Foo fighters: las luces que persiguieron a los bombarderos aliados y que nadie fabricaba
Invierno de 1944 sobre el Rin. Bolas de luz naranja acompañan a los cazas nocturnos del 415º Escuadrón. Los aliados creyeron que era un arma alemana. Los alemanes, que era aliada. No era de nadie.
Entre noviembre de 1944 y el final de la Segunda Guerra Mundial, tripulaciones aliadas, en especial del 415th Night Fighter Squadron de la USAAF, informaron de esferas luminosas naranjas o rojas que acompañaban a sus aparatos en vuelo nocturno sobre el valle del Rin. El término foo fighter lo acuñó el operador de radar Donald J. Meiers el 27 de noviembre de 1944, tomándolo de la tira cómica Smokey Stover. El mando aliado sospechó de un arma alemana; la documentación capturada tras la guerra descartó esa hipótesis.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha tecnica
OSINT - Trazabilidad
El nombre salió de un tebeo. Eso, para empezar, ya debería bastar para quitarle solemnidad al asunto. En el invierno de 1944, sobre el valle del Rin, unos cuantos pilotos y operadores de radar estadounidenses empezaron a ver bolas de luz naranja que se pegaban a sus aviones de noche, los acompañaban un rato y desaparecían. Y como en toda unidad militar hay un tipo con un cómic en el bolsillo trasero, aquellas cosas acabaron llamándose foo fighters. Foo, de Smokey Stover, la tira de un bombero chiflado cuyo lema era «donde hay foo, hay fuego».
Es probablemente el bautizo menos épico de la historia del fenómeno. Y aun así, el asunto que bautizó es de los pocos que sobreviven al escrutinio con dignidad: no hay bulo documentado, no hay negocio detrás, no hay ningún Ray Palmer cobrando. Hay pilotos de combate, informes de misión y una guerra en marcha.
Lo verificable, primero: el 415º Escuadrón de Cazas Nocturnos
La unidad existe, tiene número y tiene historial: el 415th Night Fighter Squadron de las Fuerzas Aéreas del Ejército de Estados Unidos, encuadrado bajo el 64th Fighter Wing, operando desde bases avanzadas en Francia —Dijon y después el campo A-96 de Ochey— con Bristol Beaufighter, un bicho de dos motores, feo, ruidoso y eficaz, equipado con radar de intercepción nocturna. Su trabajo consistía en volar de noche sobre territorio enemigo y buscar problemas.
Las observaciones se concentran en las últimas semanas de noviembre y en diciembre de 1944, sobre el Rin, en la zona de Estrasburgo y hacia Alsacia. El patrón que describen los informes es notablemente uniforme: entre una y diez luces esféricas, de color naranja o rojo, a veces blancas, que aparecen a la altura del avión, mantienen la formación durante minutos, ejecutan maniobras cerradas y se desvanecen. No aparecían en el radar de a bordo. Nunca dispararon. Nunca chocaron.
27 de noviembre de 1944: el día que la palabra entra en acta
Hay una escena fechada, y a mí las escenas fechadas me pueden. En el interrogatorio posterior a la misión de la noche del 27 de noviembre de 1944, el oficial de inteligencia Frederic «Fritz» Ringwald recogió el relato del piloto Edward Schlueter y de su operador de radar, Donald J. Meiers, de Chicago. Habían visto una bola de fuego roja. Meiers, según el testimonio de Ringwald, estaba muy alterado, se sacó del bolsillo trasero el recorte de Smokey Stover y soltó una frase que la historia oficial tuvo que lavar antes de archivarla: eran otra de esas malditas foo fighters.
El comandante del escuadrón, el capitán Harold Augsperger, se encargó de suavizar el vocabulario para los informes formales. Y así, un taco de un operador de radar de Chicago y una tira cómica de Bill Holman entraron en la terminología aeronáutica militar por la puerta de servicio. La expresión llegó a la prensa en diciembre, cuando Bob Wilson, corresponsal de Associated Press en París, fue enviado a la base del 415º cerca de Dijon a preguntar qué demonios estaba pasando.
Primeros informes sobre el Rin
Tripulaciones del 415th NFS describen luces esféricas que acompañan a sus Beaufighter de noche en el norte de Estrasburgo.
Nace el término
En el interrogatorio posterior a la misión, el operador de radar Donald J. Meiers bautiza el fenómeno como foo fighter delante del oficial de inteligencia Fritz Ringwald. El piloto era Edward Schlueter.
La prensa entra
Bob Wilson, de Associated Press, viaja desde París a la base del 415º cerca de Dijon para cubrir la historia.
Nota oficial
El Cuartel General Supremo de las Fuerzas Expedicionarias Aliadas (SHAEF) difunde un comunicado que apunta a una posible «nueva arma alemana». Lo recoge The New York Times.
Portada en Time
La revista Time publica «Foo-Fighter», señalando que los pilotos llevaban más de un mes viendo las luces.
Teatro del Pacífico
Se registran «bolas de fuego» sobre Japón, con un comportamiento distinto: quedan suspendidas en el aire en vez de perseguir a los aparatos. Se especula con los globos incendiarios japoneses fu-go.
Fin de la guerra
Al examinar la documentación alemana y japonesa capturada no aparece ningún programa que corresponda al fenómeno. Ninguno de los dos bandos lo estaba fabricando.
El Panel Robertson
El comité convocado por la CIA agrupa los foo fighters con fenómenos electrostáticos tipo fuego de San Telmo, efectos electromagnéticos o reflejos en cristales de hielo.
El detalle que nadie suele contar: los dos bandos creían que era del otro
Aquí está, para mi gusto, lo mejor del expediente. Durante los últimos meses de la guerra, el alto mando aliado sospechó que las bolas de luz eran un arma psicológica alemana, algún tipo de proyectil de seguimiento diseñado para desconcertar a las tripulaciones e interferir en los equipos. La nota de SHAEF del 13 de diciembre de 1944 lo dice casi con esas palabras. Tenía todo el sentido: los alemanes habían sacado las V-1 y las V-2 de la chistera y nadie descartaba una tercera sorpresa.
Terminada la guerra, los aliados se metieron en los archivos de la Luftwaffe y de la industria alemana con lupa de anticuario. No apareció nada. Ni un programa, ni un prototipo, ni una línea de presupuesto. Y por el otro lado ocurrió lo mismo: hay constancia de que pilotos alemanes y japoneses también reportaron luces raras y sospecharon de los aliados. Dos maquinarias militares gigantescas, cada una convencida de que la otra tenía un juguete que ninguna de las dos tenía.
Eso, por sí solo, es una lección de análisis de inteligencia que sigue vigente. La ausencia de explicación se rellena por defecto con la capacidad del adversario. Siempre. Cámbiese «alemanes» por «rusos» en 1947, por «chinos» en 2023, y el mecanismo funciona igual de bien.
El Pacífico jugaba a otra cosa
Conviene no meter todo en el mismo cajón, porque el teatro del Pacífico produjo informes con un comportamiento distinto. Allí las tripulaciones estadounidenses describieron «bolas de fuego» que se quedaban quietas en el aire, colgadas, sin perseguir a nadie. Nada de acompañar al aparato en el viraje. En su momento se apuntó a los globos incendiarios japoneses, los fu-go, que efectivamente existieron y cruzaron el Pacífico con la corriente en chorro, aunque su aspecto y su comportamiento se parecen poco a lo descrito.
La diferencia entre los dos escenarios importa metodológicamente. Si el fenómeno fuera una sola cosa, debería comportarse igual en Alsacia y sobre Honshu. No lo hace. Lo más probable es que bajo la etiqueta «foo fighter» se hayan agrupado, desde el principio, al menos dos o tres familias de observaciones distintas: descargas eléctricas en la propia célula del avión, luces exteriores de origen atmosférico y material bélico mal identificado. Que un nombre sea pegadizo no significa que designe una sola cosa. Con «ovni» pasa exactamente lo mismo desde 1953.
Qué se hizo con aquello después, o el arte de archivar sin resolver
Al terminar la guerra, el asunto no se investigó a fondo. Se aparcó. Y se aparcó por una razón perfectamente comprensible: no había atacado a nadie, no había derribado ningún avión y había cosas bastante más urgentes que hacer en 1945, como reconstruir Europa. Cuando el fenómeno ovni se institucionaliza en Estados Unidos a partir del memorando de Twining y del Proyecto Sign, los foo fighters entran en la bibliografía como antecedente histórico, no como caso vivo. Nadie volvió a interrogar a las tripulaciones. Nadie fue a buscar los informes originales unidad por unidad hasta muchos años después, cuando los protagonistas ya eran señores mayores con la memoria trabajada por tres décadas de literatura ovni.
Ese es el drama silencioso de casi todos los expedientes clásicos: la ventana de investigación buena dura semanas y siempre se desaprovecha. Cuando llega el investigador competente, con método y buenas preguntas, el testigo ya ha contado su historia cincuenta veces y la ha ido puliendo sin querer, como se pule un canto rodado. En el caso de los foo fighters tuvimos una suerte relativa: los papeles se escribieron a tiempo, aunque nadie los mirara con lupa hasta mucho después.
Las explicaciones convencionales, que son sólidas y no del todo suficientes
El Panel Robertson, convocado por la CIA en enero de 1953 para poner orden en el asunto ovni, despachó los foo fighters agrupándolos con fenómenos electrostáticos parecidos al fuego de San Telmo, con efectos electromagnéticos y con reflejos de luz en cristales de hielo. Es una lista razonable y da cuenta de buena parte de los casos. El catálogo completo de candidatos convencionales incluye:
- Fuego de San Telmo. Descarga corona en hélices, bordes de ala y antenas. Explica los resplandores adheridos al avión, no las luces que vuelan a cierta distancia y maniobran.
- Rayo en bola. Fenómeno real, poco comprendido, capaz de producir esferas luminosas persistentes. El problema es que el rayo en bola es rarísimo y aquí hablamos de decenas de episodios en pocas semanas.
- Reflejos en cristales de hielo y falsos ecos ópticos. A altitud de crucero, con luna y humedad, las tripulaciones cansadas ven cosas.
- Marcadores de la propia guerra. Trazadoras, bengalas de aproximación, restos incandescentes de fuego antiaéreo, cohetes alemanes con estela luminosa vistos desde mala perspectiva.
- Fatiga y estrés de combate. Un piloto de caza nocturno en el invierno de 1944 llevaba semanas durmiendo mal y volando en oscuridad total con instrumentos primitivos. No es un insulto: es fisiología.
Lo que a mí me deja incómodo es la parte que ninguna de esas explicaciones cubre del todo: la permanencia. En varios informes las luces acompañan al aparato durante minutos, mantienen la formación en virajes y solo se van cuando les apetece. El fuego de San Telmo no vira contigo. Y el rayo en bola no viene en grupos de ocho.
Por qué los foo fighters valen más que muchos casos famosos
En este oficio uno se acostumbra a manejar testimonios recogidos veinte años después, por un investigador que ya sabía qué quería oír, a un testigo que ya había leído tres libros sobre el tema. Los foo fighters son lo contrario. Son informes de misión redactados esa misma noche, por militares que no ganaban absolutamente nada contando aquello, en un contexto donde parecer un chalado te sacaba del servicio de vuelo. La cadena de custodia documental es de las limpias.
Y tienen otra virtud metodológica: son previos al vocabulario. En noviembre de 1944 no existía la palabra platillo, no existía Roswell, no existía el marciano de cine. Los testigos no tenían plantilla en la que encajar lo que veían, y por eso describieron lo que describieron: bolas. Luces. Cosas sin forma definida. Cuando tres años después un piloto de Idaho ponga en circulación la palabra mágica, todo el mundo empezará a ver discos. Los foo fighters son la última fotografía del fenómeno antes de que le pusieran marco.
Hay además una asimetría que casi nunca se comenta y que a mí me parece decisiva: el 415º era una unidad de caza nocturna equipada con radar. Es decir, gente cuyo trabajo consistía justamente en distinguir un eco real de un fantasma electrónico, de noche, con la vida en juego. Si alguien en 1944 estaba entrenado para no confundir un reflejo con un objeto, era precisamente esta gente. Eso no convierte sus informes en prueba de nada extraordinario, pero sí eleva bastante el listón de la explicación perezosa. «Vieron mal» es una frase que se dice muy rápido desde un sillón.
Queda una pregunta honesta que no sé responder: ¿por qué se acabaron? Con el final de la guerra los informes desaparecen prácticamente de golpe. Si el fenómeno era atmosférico, debería seguir ocurriendo, y de hecho hay pilotos civiles que han descrito cosas parecidas en décadas posteriores. Si era una condición específica del vuelo nocturno a baja cota, con motores de pistón, en condiciones eléctricas concretas, entonces cambió el hardware y desapareció el efecto. Esa es, con diferencia, la hipótesis más aburrida. También es la que mejor encaja con las fechas.
Lo que hace valioso a este expediente no es que sea inexplicable. Es que se escribió antes de que existiera la palabra con la que hoy lo explicaríamos mal.
Y una última cosa, para que quede en acta. El hombre que le puso nombre a todo esto, Donald J. Meiers, no era un investigador ni un teórico ni un profeta. Era un operador de radar de Chicago que leía tebeos y que aquella noche estaba de los nervios. La historia del misterio contemporáneo empieza, literalmente, con un taco y un recorte de prensa doblado en un bolsillo. No se me ocurre mejor recordatorio de que estas cosas las hacen personas.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Corpus especialmente valioso por ser anterior al vocabulario ovni de 1947. Evítese mezclarlo con los ghost rockets escandinavos de 1946.