Hay gente a la que le cae encima un fenómeno como le cae a uno una teja. David Fravor es el ejemplo perfecto: un piloto de combate absolutamente convencional al que, un martes cualquiera frente a la costa de California, le mandaron mirar algo raro y le cambiaron la biografía sin preguntarle.
La hoja de servicios, que es lo primero que hay que mirar
Según la biografía oficial que su propio equipo remitió al Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes para la audiencia de 2023 —o sea, un documento con papel timbrado, no un perfil de red social—, Fravor entró en el ejército a los diecisiete años. Carrera de veinticuatro años, de los cuales dieciocho como piloto de la Armada. Cinco despliegues al Golfo Pérsico, empezando después de la Tormenta del Desierto. Y el mando de un escuadrón de doce aviones y trescientas treinta personas.
Ese escuadrón era el VFA-41, los Black Aces, una unidad con solera que en 2004 volaba F/A-18F Super Hornet desde el USS Nimitz. Se retiró en 2006. Es graduado del programa TOPGUN, que en la Armada estadounidense no es una película sino un curso de posgrado en pegarse tiros imaginarios muy bien.
El día que le tocó
El 14 de noviembre de 2004, durante el ciclo de adiestramiento previo al despliegue del grupo de combate del Nimitz, a Fravor y a su patrulla les cancelaron un ejercicio aire-aire y los mandaron a un punto en el mar. Allí, según su relato constante desde entonces, vieron una mancha de agua batida y sobre ella un objeto blanco alargado sin alas, sin rotores y sin superficies de control, que maniobraba de forma brusca y que terminó acelerando y desapareciendo cuando él intentó cortarle el paso.
Lo que hace de Fravor un testigo interesante no es la anécdota. Es la ausencia de anécdotas posteriores. Preguntado bajo juramento si aquel había sido su único encuentro con un UAP en toda su carrera de piloto, contestó con una sola palabra: sí. Un testigo que ha visto un ovni y solo uno es, estadísticamente, mucho más interesante que uno que los ve todos los jueves.
Desconfía del que ve platillos cada semana. Escucha al que solo vio uno y sigue enfadado veinte años después por el papeleo.
De aparecer en la tele a aparecer en el acta
Fravor apareció como él mismo en Carrier, la serie documental de la PBS de 2008 sobre la vida a bordo de un portaaviones. En 2009 lo contactó Jay Stratton para investigar el incidente; años después, la copiloto Alex Dietrich le preguntó si alguien había hablado con él. Luego llegó Luis Elizondo. Y en diciembre de 2017, el reportaje de The New York Times firmado por Helene Cooper, Ralph Blumenthal y Leslie Kean lo sacó del anonimato de un tirón.
Desde entonces ha hablado en podcasts —el de Joe Rogan, sobre todo—, en congresos y, lo que aquí más nos interesa, en sede parlamentaria. El 26 de julio de 2023 declaró bajo juramento ante el Subcomité de Seguridad Nacional de la Cámara de Representantes, junto a Ryan Graves y David Grusch. Su declaración completa está transcrita y es pública.
Lo que le separa de la ufología clásica
- No vende libro de revelaciones cósmicas ni cursos de contacto.
- No dice «extraterrestre». Dice «no sé de dónde es y es superior a lo nuestro», que es una frase mucho más difícil de sostener y mucho más honesta.
- Su queja central es de gobernanza: si existen programas con esa tecnología, deben someterse a supervisión de los representantes electos. Eso es una posición constitucionalista, no una posición mística.
- Reconoce cuando no vio algo. Preguntado por un supuesto objeto sumergido, dijo que no vieron ningún objeto, solo el agua batida. Un fabulador habría dicho otra cosa.
Y lo que hay que decir en su contra, porque toca
Fravor es un testigo. Un testigo excelente por credenciales y consistencia, pero un testigo. La percepción humana a alta velocidad, en tres dimensiones, sobre un mar sin referencias y con un objeto sin escala conocida es exactamente el escenario donde la estimación de distancia y tamaño se rompe. Los analistas escépticos llevan años señalando precisamente eso, y no lo hacen desde la mala fe.
Añade otro problema, este de archivo: el material que sostendría su relato —las cintas de radar del Princeton, los registros de la torre, los partes— no se conserva o no se ha liberado. Él mismo declaró que nadie los recogió. Eso convierte su testimonio en el único hilo. Y un hilo, por bueno que sea, no es una cuerda.
Aun así, si alguna vez este asunto acaba en un manual de historia, el nombre estará ahí. No por lo que vio. Por haberlo contado con nombre, grado y micrófono abierto, sabiendo que se exponía al chiste eterno.