De todos los personajes que ha dado este asunto, Kenneth Arnold es el más injustamente tratado. Se le recuerda como el hombre que vio los primeros platillos volantes y resulta que no vio platillos, no dijo platillos y acabó no creyendo en platillos. Tres errores en una sola frase. No está mal para alguien a quien la historia le puso el papel de profeta sin consultarle.
Un hombre normal con una avioneta de trabajo
Kenneth Albert Arnold nació el 29 de marzo de 1915 en Sebeka, Minnesota. Fue Eagle Scout, jugó al fútbol americano en el instituto con buen nivel y pasó brevemente por la Universidad de Minnesota a mediados de los años treinta. En 1940 fundó en Boise, Idaho, una empresa llamada Great Western Fire Control Supply, dedicada a vender e instalar sistemas de extinción de incendios. Un negocio de los de facturar y visitar clientes.
Volaba porque su territorio comercial era enorme y montañoso, y porque le gustaba. Tenía una CallAir A-2, una avioneta pequeña y robusta pensada para pistas malas y campo abierto, no un juguete de aeroclub. Colaboraba además en tareas de búsqueda y rescate en el noroeste, lo cual explica que el 24 de junio de 1947 se desviara de su ruta entre Chehalis y Yakima para peinar las estribaciones del monte Rainier: se había ofrecido una recompensa de cinco mil dólares por localizar un C-46 de los Marines siniestrado en la zona.
El malentendido que le persiguió cuarenta años
Lo que Arnold describió el 25 de junio de 1947 en la redacción del East Oregonian de Pendleton fue un movimiento: aquellas nueve cosas se desplazaban de forma oscilante, como un plato lanzado rasante sobre el agua. Un símil de trayectoria. En cuarenta y ocho horas, la prensa estadounidense había convertido el símil en una forma geométrica y había acuñado flying saucer. Es el nacimiento documentado de la iconografía ovni y está contado en detalle en su expediente.
Arnold pasó el resto de su vida corrigiendo aquello, sin éxito. En 1950, ante Edward R. Murrow en la CBS, volvió a explicar que volaban de manera aplatillada, no que fueran platillos. Daba igual. Cuando un país entero ha aprendido una palabra, no la desaprende porque el interesado lo pida educadamente.
Su descripción real de las formas era bastante más rara y más interesante: perfiles convexos, algo parecido a una media luna, un objeto distinto de los otros ocho, un aire casi de ala de murciélago. Nada de eso encajaba en un titular. El titular ganó.
Maury Island: el error que le costó caro
Aquel mismo verano, Arnold se metió en el asunto turbio de Maury Island, cerca de Tacoma: escoria supuestamente caída del cielo, testigos escurridizos y un editor de revistas populares, Ray Palmer, financiando la excursión. La investigación acabó en tragedia: el teniente Frank Brown y el capitán William Davidson, dos oficiales de inteligencia de las Fuerzas Aéreas que habían acudido al asunto, murieron el 1 de agosto de 1947 al estrellarse su B-25. Edward Ruppelt, que años después dirigiría el Proyecto Libro Azul, calificó todo el episodio de bulo.
Arnold no era un estafador y nadie serio lo ha sostenido nunca. Fue algo más común y más humano: un hombre honesto al que la fama súbita metió en compañías que no le convenían. Con Palmer coescribió en 1952 The Coming of the Saucers, que se vendió razonablemente y que no le hizo ningún bien a su reputación.
Volaban como volaría un platillo si lo lanzases rasante sobre el agua.
El final: política, medusas del cielo y silencio
En 1962 ganó la nominación republicana a vicegobernador de Idaho y perdió las elecciones. Siguió con su empresa y con sus vuelos. Y, con los años, fue abandonando la hipótesis de la nave: acabó proponiendo que aquellas cosas no eran máquinas sino organismos vivos de la alta atmósfera, algo parecido a medusas del cielo. La idea le valió el desprecio de casi todo el ambiente ufológico, que para entonces ya tenía su propia ortodoxia y no admitía herejes.
Murió el 16 de enero de 1984 en Bellevue, estado de Washington, a los sesenta y ocho años, de un cáncer colorrectal. Había pasado casi cuatro décadas siendo presentado en todas partes como el hombre de los platillos volantes, una etiqueta que él no había elegido, que no describía lo que dijo y en la que había dejado de creer.
Hay una lección ahí, y no es sobre ovnis. Es sobre lo poco que un testigo controla su propio testimonio en cuanto entra en la máquina. Arnold contó lo que vio con una comparación casera, de las que se usan en un bar para que te entiendan. Y la comparación se le escapó de las manos, se hizo mayor, se independizó y acabó fundando una religión menor a la que él ya no estaba invitado.