El 22 de marzo de 2007, la agencia espacial francesa hizo algo que ninguna administración del mundo había hecho antes: puso su archivo entero de expedientes sobre fenómenos aeroespaciales no identificados en una página web y le dio a publicar.
El servidor se cayó en cuestión de horas. Aquello era la primera noticia del día.
Qué se publicó exactamente
Treinta años de trabajo administrativo. Las actas de gendarmería que originaron cada expediente, los informes de investigación, las fotografías, las clasificaciones internas y las notas técnicas, incluida la n.º 16, la del caso de Trans-en-Provence.
Y con ello se publicó también algo que a mucha gente le sentó regular: la clasificación de cada caso. Porque el archivo del GEIPAN no es una colección de misterios. Es, sobre todo, una colección de casos resueltos. Globos, reentradas, aviación, planetas, satélites, fenómenos ópticos. La categoría de los que quedan sin explicación satisfactoria pese a disponer de datos suficientes es una fracción pequeña del total.
Abrir un archivo tiene un efecto que nadie esperaba: la mayoría de los expedientes son aburridos. Y esa es, precisamente, la mejor prueba de que el organismo hacía su trabajo.
Por qué es un acontecimiento y no una anécdota
Porque cambió el terreno de juego. Antes de aquel día, la discusión sobre lo que un Estado sabía o dejaba de saber era necesariamente un juego de suposiciones. Después, en Francia, dejó de serlo: cualquiera con una conexión podía comprobar qué había, cómo se había investigado y qué se había concluido.
Eso desactivó de golpe a los dos bandos. A quien sostenía que el Estado escondía pruebas, porque las pruebas estaban ahí y eran modestas. Y a quien sostenía que no había nada que investigar, porque quedaba una minoría de expedientes con datos suficientes y sin explicación.
La comparación con lo nuestro es inevitable y no sale bien parada: la desclasificación española se hizo por goteo, a lo largo de los años noventa, en papel, previa solicitud y gracias a la insistencia de investigadores civiles. Funcionó, y hay que reconocerlo. Pero llegar a un expediente español sigue exigiendo saber que existe. Llegar a uno francés exige un navegador.
Que un servidor público se caiga el primer día por exceso de curiosidad dice bastante de la demanda que había. Casi veinte años después, ninguna otra administración europea ha hecho lo mismo.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
No se consignan cifras concretas de número de expedientes ni de páginas publicadas: las que circulan varían entre fuentes y el archivo se ha ido ampliando desde entonces.