Hay hombres que descubren un continente y hay hombres que descubren una categoría. Charles Fort no encontró nada, no midió nada y no probó nada. Lo que hizo fue mucho más raro: inventó un archivador.
Un archivador para todo lo que la ciencia de su tiempo dejaba caer al suelo sin recogerlo. Lluvias de peces. Piedras que caen del cielo antes de que la academia admitiera que las piedras caen del cielo. Luces sobre ciudades. Desapariciones. Objetos que aparecen donde no debían. Él los llamó «los condenados»: los datos excluidos, los que no encajaban y por eso no se guardaban en ninguna parte.
El trabajo, que fue de una monotonía heroica
Fort pasó años —literalmente años— sentado en la sala de lectura de la Biblioteca Pública de Nueva York y, durante una temporada, en el Museo Británico de Londres. Leía periódicos viejos y revistas científicas, uno detrás de otro, y cada vez que encontraba una noticia que describía algo imposible, la anotaba en una ficha.
Llegó a acumular decenas de miles de fichas, clasificadas por un sistema propio que solo él entendía del todo. Y de vez en cuando destruía el archivo entero y empezaba de nuevo, porque el sistema se le había quedado pequeño. Un hombre destruyendo cuarenta mil fichas escritas a mano para volver a empezar es la imagen más exacta que se puede dar de él.
De aquello salieron cuatro libros que no se parecen a nada. No son ensayos ni son novelas: son catálogos con comentario, escritos en una prosa deliberadamente burlona, llena de digresiones, de invenciones verbales y de una ironía constante contra la autoridad científica de su época.
Su aportación no fue una explicación, ni la buscó. Fue un índice. Y un índice, en un asunto donde no hay nada más, vale bastante más que una teoría.
Lo que hizo bien
Dos cosas, y las dos siguen en pie cien años después.
Detectó un problema real. La ciencia, como cualquier actividad humana organizada, tiene un cubo de basura, y en ese cubo van a parar las observaciones que no encajan en el marco vigente. La mayoría de las veces es lo correcto: la mayoría de esas observaciones son errores. Pero el mecanismo no distingue entre el error y la anomalía genuina, y Fort fue el primero en señalar con el dedo el cubo y preguntar quién lo vaciaba.
Y trabajó con fuentes. Esto se olvida siempre. Fort no se inventaba los casos: los sacaba de publicaciones fechadas, y anotaba la referencia. Se le puede discutir la selección, el criterio y desde luego el comentario. No se le puede acusar de fabricar el material. Para su época, y para el género que estaba fundando sin saberlo, eso era una honradez notable.
Y lo que hizo mal, que también hay que decirlo
El problema de Fort no está en lo que recopiló, sino en lo que hizo con ello. Sus comentarios oscilan entre la ironía brillante y la ocurrencia gratuita, y en varias ocasiones lanzó hipótesis —la más célebre, la de que la humanidad sería propiedad de alguien— con una ambigüedad calculada que le permitía no responder de ninguna. Él sostenía que no creía en nada de lo que escribía, ni siquiera en sus propias propuestas, y probablemente era sincero. Pero dejó abierta una puerta por la que después entró cualquiera.
Y hay un defecto de método que ha resultado carísimo. Fort recopilaba anomalías, no las contrastaba. Un recorte de periódico de 1883 que habla de una lluvia de sapos es un dato sobre lo que publicó ese periódico, no sobre lo que cayó del cielo. Confundir las dos cosas es el pecado original de toda la literatura que vino después, y en el fondo es el mismo que hemos visto en Aurora: una crónica no documenta un suceso, documenta una crónica.
Por qué importa
Porque toda la literatura del misterio del siglo XX es hija suya, la sepa o no. El formato de la recopilación de casos raros, la sospecha permanente hacia la explicación oficial, el gusto por el detalle absurdo y verificable, incluso el tono: todo eso está inventado en cuatro libros publicados entre 1919 y 1932 por un hombre que no salía de una biblioteca.
Y porque su pregunta sigue siendo buena, aunque su respuesta no lo fuera. ¿Qué hacemos con los datos que no encajan? Descartarlos todos es cómodo y a veces produce ceguera. Conservarlos todos es imposible y produce ruido. La respuesta correcta está en algún punto intermedio, y ese punto hay que negociarlo caso por caso. En eso consiste, si me apuran, este archivo entero.
Murió en 1932, a los cincuenta y siete años, sin haber convencido a nadie de nada y dejando un montón de fichas. Le habría divertido saber que noventa y cuatro años después seguimos discutiendo cómo se ordena un archivador.