A un oficial de misiles de los años sesenta no se le pedía imaginación. Se le pedía lo contrario: que ejecutara una lista de comprobación sin desviarse una coma, que respondiera a una orden autenticada en segundos y que pasara turnos de veinticuatro horas a diez metros bajo tierra sin volverse loco. Se seleccionaba a esa gente, entre otras cosas, por su capacidad de aburrirse bien.
Robert Salas fue uno de ellos. Y treinta años después contó algo que ha condicionado buena parte de la conversación sobre este asunto hasta hoy.
La hoja de servicios
Salas se graduó en la Academia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en 1964 y sirvió como oficial de tripulación de lanzamiento de misiles balísticos intercontinentales Minuteman. Ese destino se llama, en la jerga, missileer: dos oficiales encerrados en una cápsula enterrada que controla diez silos dispersos por la llanura. En marzo de 1967 estaba destinado en el complejo dependiente de la Base Aérea de Malmstrom, en Montana.
Después de dejar el servicio activo trabajó como ingeniero en el sector aeroespacial y en la administración federal de aviación. Es decir: no es un aficionado ni un contactado. Es un tipo con formación técnica, con acceso demostrable a instalaciones nucleares y con una carrera profesional posterior perfectamente ordinaria.
Lo que sostiene
Su relato, mantenido con muy pocas variaciones desde que empezó a hacerlo público, es el siguiente. De madrugada, estando de servicio en la cápsula de Oscar Flight, recibió una llamada del suboficial de guardia en superficie informando de luces sobre la instalación, y poco después una segunda llamada más alterada: había un objeto rojizo suspendido sobre la puerta principal. Mientras hablaban, los misiles del vuelo empezaron a pasar a situación de no disponibles, uno tras otro. Salas afirma haber informado a su comandante y haber recibido después instrucciones de no comentar el asunto.
El contexto documental está desarrollado en el expediente de Malmstrom, y conviene resumirlo aquí sin rodeos: el apagón de Echo Flight del 16 de marzo de 1967 sí consta en el historial desclasificado de la unidad. El incidente de Oscar Flight que Salas relata no consta en ningún documento conocido, y el comandante y el subcomandante de Echo Flight han negado públicamente que en su caso hubiera avistamiento alguno.
El de guardia me llamó para decirme que había un objeto rojo suspendido sobre la puerta principal. Mientras hablábamos, los misiles empezaron a caerse uno detrás de otro.
Síntesis en castellano de su relato público. No es transcripción literal ni procede de documento oficial alguno.
Cómo hay que tratarlo
Con respeto y sin rebaja. Salas es un testigo, no una fuente documental, y esas dos categorías no se mezclan por mucho que la primera venga con uniforme.
A su favor: consistencia de treinta años, ausencia de beneficio evidente, disposición a comparecer y a firmar declaración jurada, y una biografía que no encaja con el perfil del embaucador. En su contra: un intervalo de casi tres décadas entre los hechos y el relato, ninguna corroboración documental, y la contradicción explícita de compañeros de destino. La memoria humana a treinta años no es una grabación; es una reconstrucción, y se reconstruye con lo que uno ha leído desde entonces.
Su comparecencia en el National Press Club de Washington en septiembre de 2010, junto a otros antiguos oficiales convocados por el investigador Robert Hastings, es el momento en que su testimonio pasó de circular en el ambiente a formar parte de la conversación pública. Desde entonces, la idea de que el fenómeno muestra interés por los arsenales nucleares se apoya en él más que en ningún otro pilar.
Y ese es justamente el problema: un edificio entero apoyado en un testimonio sin papel. No porque el testigo sea sospechoso, sino porque un edificio no se construye así.