Hay una pregunta que se hace poco y que explica media historia de este asunto: ¿quién ocupa la mesa? No el visionario, no el conferenciante. El funcionario. El que tiene un despacho, un teléfono que suena cuando una brigada de gendarmería no sabe qué escribir en un parte, y la obligación administrativa de contestar algo.
Durante veinte años largos, en Francia, esa mesa fue la de Jean-Jacques Velasco.
El hombre del CNES
Velasco es ingeniero, y llegó al asunto por la puerta de servicio: entró en el Centro Nacional de Estudios Espaciales francés y acabó destinado en el GEPAN, la unidad creada en 1977 dentro de la agencia para procesar las denuncias de fenómenos aeroespaciales no identificados que la gendarmería no podía archivar en ninguna carpeta. No era un puesto de prestigio. Era, en la práctica, el departamento de reclamaciones raras de una agencia espacial.
Se incorporó al equipo a finales de los setenta y participó en el trabajo de campo de los casos que hoy son el canon francés, empezando por el más citado de todos: la traza de Trans-en-Provence, cuyo análisis se publicó en 1983 como Nota Técnica n.º 16. Cuando el GEPAN se reorganizó y pasó a llamarse SEPRA, con menos gente y un mandato más estrecho, Velasco quedó al frente. Y allí siguió, gestionando el archivo, contestando a la gendarmería y compareciendo cuando tocaba, hasta su salida en 2004.
Lo que aportó, que es más de lo que parece
Velasco no descubrió nada. Su aportación es de otro tipo y es más duradera: mantuvo abierto durante dos décadas el único servicio público del mundo occidental dedicado a esto, y lo mantuvo funcionando como un servicio y no como una capilla. Eso significa procedimientos escritos, formularios, protocolos de toma de muestras y, sobre todo, un archivo que después se pudo abrir.
Cuando en marzo de 2007 el CNES publicó sus expedientes en internet y colapsó su propio servidor por exceso de visitas, lo que se puso en línea era, en buena medida, el trabajo administrativo acumulado en aquella mesa. Un archivo consultable es la mejor herencia que puede dejar un funcionario, y la más rara.
Ordenar papeles durante veinte años no da para un documental. Da para algo mejor: para que alguien, cuarenta años después, pueda comprobar si te equivocaste.
Y lo que hay que decir del otro lado
Aquí toca ser incómodo, porque este sitio no reparte medallas.
En 2004, coincidiendo con el final de su etapa al frente del servicio, Velasco publicó un libro en el que sostenía abiertamente que la hipótesis extraterrestre era la explicación más razonable para una parte del fenómeno. Un responsable público en activo defendiendo esa posición no es un detalle menor: durante veinte años había sido la firma que garantizaba la neutralidad de los informes franceses, y esos informes se citan en todo el mundo precisamente por venir de un organismo oficial.
Eso no invalida su trabajo. Los protocolos de la Nota Técnica 16 son los que son, y se pueden auditar sin preguntarle a nadie qué piensa. Pero obliga a leer con cuidado toda la defensa posterior del caso estrella de la casa hecha por el jefe de la casa. La objeción no es contra sus creencias, que son suyas: es que el mismo hombre firmó el informe y después se convirtió en su principal comentarista favorable. Un ingeniero entiende perfectamente por qué eso es un problema de método.
Velasco participó además en el informe COMETA de 1999, elaborado por un grupo de antiguos altos mandos y funcionarios franceses vinculados al instituto de altos estudios de defensa, que concluía que el fenómeno merecía atención estatal y no descartaba el origen no humano. El informe se presentó ampliamente como «un informe oficial francés». No lo era: era un documento privado firmado por gente con currículos oficiales. La distinción es exactamente la clase de matiz que este sitio existe para señalar.
Por qué importa
Porque su carrera es el mejor ejemplo disponible de la tensión que atraviesa todo este campo: la misma persona que construye un archivo riguroso acaba siendo su intérprete apasionado, y las dos cosas se estorban. Velasco dejó a Francia el mejor fondo documental público que existe sobre el asunto. Y dejó también la lección de que un archivo hay que poder leerlo sin su archivero.