este oficio evita: ¿de qué sirve la credencial? Friedman tenía la mejor de su generación y la usó, durante cinco décadas, para sostener conclusiones a las que había llegado antes de tener las pruebas. No mintió, que yo sepa. No inventó testigos ni documentos. Hizo algo más corriente y más triste: creyó en los que le llegaron por el buzón.
Y sin embargo, sin él, Roswell sería una nota de hemeroteca de dos días. El mismo hombre abrió el expediente que hoy más nos ocupa y defendió la falsificación más famosa del asunto. Mi compañero Jon Aguirrezabalaga diría que un sello es un sello; yo digo que una firma pegada tampoco es una firma. Los dos tenemos razón, y Friedman, en su archivo de Fredericton, tiene las dos cosas guardadas en la misma caja.
Murió la noche del 13 de mayo de 2019 en el aeropuerto de Toronto, volviendo a casa desde una charla en Columbus, Ohio. A los ochenta y cuatro años todavía viajaba con la maleta llena de fotocopias. Eso, al menos, no se lo puede discutir nadie.