Aguadilla, 2013: el vídeo térmico de Aduanas que lleva doce años sin resolverse
Una aeronave federal estadounidense grabó tres minutos de infrarrojo sobre Puerto Rico. El material es impecable y de origen oficial. Y probablemente muestra dos globos de papel. Explicar por qué eso sigue en discusión es todo el trabajo.
El 25 de abril de 2013, hacia las 21:20 hora local, una aeronave DHC-8 de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos registró con cámara térmica, en el entorno del aeropuerto Rafael Hernández de Aguadilla (Puerto Rico), un objeto pequeño que cruzó la zona, sobrevoló el agua y aparentó dividirse en dos. La Scientific Coalition for UAP Studies publicó en 2015 un análisis técnico que concluía que el comportamiento no encajaba con ningún artefacto conocido. Analistas escépticos sostienen que se trata de dos globos de papel con vela y que el movimiento aparente lo produce la paralaje de la aeronave. El vídeo es auténtico y de origen oficial; la identificación del objeto sigue discutida.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha tecnica
OSINT - Trazabilidad
Amigos, hoy toca un caso que me gusta especialmente porque tiene las tres cosas que a mí me hacen gracia: un vídeo de verdad, grabado por un organismo del Estado, con hora y con matrícula; una explicación mundana que encaja demasiado bien como para ignorarla; y un montón de gente muy digna discutiendo con muchísima seguridad sobre unos píxeles.
Vamos a Puerto Rico. 25 de abril de 2013, poco después de las nueve de la noche.
Vengo a lo mío: quién grabó, con qué y por qué eso importa
Antes de mirar los píxeles, el papel. Siempre el papel.
Quien graba esto no es un aficionado con un móvil. Es una aeronave DHC-8 de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de los Estados Unidos, un organismo cuyo trabajo consiste, entre otras cosas, en vigilar de noche el Caribe buscando lanchas rápidas con droga. Para eso llevan cámaras térmicas: sensores de infrarrojos que ven calor, no luz. Es material de trabajo, con registro horario y con cadena documental. En esta casa eso vale mucho más que un testimonio, por muy convincente que sea el testigo.
El vídeo salió a la luz en 2013 y en 2015 lo analizó a fondo la Scientific Coalition for UAP Studies, un grupo de investigadores con formación técnica que publica informes largos y con figuras. Su conclusión fue llamativa: un objeto de menos de un metro, sin firma térmica de motor, capaz de desplazarse a velocidades muy altas, de entrar en el agua sin frenar y de continuar bajo la superficie. Y de dividirse en dos.
Dicho así, es espectacular. Ahora vamos a la parte que menos gusta.
El vuelo del CBP
Una aeronave DHC-8 de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza registra con cámara térmica, en el entorno del aeropuerto Rafael Hernández de Aguadilla, un objeto pequeño que cruza la costa, sobrevuela el agua y aparenta dividirse en dos. El registro dura unos tres minutos.
El vídeo circula
El material sale del ámbito interno y empieza a difundirse. Su origen oficial no se discute en ningún momento: es la propia procedencia lo que le da valor.
El informe de la SCU
La Scientific Coalition for UAP Studies publica un análisis técnico extenso, encabezado entre otros por Robert Powell, con estimaciones de tamaño, velocidad y trayectoria a partir de los metadatos del sensor. Concluye que el comportamiento del objeto no encaja con ningún artefacto convencional conocido.
La réplica
Analistas escépticos, con Mick West como voz más visible, sostienen que lo grabado es compatible con dos globos de papel con vela —de los que se sueltan en bodas y celebraciones— y que la aparente división en dos es el momento en que ambos se separan lo suficiente para resolverse por separado.
El empate técnico
Ninguna de las dos partes convence a la otra. La discusión se estanca en la interpretación de la paralaje, es decir, en cuánto del movimiento aparente del objeto lo produce el movimiento de la propia aeronave que graba.
La trampa del infrarrojo, explicada sin tecnicismos
Aquí está el corazón del asunto y voy a explicarlo despacio, porque es la misma trampa que aparece en los vídeos de la Marina y la que hace que estas discusiones no se acaben nunca.
Una cámara térmica no te da distancia. Repito: no te da distancia. Te da una mancha caliente sobre un fondo frío. Y sin distancia no tienes tamaño, y sin tamaño no tienes velocidad. Todo lo demás son suposiciones encadenadas.
Si usted supone que la mancha está a diez kilómetros, le sale un objeto grande moviéndose a una velocidad de escándalo. Si supone que está a ochocientos metros, le sale una cosita minúscula flotando a paso de peatón mientras el avión que la graba se mueve a doscientos y pico nudos. Y ahí está el problema: el avión se mueve. Cuando el observador se desplaza, un objeto lejano y quieto parece deslizarse en una dirección y uno cercano en otra. Se llama paralaje, lo aprendimos con el pulgar en clase de física, y es responsable de más «anomalías cinemáticas» que ninguna otra cosa en este campo.
El infrarrojo no miente. Pero tampoco te dice a qué distancia está lo que ves. Y en ese hueco cabe toda la ufología moderna.
Dicho en idioma Astro: el globo gana por puntos, pero no por KO
Voy a mojarme, que para eso estamos.
La hipótesis de los globos de papel es, con diferencia, la más económica. Explica el calor sin necesidad de motor —una vela dentro de una bolsa de papel es exactamente una fuente térmica pequeña—, explica la ausencia de firma de propulsión, explica la deriva, explica la separación y explica por qué el aparato no aparece en ningún radar. Y hay un detalle contextual que pesa: soltar globos de papel en celebraciones era, en aquellos años y en aquella zona, una costumbre absolutamente corriente.
Ahora, la parte que los escépticos despachan demasiado rápido y que yo no despacho. Un globo de papel deriva con el viento. No va contra él, no acelera, no cambia de rumbo. Si alguien reconstruye el viento de aquella noche a esa altura y demuestra que la trayectoria del objeto es compatible con la deriva, el caso se cierra en una tarde. Que yo sepa, esa reconstrucción no se ha hecho con el rigor que el caso merece. Y hasta que se haga, la palabra correcta es «probable», no «demostrado».
Es la jaula de siempre. La jaula del «es un globo, no seas crédulo». Y la jaula del «no es un globo, es tecnología no humana, confía en mi informe de cuarenta páginas». Las dos jaulas tienen la misma cerradura: la prisa por cerrar.
Quién es la SCU, y por qué su informe merece respeto aunque no le compres la conclusión
Me interesa detenerme aquí, porque en este oficio se despacha con demasiada alegría cualquier cosa que no venga con membrete de universidad.
La Scientific Coalition for UAP Studies es una organización estadounidense formada por gente con formación técnica —ingenieros, físicos, antiguos analistas— que publica informes largos, con figuras, con supuestos declarados y con anexos. Esa última parte es la que importa: declaran sus supuestos. Cuando la SCU dice que el objeto se movía a tal velocidad, escribe también de dónde sale la distancia que ha usado. No lo esconde.
Eso es exactamente lo contrario de lo que hace la mitad del ecosistema, que suelta una cifra en un pódcast y a correr. Y es lo que permite discutirles. Un informe que declara sus supuestos es un informe refutable, y un informe refutable es la única clase de informe que sirve para algo. Yo no comparto la conclusión de la SCU sobre Aguadilla. Y me parece un documento infinitamente más valioso que noventa horas de entrevistas con gente que «no puede dar detalles».
La discrepancia, además, es honesta y localizable. No están en desacuerdo sobre los píxeles: están en desacuerdo sobre la distancia. Toda la disputa de Aguadilla se reduce a un número que nadie puede medir con el sensor que hay. Es casi bonito, en un sentido muy triste.
Lo que se cuenta del aeropuerto, y por qué no me lo trago
Hay una capa del relato que se ha ido engordando con los años y que conviene podar, porque es el tipo de cosa que acaba desacreditando un caso que tenía material serio.
Se cuenta, en versiones cada vez más adornadas, que aquella noche el aeropuerto Rafael Hernández suspendió operaciones, que los controladores vieron el objeto, que hubo comunicaciones grabadas y hasta que se desvió tráfico comercial. Bien. Todo eso, de ser cierto, dejaría rastro documental: registros de la autoridad de aviación, grabaciones de la torre, partes de incidencia, retrasos anotados en las bases de datos de vuelos.
De todo eso, lo que circula públicamente es prácticamente nada. Y en un caso donde el elemento fuerte es justamente la documentación oficial, colgarle una capa de afirmaciones sin documento es pegarse un tiro en el pie. Si mañana alguien saca los partes, encantado: rectifico en dos líneas y me alegro. Mientras tanto, este sitio se queda con lo que puede señalar con el dedo.
Y ojo, que esto no es escepticismo de salón. Es al revés: es proteger la parte buena. El vídeo del CBP aguanta cualquier escrutinio. Los adornos, no. Y cuando alguien tira del hilo del adorno, el vídeo cae con él, que es exactamente lo que ha pasado en la mitad de los grandes casos de este archivo.
Un caso de 2013 mirado con los ojos de 2026
Hay algo que en 2013 no existía y que cambia por completo cómo hay que leer este expediente: la palabra «UAP» todavía no era un término administrativo. No había oficina, no había formulario, no había epígrafe. Un sensor federal grababa algo raro, alguien lo miraba, alguien se encogía de hombros y el fichero se quedaba en un disco.
Hoy existe una oficina con nombre, con presupuesto y con la obligación legal de recibir estos informes. Y aquí viene lo que me pone de los nervios, amigos: eso no ha servido para revisar Aguadilla. Porque la obligación es de recibir lo nuevo, no de auditar lo viejo. Los archivos anteriores a la creación del organismo se quedan donde estaban salvo que alguien los reclame expresamente, y reclamarlos exige que a alguien le corresponda hacerlo.
Traducido: se creó una ventanilla nueva y no se abrió el archivador viejo. En idioma Astro, eso no es un encubrimiento; es algo peor, porque es más difícil de arreglar. Un encubrimiento tiene autor. Un vacío competencial no tiene a nadie a quien preguntarle.
Lo que este caso enseña, que es lo verdaderamente valioso
Tres cosas, y las tres se aplican a todo lo que viene después.
Una. Que un vídeo sea auténtico y de origen oficial no dice absolutamente nada sobre qué hay grabado. Son dos preguntas distintas y se confunden todo el rato. Aquí la autenticidad es del cien por cien y la identificación sigue en el aire.
Dos. Que las cifras impresionantes de velocidad de estos análisis no son medidas: son cálculos condicionados. Cuando lea «se desplazaba a mil doscientos kilómetros por hora», traduzca mentalmente por «si estaba a la distancia que hemos supuesto, se desplazaba a». El «si» está siempre, aunque no lo escriban.
Y tres, la que más me interesa. Este vídeo lleva doce años circulando y nadie con capacidad institucional se ha sentado a resolverlo. No hace falta un programa secreto: hacen falta los datos de viento de aquella noche, la trayectoria exacta de la aeronave y un par de semanas de trabajo. Cuando algo así no se hace, la explicación rara vez es el encubrimiento. Suele ser que a nadie le corresponde por escrito hacerlo. El vacío competencial es el gran agujero negro de este asunto, y lo he contado ya en el expediente sobre el informe histórico de AARO.
Y un apunte final para los dos bandos. El vídeo de Aguadilla es de dominio público desde hace doce años. La reconstrucción del viento está a un correo electrónico de distancia de cualquier servicio meteorológico. Nadie la ha pedido. Eso, amigos, dice más de nosotros que del objeto.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Se evita presentar las estimaciones de velocidad de la SCU como mediciones. Se advierte expresamente de que los fragmentos recortados y acelerados que circulan por redes introducen artefactos que no están en el registro original de tres minutos. No se dan por buenos los relatos sobre interrupciones de la operativa del aeropuerto.