La tumba de Atari en Alamogordo, 1983-2014: la leyenda que se resolvió con una excavadora
Durante treinta años se contó que Atari enterró millones de cartuchos de E.T. en el desierto de Nuevo México y que la compañía lo negaba. En 2014 una excavación arqueológica sacó más de 1.300 juegos. La leyenda acertó en el sitio y falló en casi todo lo demás.
En septiembre de 1983, Atari trasladó desde su planta de El Paso (Texas) al vertedero municipal de Alamogordo varios camiones de cartuchos y material de consola, los aplastó y cubrió parte del depósito con hormigón. El Alamogordo Daily News y The New York Times publicaron el vertido esos mismos días. Con los años, la noticia se perdió y el suceso pasó a ser una leyenda urbana sobre millones de cartuchos de E.T. escondidos. El 26 de abril de 2014, la ciudad, un equipo de arqueólogos y una productora excavaron la celda y recuperaron algo más de 1.300 juegos de más de cuarenta títulos distintos, documentados en el registro público tDAR.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha técnica
OSINT - Trazabilidad
«City to Atari: «E.T.» Trash Go Home». Así tituló el Alamogordo Daily News el 27 de septiembre de 1983, y conviene leerlo despacio, porque en esas siete palabras ya está toda la historia: una ciudad pequeña, una compañía grande, un extraterrestre de videojuego y un vertedero. La frase tiene la gracia de un titular de pueblo y la puntería de un documento notarial. Dice quién, dice qué y dice dónde. Lo único que no dice es que durante los treinta años siguientes casi nadie la iba a leer.
Tengo la costumbre, que mi tío llamaba manía, de abrir una ficha de cartulina por cada leyenda que me encuentro, con la fecha de su primera aparición en prensa arriba a la derecha. La de Alamogordo tiene una particularidad que no tienen casi ninguna de mis otras fichas: la fecha de arriba es anterior a la leyenda. Primero fue la noticia; después, el olvido; y sobre el olvido, como sobre cualquier solar sin vallar, alguien levantó un mito sin pedir licencia de obra.
El mito decía que Atari, avergonzada por E.T. the Extra-Terrestrial, el juego de 1982 que media industria ha coronado como el peor de la historia, enterró millones de cartuchos en el desierto de Nuevo México y los cubrió de hormigón para que nadie los encontrara. Y el mito tenía un pequeño problema de escala y otro de reparto, pero no de existencia: el 26 de abril de 2014 una excavadora municipal, un equipo de arqueólogos y unos cientos de curiosos lo comprobaron a diez metros bajo tierra.
Lo verificable, primero: lo que contó la prensa en septiembre de 1983
Lo verificable, primero, que es como se debe caminar por un pasillo oscuro: tanteando pared. El 28 de septiembre de 1983, un día después del diario local, The New York Times publicó una pieza breve en su sección de economía, «Atari Parts Are Dumped».
Contaba que Atari había vertido catorce camiones de cartuchos desechados en el vertedero municipal de Alamogordo, que el material procedía de su planta de El Paso, en Texas, que la planta se estaba reconvirtiendo en un centro de reciclaje, y que unos guardias impedían acercarse a periodistas y curiosos mientras los operarios echaban hormigón encima. Es decir: el secreto mejor guardado de la historia del videojuego salió en el periódico más leído de Estados Unidos la misma semana en que se guardaba.
La versión de la compañía también quedó por escrito. Bruce Enten, portavoz de Atari, explicó al diario local que se trataba de material defectuoso, devoluciones, en sus palabras «by-and-large inoperable», inservible en su mayor parte.
Los mirones que se acercaron al vertedero contaron otra cosa a la agencia UPI: que entre la basura se veían cajas de E.T., de Raiders of the Lost Ark, de Pac-Man y de Centipede. Y aquí nace el nudo que durará treinta años. Atari no negó el entierro, que hubiera sido difícil con los camiones a la vista; negó su contenido. Dijo «chatarra» donde los testigos veían mercancía.
«By-and-large inoperable».
Bruce Enten, portavoz de Atari, sobre el material vertido en Alamogordo (septiembre de 1983)
El hormigón tiene fecha y autor. James Heller, entonces responsable de la planta de El Paso, contó en una entrevista con Scott Stilphen para Atari Compendium en 2014 que lo hizo verter el lunes 26 de septiembre de 1983, después de que pillaran a unos chavales del pueblo rebuscando entre los cartuchos.
Encargó seis camiones de hormigón calculando a ojo, y admite con una franqueza que ya quisieran muchos informes oficiales que se quedó corto: no todo quedó cubierto. Los chavales, por cierto, no eran una leyenda. Eran lo que siempre son los chavales cerca de un vertedero lleno de juegos: clientes potenciales con pala.
La reacción de Alamogordo tampoco fue de misterio sino de ventanilla. La comisión municipal protestó por el volumen del vertido, a un concejal le preocupó que la ciudad se convirtiera en el basurero industrial de El Paso, y el alcalde, Henry Pacelli, dijo que no quería ver algo así otra vez. La historia, tal como la cuenta el papel timbrado de 1983, es la de un municipio molesto por una factura de basura ajena. Ni un solo platillo en el expediente.
Sale E.T. para Atari 2600
Howard Scott Warshaw lo programa en unas cinco semanas para llegar a la campaña de Navidad.
Hormigón sobre el depósito
Según James Heller, seis camiones de hormigón tras sorprender a unos chavales rebuscando. No bastan para cubrirlo todo.
«City to Atari: "E.T." Trash Go Home»
M. McQuiddy firma la noticia en el Alamogordo Daily News.
«Atari Parts Are Dumped»
The New York Times: catorce camiones desde El Paso y guardias alrededor del vertedero.
Fuente ↗La leyenda, en su talla máxima
Un titular de Ars Technica habla de quizá 3,5 millones de copias de E.T. bajo tierra.
Fuente ↗Sondeos de prueba
Barrena de cubo hasta nueve metros buscando basura con fecha de principios de los ochenta.
Aparece el primer E.T.
Richard Rothaus saca un cartucho en su caja, con manual y un cupón de Raiders of the Lost Ark.
Fuente ↗Primeras subastas en eBay
La ciudad vende los cartuchos con chapa municipal y certificado. La última jornada será el 4 de agosto de 2015.
El informe académico
Andrew Reinhard publica la excavación en el Journal of Contemporary Archaeology.
Fuente ↗Cómo se fabrica una leyenda con un vertedero y treinta años de olvido
Si la noticia salió en el Times, ¿cómo acabó convertida en rumor de foro? Por la razón más aburrida y más frecuente de todas: las hemerotecas de 1983 no tenían buscador.
Andrew Reinhard, el arqueólogo que dirigió la excavación, lo resume sin adornos en su informe de 2015: el periódico local y el neoyorquino contaron el vertido el mismo día, pero en la era anterior a internet esas piezas se perdieron. Lo que quedó fue la memoria oral de quien había visto los camiones, y la memoria oral tiene la costumbre de redondear hacia arriba.
Y hacia arriba se fue. Donde la prensa había escrito «cartuchos desechados», la leyenda escribió «E.T.», porque un juego con fama de peor de la historia es mejor protagonista que un saldo variado. Donde había catorce camiones, la leyenda puso millones de copias.
En 2013, cuando se supo que iba a excavarse, un titular de Ars Technica todavía hablaba de «quizá 3,5 millones de copias de E.T.». El secreto corporativo, por su parte, se alimentó del propio hormigón: nada parece tanto una prueba de ocultación como una losa, aunque la losa sirva para que los niños no se corten con el plástico.
Y luego está el sitio. La propia Smithsonian, que conserva uno de los cartuchos rescatados, apunta en su ficha que la escasez de registro escrito y la coincidencia de que los E.T. acabaran enterrados en Nuevo México, cerca de Roswell, ayudaron a elevar el suceso a leyenda urbana. Hay que admitir que el decorado era irresistible.
Alamogordo linda con la base aérea de Holloman, a unos dieciséis kilómetros al oeste; al otro lado quedan las dunas blancas de White Sands y el polígono de misiles del mismo nombre; la primera bomba atómica, la de la prueba Trinity en julio de 1945, estalló en el antiguo campo de tiro de Alamogordo; y Roswell está a unos doscientos kilómetros por carretera. Un extraterrestre enterrado en ese mapa no necesita guionista. Se escribe solo.
El caso, por eso, es primo hermano de otros que tenemos en el archivo. Se parece a Roswell en 1947, donde una nota de prensa de un día tardó décadas en convertirse en canon, y a la tumba del aeronauta de Aurora, otra historia de algo enterrado que crece mejor cuanto menos se excava. Y se parece, sobre todo, a La guerra de los mundos: un hecho modesto que la repetición convierte en acontecimiento. La diferencia es que en Alamogordo alguien acabó yendo con una pala.
Las cifras bailan, y conviene apuntarlas todas
En mi ficha de cartulina esta es la parte que más espacio ocupa, porque cada fuente trae su número y ninguno coincide con el de al lado. No es escándalo: es lo normal cuando las cifras las dan personas distintas, en años distintos y con propósitos distintos. Lo que no es normal es escoger una y olvidar las demás, que es exactamente como se fabrica un dato falso con materiales verdaderos.
- Entre 10 y 20 semirremolques: el Alamogordo Daily News, en septiembre de 1983.
- 14 camiones: The New York Times, 28 de septiembre de 1983.
- 12 camiones y unos 750.000 cartuchos: James Heller, en la entrevista de Atari Compendium de 2014.
- 728.000 cartuchos: el mismo Heller, a la agencia AP, el día de la excavación.
- Unos 800.000 cartuchos: la ficha del proyecto en tDAR.
- «Quizá 3,5 millones de copias de E.T.»: la leyenda en su talla máxima, en un titular de 2013.
- Algo más de 1.300 juegos: lo que se sacó de verdad en 2014.
La última cifra no desmiente a las anteriores, y es importante entenderlo. Mil trescientos es lo que cupo en una tarde de trabajo con viento en contra, no el tamaño del depósito. Reinhard lo escribe con honradez de excavador: sólo arañaron la superficie de lo que había.
26 de abril de 2014: la arqueología llega en excavadora
La excavación la pagó una productora. La canadiense Fuel Entertainment obtuvo en mayo de 2013 el permiso municipal para buscar la «tumba de Atari» con vistas a un documental, Atari: Game Over, que dirigió Zak Penn para la plataforma de Xbox.
Andrew Reinhard, entonces director de publicaciones de la American School of Classical Studies at Athens, se ofreció a documentarla y acabó dirigiendo la parte arqueológica, con Richard Rothaus, de la consultora Trefoil Cultural and Environmental, y Bill Caraher, de la Universidad de Dakota del Norte. Se sumaron el historiador del videojuego Raiford Guins, de Stony Brook, y el sociólogo Bret Weber. Pidieron dos o tres semanas. Les dieron tres días.
El hallazgo más bonito de toda la operación ocurrió antes de mover tierra, y no lo hizo ningún doctor. Joe Lewandowski, que había gestionado el vertedero en los ochenta, localizó la celda de Atari cotejando fotografías antiguas de la zona, un ejercicio de fotogrametría casera que Reinhard califica de asombroso.
El 24 de abril, con una barrena de cubo, bastaron unos pocos sondeos de los veinte autorizados para dar con basura de principios de los ochenta. El 25 se retiraron toneladas de tierra y desperdicios, un «parfait de tierra y chatarra», en palabras del propio informe, y nadie pudo bajar al hoyo: las paredes no aguantaban y la seguridad del estado lo prohibió. Los arqueólogos trabajaron con lo que la máquina les dejaba al borde de la zanja.
El 26, tras unas cuatro horas de excavadora, apareció el nivel de Atari. Rothaus sacó el primer juego: un E.T. en su caja, con el manual de instrucciones y un cupón de descuento para Raiders of the Lost Ark. Hay detalles que ningún guionista se atrevería a escribir, y ese cupón es uno de ellos: la publicidad de la película buena dentro del juego malo, esperando treinta y un años bajo el desierto a que alguien lo canjeara.
Reinhard y Penn lo subieron para enseñarlo a los pocos cientos de jugones y vecinos que esperaban tras la valla. Por la tarde entró una tormenta de arena, la más fuerte del año según el informe, y hubo que parar las máquinas. Intentaron, además, hacer funcionar algún cartucho allí mismo en consolas traídas para la ocasión. No lo consiguieron.
Lo que la excavación desmiente, y lo que no
Aquí la tumba contesta a las dos versiones de 1983, y a las dos les da un poco de razón y un buen tirón de orejas.
Contra la leyenda: no eran sólo E.T. El inventario de campo contó más de cuarenta títulos, bastantes más de los que el propio equipo esperaba encontrar. Tampoco eran millones, al menos a juzgar por quien los tiró, y el secreto fue más bien una publicación a medias en un periódico de pueblo y otro de Nueva York.
Contra la versión de Atari: no era chatarra. Reinhard encontró cajas de seis copias del mismo juego preparadas para Walmart y Target, juegos todavía en su caja, sin vender, y, mezclados con ellos, cartuchos marcados como devoluciones. Su conclusión es seca: el almacén de El Paso había tirado bastante más de lo que nadie esperaba, en contra de lo que afirmaba la empresa, que sólo reconocía haber enterrado existencias devueltas o rotas. Heller, por su parte, calcula que el 95 % de lo que vertió era nuevo.
Y un detalle que a mí me parece el más elocuente de todo el yacimiento: los cables de los mandos de las consolas aparecieron cortados antes del entierro. Nadie corta el cable de un mando que no funciona. Se corta el de uno que funciona, para que no vuelva a funcionar en manos de quien lo saque de la basura. Es el gesto exacto de una empresa que no esconde nada vergonzoso, sólo defiende su precio.
Después del hoyo: chapa municipal, certificado y eBay
Lo que vino luego tiene algo de fábula sobre el valor de las cosas. Los juegos que en 1983 no valían ni el viaje hasta El Paso se convirtieron en reliquias con número de serie. Según el registro del proyecto, Alamogordo los subastó en eBay durante 44 jornadas, entre el 13 de noviembre de 2014 y el 4 de agosto de 2015.
Cada cartucho iba con una chapa metálica del ayuntamiento y un certificado de autenticidad firmado por la alcaldesa, Susie Galea, y por Howard Scott Warshaw, el programador de E.T., que estuvo en la excavación viendo salir su obra de la basura con más humor del que yo habría tenido.
Joe Lewandowski dio las cuentas ante la comisión municipal, según recogió la CBC en 2015: 881 juegos vendidos por cerca de 108.000 dólares, a compradores de 45 estados y 14 países. Otros 23 fueron a museos. Uno está en la Smithsonian, en Washington; el registro de tDAR cita también el Tularosa Basin Historical Museum, The Strong National Museum of Play, el Henry Ford Museum y el VIGAMUS de Roma. El peor juego de la historia, según la leyenda, tiene hoy más vitrinas que muchos de los buenos.
Hay una lectura menos festiva, y es la que más me interesa. Aquel vertedero es la versión extrema de un problema que no ha desaparecido: qué pasa con los juegos cuando dejan de venderse.
Los compañeros de Clásicos Básicos, que se dedican precisamente a eso, lo han explicado bien en «Abandonware al desnudo», sobre los programas que nadie comercializa ya y por qué merece la pena conservarlos, y en «Cuando la caja desaparezca», sobre lo que perdemos cuando el formato físico se va. En 1983 la solución fue una zanja de nueve metros. Treinta años después, sacar una muestra costó tres días, una productora, un ayuntamiento y cinco especialistas. Conservar es más barato.
Sin necesidad de marcianos
La explicación convencional no es una hipótesis entre varias: es lo que dicen los documentos y lo que salió de la tierra. En 1983 Atari arrastraba un exceso de existencias tras el hundimiento de ventas de ese año, cerraba su planta de El Paso y necesitaba librarse de cientos de miles de cartuchos sin que acabaran revendidos.
Eligió un vertedero cercano, lo aplastó, lo cubrió y dejó que la ciudad protestara. Nada de lo que hizo requería secreto, y de hecho no hubo secreto: hubo un par de artículos que nadie volvió a leer.
Lo interesante, para un archivo como este, es el mecanismo. Una historia documentada se convirtió en leyenda no porque alguien la ocultara, sino porque dejó de consultarse. En ese hueco entraron los redondeos, el protagonista más vistoso y el paisaje más sugerente del suroeste americano. Es la misma maquinaria que fabrica muchos de nuestros casos, con una diferencia a favor de este: aquí la pregunta se podía contestar con una pala, y alguien se tomó la molestia.
Escribí en la ficha, al terminar, una línea que dejo aquí tal cual: «Primero fue noticia; luego, rumor; ahora, inventario». Pocas leyendas llegan a la tercera fase. Ésta llegó con cupón de descuento incluido.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Las cifras de camiones y cartuchos varían según la fuente (de 10 a 20 semirremolques; de 728.000 a unos 800.000 cartuchos). Se citan todas y no se escoge ninguna. La fecha del incidente es la del vertido de hormigón según James Heller; la de publicación, la de The New York Times. La excavación de 2014 la financió una productora de documentales, lo que se señala sin que afecte al registro arqueológico, que es público.