Amigos, imaginen el peor trabajo del mundo. Le nombran a usted director del primer organismo del Pentágono creado expresamente para investigar los fenómenos anómalos no identificados. Le dan un despacho, un presupuesto discreto y un mandato del Congreso.
Y a partir de ese día, la mitad del país espera que confirme que hay naves en un hangar, y la otra mitad espera que demuestre que todo esto es una tontería. Cualquier cosa que diga decepcionará a alguien. Si dice que no ha encontrado nada, es que forma parte del encubrimiento. Si dice que ha encontrado algo, es que se ha vuelto loco.
Ese trabajo lo tuvo Sean Kirkpatrick durante año y medio.
Vengo a lo mío: quién es y de dónde sale
Kirkpatrick es físico de formación y funcionario de inteligencia científico-técnica de carrera. Es decir: no viene de la ufología ni del activismo, viene del sitio donde se analizan las capacidades de los sistemas de otros países. Antes de AARO había sido científico jefe del centro de inteligencia de misiles y espacio de la Agencia de Inteligencia de Defensa y director adjunto de inteligencia del Mando Espacial estadounidense.
Traducido: su oficio consiste, literalmente, en mirar un objeto en un sensor y decidir de quién es. Es exactamente el perfil que uno pondría al frente de una oficina así. Y ahí está parte del problema, porque quien viene de ese mundo trae también sus reflejos: el instinto de proteger fuentes y métodos, la costumbre de no adelantar conclusiones y una cierta impaciencia con la gente de fuera.
Lo que hizo
Montó la oficina desde cero, estableció el canal de notificación para personal militar y civil —que hasta entonces no existía como tal—, ordenó el trabajo de revisión histórica que se publicaría después como informe sobre el historial de programas gubernamentales, y compareció públicamente ante un subcomité del Senado en abril de 2023, que sigue siendo el momento más útil de toda su etapa.
Su posición pública ha sido constante y conviene citarla con precisión, porque se deforma todo el rato: sostiene que su oficina no ha encontrado evidencia verificable de tecnología de origen extraterrestre, que la inmensa mayoría de los casos analizados se resuelven como objetos convencionales, y que las afirmaciones sobre programas de recuperación de material proceden de personas que en su opinión malinterpretaron lo que vieron o lo que les contaron.
Fíjense bien en lo que no dice. No dice que no exista el fenómeno. No dice que todos los casos estén resueltos. Dice que no hay prueba de origen no humano y que casi todo se explica. Son afirmaciones distintas y se citan mezcladas continuamente, en las dos direcciones.
«No hemos encontrado pruebas» no significa «no hay nada». Significa lo que dice. Que en ese hueco quepa toda la esperanza del mundo es asunto nuestro, no suyo.
Y lo que hay que reprocharle
Dos cosas, y ninguna es menor.
La primera es de método. La oficina que dirigió es, a la vez, la investigadora del asunto y la evaluadora de si el Departamento de Defensa ha ocultado algo. Es decir: se le pidió a una unidad del Pentágono que auditara al Pentágono. Eso no es una acusación contra él, es un defecto de diseño, y es exactamente el vacío que la junta de revisión independiente venía a cubrir antes de que se la cargaran en la comisión mixta. Kirkpatrick nunca reclamó públicamente ese árbitro externo. Y le habría convenido.
La segunda es de tono. Tras dejar el cargo publicó artículos de opinión con una acidez considerable hacia quienes le habían criticado. Se entiende humanamente —recibió una cantidad de barro difícil de imaginar—, pero un antiguo alto cargo que responde a sus críticos en tono personal les regala el argumento. Y hay un detalle que a mí me sigue chirriando: firmó junto a Avi Loeb un borrador de trabajo sobre objetos interestelares siendo director en activo de la oficina. Podrá ser irreprochable en lo formal. Como gesto, para el responsable de decidir qué es una hipótesis seria, fue un error.
Por qué importa
Porque es el primero. Antes de él no había nadie a quien preguntarle. Se podía escribir al Pentágono y recibir una nota de tres líneas de un gabinete de prensa. Ahora hay un cargo, con nombre, que comparece y al que se le puede exigir que responda. Eso, que parece poco, es lo único que ha cambiado de verdad en setenta años.
Y porque su etapa dejó la lección incómoda: no basta con crear una oficina. Hace falta que la oficina no dependa de aquel a quien investiga.