Al hombre que le puso nombre a todo esto le dio tiempo a poco. Murió a los treinta y siete años, de un infarto, en 1960. Había sido bombardero en la guerra, había dirigido durante dos años el programa oficial del Ejército del Aire estadounidense sobre objetos no identificados y había escrito el único libro sobre el asunto que redactó alguien que estuvo dentro y con acceso a los expedientes.
Y le dio tiempo, además, a hacer algo que casi nadie hace: cambiar de opinión en público.
La palabra
Empecemos por lo que todo el mundo le debe y casi nadie le reconoce.
Cuando Ruppelt se hizo cargo del programa, el término en uso era «platillo volante», nacido de un malentendido periodístico de 1947 y ya completamente inservible. El problema no era estético: era operativo. «Platillo» describe una forma concreta, y los informes que llegaban a su mesa describían esferas, cilindros, luces, triángulos y cosas sin forma definida. Un analista no puede trabajar con una categoría que excluye la mayoría de sus casos.
Así que acuñó una expresión que no describía nada: objeto volador no identificado. Tres palabras, ninguna comprometida. Objeto, porque es algo. Volador, porque está en el aire. No identificado, porque no se sabe qué es. Es una obra maestra de redacción administrativa, y es exactamente por eso por lo que ha durado ochenta años.
La ironía posterior es que el público le hizo a su término lo mismo que le había hecho al de Arnold: cargarlo de un significado que no tenía. Hoy «ovni» significa nave extraterrestre en la cabeza de casi todo el mundo, que es precisamente lo contrario de lo que la expresión dice. Por eso, décadas después, hubo que inventar otra sigla. Y a esa le pasará lo mismo.
La gestión
Ruppelt dirigió el proyecto Blue Book en su mejor momento, que es un mérito relativo pero real. Introdujo formularios estandarizados de notificación, ordenó el archivo, estableció criterios de clasificación y consiguió que los informes de los pilotos militares llegaran a su mesa en lugar de morir en un cajón intermedio. Le tocó gestionar, además, la oleada de Washington de 1952, el episodio más ruidoso de toda la historia del programa.
Cuando se marchó, en 1953, el programa se degradó rápidamente hasta convertirse en lo que fue después: una oficina de relaciones públicas con un archivador al fondo. Lo hemos contado en el expediente del proyecto.
El libro, y el segundo libro dentro del libro
En 1956 publicó su relato de aquellos años. Es un texto sobrio, con nombres, fechas y casos, escrito por alguien que había tenido los expedientes en la mano. Su tono general era el de un hombre que no descartaba que allí hubiera algo genuinamente inexplicado, y durante décadas el libro se ha citado como el testimonio interno más favorable que existe.
Y aquí viene lo interesante. En 1960, poco antes de morir, publicó una edición ampliada con tres capítulos nuevos, y en esos capítulos su posición es mucho más escéptica. Viene a decir que el fenómeno, visto con perspectiva, se explica en su mayor parte por causas convencionales y por el clima de la época.
Ese giro ha generado ochenta años de sospecha. Se ha dicho que le presionaron, que le compraron, que lo escribió otro. No hay ni un solo documento que respalde nada de eso. Y hay una explicación mucho más sencilla y mucho menos novelesca: que un hombre inteligente, con siete años más y fuera ya del ambiente, revisó lo que había vivido y llegó a otra conclusión. Eso se llama pensar. Es raro, incómodo y perfectamente legítimo.
Cambiar de opinión sin que nadie te obligue es la operación intelectual más sospechosa del mundo. Sobre todo para quienes no la han practicado nunca.
Por qué importa
Porque es la única fuente interna del periodo clásico que se puede leer entera y contrastar con los expedientes desclasificados. Y porque su trayectoria —del entusiasmo ordenado al escepticismo razonado, en siete años y sin dejar de trabajar con los mismos datos— es el recorrido más honesto que ha hecho nadie en esta materia.
Le debemos tres palabras que siguen siendo la única forma correcta de nombrar lo que no sabemos. No está mal para treinta y siete años.