En España, este asunto tiene un antes y un después, y el después empieza en un piso de Barcelona con una máquina de escribir, una biblioteca en cuatro idiomas y un señor que traducía libros para comer y estudiaba platillos volantes para vivir. Antonio Ribera i Jordà es el padre de la ufología española. No es un título honorífico: es una descripción de función.
Traductor, submarinista, poeta y ufólogo, por ese orden y a la vez
Nació en Barcelona el 15 de enero de 1920 y murió en Sant Feliu de Codines, en la misma provincia, el 24 de septiembre de 2001. Hablaba seis idiomas y se ganó la vida traduciendo: más de trescientos libros, sobre todo del inglés al castellano. Escribió más de setenta obras propias, y no solo de ovnis: hay ciencia ficción, submarinismo, poesía y divulgación. Fue de los pioneros del buceo deportivo en España, lo cual da una idea del tipo de curiosidad que gastaba.
Esa combinación —políglota, traductor profesional y lector voraz— explica su papel histórico mejor que cualquier anécdota. En la España de los años cincuenta y sesenta, un país cerrado, con censura y sin acceso normal a la bibliografía internacional, alguien tenía que leer lo que se publicaba fuera y traerlo dentro. Ribera fue ese alguien.
1958: el Centro de Estudios Interplanetarios
En 1958, Ribera fue cofundador en Barcelona del Centro de Estudios Interplanetarios, el CEI, que es la primera estructura estable dedicada a esto en España. Conviene poner la fecha en contexto para calibrar el mérito: 1958, dictadura, sin acceso libre a prensa extranjera, con la ciencia oficial mirando el asunto como quien mira una mancha en el mantel, y sin ninguna de las herramientas que hoy damos por descontadas. Fundar un centro de estudios en esas condiciones requería más obstinación que dinero, y no es que sobrara el dinero.
El CEI hizo algo que en el resto de Europa costó bastante más: separar la investigación de campo de la especulación. Se recogían casos, se entrevistaba a testigos, se archivaba. Se puede discutir el rigor de aquellos primeros años con los estándares de hoy —y hay que discutirlo—, pero la diferencia entre archivar y no archivar es la diferencia entre tener historia y no tenerla.
Hay un detalle de su método que a mí me parece revelador y muy suyo: viajaba. En una época en la que salir de España era un trámite y no un plan de fin de semana, Ribera se plantaba en congresos europeos y americanos, hablaba con los investigadores extranjeros en su propio idioma y volvía con documentación de primera mano en la maleta. Eso, en 1965, era casi contrabando cultural.
Qué se le debe y qué se le puede reprochar
Se le debe, en primer lugar, el idioma. Ribera tradujo, resumió y explicó en castellano lo que estaba pasando en Francia, Estados Unidos y Sudamérica: la casuística francesa, los grandes casos brasileños, la bibliografía anglosajona. Sin él, la conversación española sobre esto habría llegado con quince años de retraso y en peores condiciones.
Se le debe también un cierto tono. Ribera escribía bien, con ironía y sin la solemnidad de púlpito que arruinó a tantos divulgadores del ramo. Era un señor culto que se lo tomaba en serio sin tomarse a sí mismo demasiado en serio, y eso hoy escasea.
Y se le puede reprochar, con toda la justicia del mundo, que fue demasiado permisivo con material que no aguantaba un examen. Como buena parte de su generación, aceptó casos que después se cayeron solos, dio cancha a personajes que no la merecían y en algunos episodios famosos de la casuística española sostuvo posiciones que hoy no defiende nadie. Es lo que pasa cuando eres el primero: no tienes contra qué contrastar, porque el archivo lo estás construyendo tú.
La generación siguiente de investigadores españoles, mucho más severa y con mejores herramientas, ha desmontado bastante de aquel corpus. Es lo que hay que hacer y es lo que Ribera habría hecho de haber tenido acceso a lo que ellos tuvieron. Pero conviene recordar quién dejó el archivo encima de la mesa para que se pudiera desmontar.
Murió en 2001, con más de setenta libros firmados y una lengua entera abierta a un tema que antes de él no se podía discutir en castellano sin hacer el ridículo. En 2020 se cumplió el centenario de su nacimiento y se le recordó bastante menos de lo que merecía, que es la manera española de agradecer las cosas.