El Proyecto Galileo: por fin alguien monta los sensores, y por fin se ve lo difícil que es
Un catedrático de Harvard hizo lo que llevábamos ochenta años pidiendo: instrumentos propios, datos propios, publicaciones con revisión por pares. Y también una expedición al Pacífico que pudo estar buscando en el sitio equivocado por culpa de un camión.
El Proyecto Galileo, fundado en julio de 2021 por el catedrático de astronomía de Harvard Avi Loeb con financiación privada, es el primer programa de observación sistemática del cielo con instrumentos propios dedicado a esta materia. Trabaja en tres líneas: objetos interestelares, observación multiespectral continua y búsqueda de artefactos. Ha publicado la descripción de su observatorio y sus resultados, incluidas las falsas alarmas. Sus conclusiones más llamativas —las esférulas recuperadas en el Pacífico en 2023 y la especulación sobre el tercer objeto interestelar en 2025— han sido rebatidas con argumentos sólidos por especialistas externos.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha tecnica
OSINT - Trazabilidad
Amigos, llevamos ochenta años quejándonos de lo mismo: que la ciencia no se digna a estudiar esto. Que si el estigma, que si las carreras, que si nadie quiere firmar un paper sobre luces. Pues bien: en julio de 2021, un catedrático de astronomía de Harvard montó un proyecto para hacer exactamente eso, con instrumentos, con presupuesto privado y con publicaciones revisadas.
Y a partir de ahí, la historia se complica de una manera que dice mucho más sobre nosotros que sobre el cielo.
Vengo a lo mío: qué hace exactamente este proyecto
Lo primero, quitar el ruido. El Proyecto Galileo no es una asociación de aficionados con un canal de vídeo. Es un programa de observación con equipos, con protocolo y con artículos publicados. Su planteamiento es tan sensato que casi ofende que no se le hubiera ocurrido antes a nadie:
- No discutir vídeos ajenos. Nada de analizar grabaciones militares filtradas ni fotogramas de dudosa procedencia. Si quieres datos buenos, te compras los sensores y te los generas tú, con calibración conocida y con todo el registro guardado.
- Mirar todo el cielo, todo el rato. Cámara infrarroja de gran angular funcionando en continuo, más radio, audio, campo magnético y meteorología en el mismo emplazamiento. Cuando algo aparece, tienes su firma en varias bandas a la vez.
- Estudiar los objetos interestelares. Los cuerpos que entran en el sistema solar desde fuera son, sin ninguna discusión, muestras de otro sistema estelar. Estudiarlos es astronomía pura, sin necesidad de invocar nada.
- Y publicar el ruido también. Esto es lo que más me gusta. Los primeros artículos del observatorio son, en buena medida, catálogos de pájaros, aviones, drones y globos. Es decir: la parte aburrida, que es la que da credibilidad a la otra.
Un proyecto que publica cuántos pájaros ha confundido con algo raro merece que le escuches cuando dice que hay algo que no encaja. El que solo publica lo que no encaja, no.
Llega Oumuamua
Se detecta el primer objeto interestelar conocido que atraviesa el sistema solar. Su forma alargada, su brillo variable y una aceleración no gravitatoria sin cola cometaria visible desatan un debate científico legítimo sobre su naturaleza.
El libro
Avi Loeb publica un ensayo divulgativo en el que sostiene que la hipótesis de un origen artificial para aquel objeto merece considerarse en serio. La comunidad planetaria reacciona con dureza.
Nace el Proyecto Galileo
Loeb anuncia un programa de observación sistemática con financiación privada y sede en Harvard, con tres líneas: objetos interestelares, observación instrumental del cielo y búsqueda de artefactos.
El memorando del Mando Espacial
Un responsable científico del Mando Espacial de los EE. UU. firma una nota confirmando que la estimación de velocidad de un bólido registrado en 2014 sobre el Pacífico es suficientemente precisa como para indicar una trayectoria interestelar. Es la base de la expedición posterior.
La expedición del Pacífico
Un equipo rastrea con un trineo magnético el fondo marino frente a Papúa Nueva Guinea buscando restos de aquel bólido. Recupera esférulas metálicas de tamaño submilimétrico.
La polémica
Loeb sostiene que la composición de algunas esférulas es anómala. Especialistas en meteoritos replican que es compatible con ceniza de carbón y contaminación industrial, un material abundantísimo en los fondos marinos por las rutas de navegación.
El problema de la localización
Un trabajo independiente sostiene que la señal sísmica utilizada para acotar la zona de caída del bólido no procedía del impacto, sino de un camión circulando por una carretera cercana. Si es así, se rastreó el sitio equivocado.
Tercer objeto interestelar
Se descubre el tercer visitante interestelar conocido. Loeb y colaboradores plantean públicamente la posibilidad de un origen artificial. Las observaciones posteriores muestran actividad cometaria y la comunidad astronómica lo trata como lo que aparenta ser: un cometa.
Lo bueno, que es mucho
Seamos justos, que aquí se reparte estopa a todo el mundo pero por orden.
El Proyecto Galileo ha hecho tres cosas que nadie más había hecho. Primera: ha construido y puesto en marcha un observatorio dedicado, con datos propios y calibrados, y ha publicado la descripción del sistema para que cualquiera pueda replicarlo. Segunda: ha metido el asunto en revistas científicas por la puerta grande, es decir, con metodología y con revisión por pares, no con una rueda de prensa. Y tercera, la más importante: ha demostrado que se puede hacer. Que un catedrático puede dedicarse a esto sin que le retiren la cátedra.
Eso último vale una fortuna. Durante décadas, el argumento de que ningún científico serio podía tocar el asunto sin arruinarse la carrera fue verdad, y funcionó como una profecía autocumplida: nadie lo estudiaba, luego no había datos, luego no había nada que estudiar. Loeb ha roto el bucle. Se puede estar en desacuerdo con él en casi todo —yo lo estoy en bastante— y reconocerle eso.
Y lo malo, que también es mucho
Ahora la otra mitad, y aquí hay que ser duro porque el propio proyecto se lo ha buscado.
El problema de las esférulas
La expedición de 2023 al Pacífico es un caso de estudio de cómo no se hace esto. Se rastreó el fondo marino con un trineo magnético y se recuperaron centenares de esferitas metálicas de menos de un milímetro. Loeb sostuvo que la composición de algunas era anómala y compatible con un origen exterior al sistema solar.
El problema es el siguiente, y es demoledor por lo prosaico: el fondo del océano está lleno de esférulas metálicas. Llevan ahí más de un siglo, y no las trajo nadie de otra estrella. Las trajeron los barcos de vapor. La ceniza de carbón que se ha vertido y arrojado por las rutas de navegación durante ciento cincuenta años produce exactamente ese tipo de esferitas ricas en hierro. Varios especialistas en meteoritos lo señalaron de inmediato, con análisis comparativos.
Y encima está el asunto de la localización. La zona de rastreo se acotó usando una señal sísmica registrada en una estación cercana, atribuida a la entrada del bólido. Un análisis posterior sostuvo que aquella señal era compatible con un camión circulando por una carretera próxima a la estación sismográfica. Si eso es correcto —y el argumento es sólido—, la expedición rastreó el lugar equivocado.
Un camión. En idioma Astro: bajamos al fondo del Pacífico a buscar restos de otra estrella siguiendo la vibración de un camión que iba a repartir mercancía. No hay guion que supere eso.
El problema del anuncio
Y luego está la manera. Loeb ha desarrollado la costumbre de comunicar hipótesis muy fuertes por adelantado, en blogs y entrevistas, antes de que el análisis esté cerrado. Eso no es un pecado menor: cuando el titular sale antes que el dato, la corrección posterior nunca alcanza al titular. El tercer objeto interestelar, descubierto en julio de 2025, es el ejemplo más reciente: se planteó públicamente la posibilidad de que fuera un artefacto y las observaciones posteriores mostraron un cometa haciendo cosas de cometa. La rectificación existió. El titular ya estaba dado la vuelta al mundo.
Oumuamua, o el debate legítimo que se convirtió en trinchera
Para entender por qué existe este proyecto hay que retroceder a octubre de 2017, y hay que hacerlo con honestidad, porque la historia se cuenta mal por los dos bandos.
Aquel mes se detectó el primer objeto conocido que entra en el sistema solar desde fuera y vuelve a salir. Un cuerpo pequeño, con una trayectoria hiperbólica inequívoca, que ya se alejaba cuando lo descubrimos. Se le observó unas pocas semanas y se fue para siempre. Y dejó una lista de rarezas que no son opinión de nadie: una curva de luz que implicaba una forma muy alargada o muy aplanada, poco frecuente entre los cuerpos menores conocidos; ninguna cola cometaria detectada; y una aceleración adicional a la gravitatoria al alejarse del Sol.
Ese último punto es el nudo. Los cometas aceleran así porque el hielo sublima y empuja, y eso produce una cola. Aquí había empuje y no se vio cola. Se propusieron explicaciones naturales: sublimación de hidrógeno molecular, un cuerpo poroso y esponjoso, presión de radiación sobre un objeto extraordinariamente delgado. Todas plausibles, ninguna cerrada. Loeb añadió otra: que un objeto muy delgado empujado por la luz encaja bien con una vela solar, y que una vela solar es un artefacto.
Aquí es donde yo me bajo del carro de los dos. Plantear la hipótesis era perfectamente legítimo y así se hace ciencia: se propone lo raro, se intenta descartar y se ve qué aguanta. Lo que ya no me parece legítimo es el paso siguiente, el del libro divulgativo con la tesis del artefacto convertida en argumento central, dirigido a un público que no tiene forma de evaluar la curva de luz. Y tampoco me parece bien la reacción del gremio, que fue en muchos casos de desprecio personal en vez de refutación técnica.
Resultado: un debate que podía haber sido excelente acabó siendo dos trincheras. Y de esas trincheras nació el proyecto, lo cual explica bastante su carácter: nació enfadado.
Una cosa que sí me parece un hallazgo, y no es la que salió en los periódicos
Voy a defender al proyecto en algo que casi nadie le reconoce, porque es poco vistoso.
Cuando montas una cámara infrarroja de gran angular mirando el cielo veinticuatro horas al día durante meses, y clasificas automáticamente todo lo que pasa, obtienes un dato de un valor enorme y que nadie tenía: la tasa de base. Cuántas aves, cuántos aviones, cuántos drones, cuántos globos y cuántos objetos no clasificados por unidad de tiempo y de superficie de cielo.
Eso es exactamente lo que le ha faltado a este campo durante ochenta años. Sin tasa de base, un avistamiento no significa nada: no sabes si es uno entre mil o uno entre un millón. Con tasa de base, por primera vez, se puede decir algo del tipo «de cada tantas detecciones, tantas quedan sin clasificar», y esa fracción se puede comparar entre emplazamientos, entre estaciones del año y entre instrumentos.
No sale en los titulares porque no hay titular posible en «hemos contado pájaros con rigor». Pero es lo único de todo esto que dentro de veinte años seguirá sirviendo. Los anuncios envejecen fatal. Los catálogos, no.
Y en eso el proyecto se parece mucho más de lo que le gustaría admitir a algo que ya funcionaba en un valle noruego desde hace cuarenta años sin que nadie le hiciera caso: montar el aparato, aguantar el aburrimiento y publicar la estadística. Lo hemos contado en el expediente de Hessdalen. La diferencia es el presupuesto y la prensa. El método es el mismo.
Por qué este expediente importa aunque no haya ningún ovni dentro
Porque es la prueba de campo de una idea que llevamos años defendiendo en esta casa: que el problema de este asunto nunca ha sido la falta de fenómeno, sino la falta de datos propios.
Toda la ufología del siglo XX se construyó sobre material ajeno: fotografías de otros, testimonios de otros, documentos filtrados por otros, vídeos militares desclasificados con dos años de retraso y sin metadatos. Discutir sobre material que no controlas es un callejón sin salida, y por eso llevamos ochenta años en el mismo sitio. Galileo es el primer intento serio de salir por la otra puerta: si quieres saber qué hay ahí arriba, monta un sensor y mira. Los resultados serán decepcionantes la mayoría de las noches. Perfecto. Los datos decepcionantes son datos.
Y es también un aviso sobre el otro peligro, que es el de dentro. Cuando un proyecto con buen método deja que su portavoz corra más que su laboratorio, el método se contamina entero a ojos del público. El proyecto no es Loeb, pero para los titulares sí lo es. Ese es un riesgo estructural, y lo hemos visto ya en el capítulo institucional con signo contrario: allí la burocracia frenaba de más, y aquí el entusiasmo acelera de más.
Ochenta años pidiendo que la ciencia se ocupara de esto. Cuando por fin se ocupa, resulta que la ciencia es lenta, cara, aburrida y se equivoca en público. Bienvenidos. Es exactamente así como funciona.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Se distingue expresamente entre el método del proyecto, que este sitio valora, y sus conclusiones más llamativas, que no se dan por buenas. No se atribuye al proyecto ningún hallazgo confirmado.