Hay testigos que buscan el micrófono y testigos que huyen de él. Lonnie Zamora perteneció a la segunda categoría con una constancia que raya en lo heroico: cuarenta y cinco años esquivando un asunto que le había caído encima sin pedirlo, en un pueblo pequeño donde no hay dónde esconderse.
Un policía de pueblo, y eso es exactamente lo importante
Zamora era agente de la policía municipal de Socorro, Nuevo México, una localidad pequeña del valle del Río Grande que vive de la universidad técnica, del ganado y del paso de la interestatal. No era aficionado a la astronomía, ni lector de revistas del ramo, ni miembro de ninguna asociación. Era un hombre con uniforme, turno de tarde y una radio.
Ese perfil es la mitad del valor del caso. En el análisis de testimonios, lo primero que se busca no es la elocuencia del testigo, sino su falta de motivo. Un policía municipal de una ciudad de veinte mil habitantes no tiene absolutamente nada que ganar contando que ha visto un objeto posado en un barranco con dos figuras al lado. Tiene, en cambio, mucho que perder: la credibilidad ante sus compañeros, el respeto de sus vecinos y la tranquilidad de su turno.
La tarde del 24 de abril de 1964
Estaba persiguiendo a un conductor que circulaba con exceso de velocidad cuando oyó un rugido y vio una llama al suroeste. Pensó que había explotado el polvorín de dinamita de las afueras. Abandonó la persecución —al infractor no volvió a verlo nadie— y se dirigió hacia allí. Lo que ocurrió después está contado en el expediente del caso y en su declaración a la USAF.
Lo que interesa aquí es cómo se comportó a partir de ese momento. Avisó por radio inmediatamente. Se dejó interrogar por la Policía Estatal, por un capitán del Ejército, por un agente del FBI y por la Fuerza Aérea. Dibujó lo que había visto, incluido el símbolo del costado del objeto. Y cuando el capitán Holder le indicó que no divulgara el diseño auténtico del emblema —una técnica estándar para filtrar imitadores—, obedeció.
Un hombre que quiere notoriedad no obedece esa instrucción. La incumple al día siguiente delante del primer periodista que aparezca.
El hombre que impresionó a Hynek
J. Allen Hynek llevaba más de una década trabajando como consultor astronómico de la Fuerza Aérea, con la misión práctica de reducir avistamientos a planetas, meteoros y globos. Se le daba bien y no tenía ninguna simpatía inicial por el asunto. Volvió a Socorro en agosto de 1964 para reinterrogar al testigo.
Lo que le impresionó, según dejó escrito, no fue el relato sino el hombre: poco elocuente, incómodo, sin ganas de adornar, capaz de decir «no lo sé» las veces que hiciera falta. Socorro acabó siendo uno de los casos que empujaron a Hynek desde la posición cómoda del escéptico de plantilla hacia una incomodidad que le duró el resto de su carrera y que acabó desembocando en la fundación del Center for UFO Studies en 1973.
Hay además un detalle de contexto que suele pasarse por alto y que a Zamora le complicó la vida: Socorro está a un paso de las instalaciones militares de White Sands y alberga una escuela de ingenieros con fama de gastar bromas de mucha imaginación. Es decir, que el pobre hombre quedó atrapado entre dos sospechas simultáneas y contradictorias. Para unos vecinos, había visto material clasificado del Gobierno y le habían dicho que se callara. Para otros, se había tragado una broma de estudiantes y estaba haciendo el ridículo delante de todo el país. Vivir en un pueblo pequeño con esas dos etiquetas encima, a la vez, durante cuarenta y cinco años, no es un chollo.
Cuarenta y cinco años de no hablar
Después del revuelo inicial, Zamora hizo lo que no hace prácticamente ningún testigo célebre: desaparecer. No escribió libro. No dio conferencias de pago. No apareció en documentales cobrando. No fundó nada. Con los años dejó el cuerpo de policía y trabajó en otros oficios en el mismo pueblo, respondiendo a los curiosos con una parquedad que sus vecinos describían entre la incomodidad y el hartazgo.
Murió en Socorro el 2 de noviembre de 2009, a los setenta y seis años. En cuatro décadas y media no se desdijo ni una vez, y tampoco amplió su relato con recuerdos nuevos, que es la otra manera habitual de estropear un testimonio. Contó lo mismo en 1964 que en 2004.
Nada de eso demuestra que viera una nave. Demuestra algo más frío y más útil: que en su expediente personal no aparece por ninguna parte el móvil que explica la inmensa mayoría de los casos falsos. Ni dinero, ni atención, ni importancia. Solo un señor que aquella tarde dejó escapar a un conductor por ir a mirar un barranco, y que lamentó bastante haberlo hecho.