Febrero de 2023: cuatro derribos, tres objetos sin identificar y un filtro de radar
Estados Unidos derribó cuatro cosas del cielo en nueve días y solo recuperó los restos de una. La explicación no está en el cielo: está en los umbrales de los radares, que alguien acababa de bajar. Y eso deja setenta años de «no consta nada» en muy mal lugar.
Entre el 4 y el 12 de febrero de 2023, cazas estadounidenses derribaron cuatro objetos sobre territorio propio y aliado. El primero, un globo de gran altitud de origen chino, fue derribado sobre el mar frente a Carolina del Sur, se recuperaron sus restos y quedó plenamente identificado como plataforma de vigilancia. Los tres siguientes —Alaska, Yukón y lago Hurón— eran de tamaño mucho menor, no se recuperaron sus restos y carecen de identificación concluyente. La hipótesis oficial es que se trataba de globos comerciales, científicos o de aficionados. El aumento de detecciones se debió al reajuste de los umbrales de los radares de vigilancia, no a un cambio en el espacio aéreo.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha tecnica
OSINT - Trazabilidad
Red de inteligencia
Amigos, en febrero de 2023 los Estados Unidos derribaron cuatro cosas del cielo en nueve días. Una era un globo chino del tamaño de tres autobuses y se sabe perfectamente lo que era. Las otras tres siguen sin identificarse oficialmente, y sus restos están en el fondo del mar de Bering, en un bosque del Yukón y en el lago Hurón.
Aquello ocupó las portadas del planeta durante una semana larga. Y luego, silencio. Como si no hubiera pasado.
Vengo a contarles lo que sí sabemos, que es bastante, y sobre todo el detalle técnico que lo explica casi todo y que se contó fatal: lo que cambió aquellos días no fue el cielo. Fue el filtro del radar.
Lo verificable: cronología seca, sin adornos
Todo lo que sigue está en comunicaciones oficiales, comparecencias públicas y notas de prensa del Departamento de Defensa. No hace falta ninguna filtración.
Entra el globo
Un globo de gran altitud de origen chino penetra en el espacio aéreo norteamericano por las Aleutianas y cruza el continente durante días, a la vista de todo el mundo y con cobertura informativa continua.
Primer derribo
Un caza F-22 derriba el globo chino frente a la costa de Carolina del Sur, sobre el agua, para permitir la recuperación de los restos. La operación se ejecuta con misil aire-aire de guiado infrarrojo.
Se recuperan los restos
La Marina recupera el material del globo. El análisis posterior lo identifica como plataforma de vigilancia. Este objeto, y solo este, queda plenamente identificado.
Alaska
Se derriba un segundo objeto, de tamaño muy inferior, en el norte de Alaska, a unos 40.000 pies. No hay identificación previa. Los restos caen sobre hielo marino y no se recuperan.
Yukón
Un tercer objeto es derribado sobre territorio canadiense en coordinación con el mando conjunto de defensa aeroespacial. Los restos, en terreno boscoso y nevado, tampoco se recuperan.
Lago Hurón
Un cuarto objeto es derribado sobre el lago Hurón. El primer misil lanzado falla y hace falta un segundo. Los restos caen al agua y no se recuperan.
La frase
El comandante del mando norte declara públicamente que no ha descartado ninguna hipótesis sobre la naturaleza de los tres últimos objetos. La frase da la vuelta al mundo.
El matiz
La Casa Blanca precisa que la hipótesis principal es que se trate de globos comerciales, científicos o de aficionados, sin relación con actividad hostil.
La explicación técnica
Se hace público que los radares de vigilancia habían sido reajustados para detectar objetos más pequeños y lentos, lo que multiplicó los contactos que antes se filtraban como ruido.
El filtro del radar: la explicación que nadie quiso poner en titular
Aquí está la carne del asunto, y voy a explicarlo con calma porque es de las cosas más útiles que se pueden aprender en este oficio.
Un radar de vigilancia aérea no te enseña «lo que hay en el cielo». Te enseña lo que has decidido que te enseñe. Los ecos de radar incluyen bandadas de pájaros, insectos, turbulencia atmosférica, inversiones térmicas, coches en una autopista y globos de todo tipo. Si el operador viera todo eso, no vería nada útil. Así que se aplican filtros: por tamaño de la señal, por velocidad mínima, por altitud, por comportamiento. Todo lo que queda por debajo del umbral se descarta antes de llegar a la pantalla.
Durante décadas, esos filtros estuvieron calibrados para un enemigo concreto: aviones y misiles. Cosas grandes, rápidas y con rumbo. Un objeto pequeño flotando a treinta nudos era, por definición de la máquina, basura.
Después del bochorno del globo chino, alguien dio la orden evidente: bajen los umbrales. Y al bajarlos, aparecieron cosas. Muchas. No porque hubieran llegado esa semana, sino porque llevaban años ahí y la máquina las estaba tirando a la papelera antes de dibujarlas.
No se llenó el cielo de objetos. Se dejó de borrarlos. Es la diferencia entre una invasión y unas gafas nuevas.
Esto tiene una consecuencia que va mucho más allá de febrero de 2023, y es la razón por la que este expediente me parece importante. Durante setenta años, la respuesta oficial estándar a cualquier avistamiento fue «no consta nada en el radar». Ahora sabemos por qué no constaba: porque el radar estaba configurado para no contarlo. Eso no convierte a los objetos en naves. Convierte a setenta años de «no consta nada» en una afirmación mucho menos tranquilizadora de lo que parecía.
Sin necesidad de marcianos: qué eran, con casi total seguridad
La hipótesis oficial, y la más razonable con diferencia, es que los tres objetos no identificados eran globos. Y no globos espía: globos corrientes.
Hay un mundo entero ahí arriba del que casi nadie sabe nada. Globos meteorológicos institucionales, que se lanzan por centenares cada día. Globos de investigación universitaria. Globos publicitarios. Y, sobre todo, los pico globos: cacharros de radioaficionado de un par de metros, con una carga útil de unos pocos gramos, un transmisor diminuto y un panel solar, que dan la vuelta al mundo varias veces flotando a diez o doce mil metros. Los lanzan clubes de aficionados. Son legales, son baratos y publican sus posiciones en internet.
Y aquí viene el detalle que me encanta: un club de radioaficionados estadounidense informó de que uno de sus pico globos dejó de emitir en aquellas fechas mientras sobrevolaba precisamente la zona por la que pasó uno de los objetos derribados. No está confirmado que fuera el mismo. Pero la coincidencia geográfica y temporal es notable, y el escenario resultante es de un absurdo perfecto: un caza de última generación, con un misil que cuesta más que un piso, derribando un globo de aficionado de doce dólares sobre el Yukón.
- El tamaño reportado —del orden de un coche pequeño, o menos— encaja con un globo, no con una aeronave.
- La ausencia total de firma de propulsión encaja con un globo.
- La deriva a la velocidad del viento a esa altitud encaja con un globo.
- Que los cuatro derribos ocurrieran en nueve días, justo después de reajustar los filtros, encaja con un cambio de sensibilidad y no con un cambio del cielo.
- Y que el misil del lago Hurón fallara el primer disparo encaja, tristemente, con un blanco pequeño, frío y sin motor: un misil de guiado infrarrojo busca calor, y un globo no tiene.
4
en nueve días
1de 4
solo el globo chino
5
uno falló sobre el Hurón
Entonces, ¿dónde está el problema?
El problema no es lo que eran. El problema es todo lo demás, y es de manual.
Primero: no se recuperó nada. Tres objetos derribados, cero restos. Alaska en febrero, un bosque nevado del Yukón y un lago de los Grandes Lagos en invierno son escenarios de recuperación durísimos, de acuerdo. Pero el resultado práctico es que la identificación de los tres se apoya en una inferencia, no en un trozo de material sobre una mesa. Cuando un Estado dice «probablemente eran globos» sin enseñar un globo, está pidiendo confianza, no aportando prueba.
Segundo: la frase. El comandante del mando norte declaró en rueda de prensa que no descartaba ninguna hipótesis. Fue una respuesta técnicamente impecable —no descartar es lo correcto cuando no tienes el objeto— y catastrófica en términos de comunicación, porque medio planeta lo tradujo por «el Pentágono no descarta que fueran extraterrestres». Dos días después hubo que sacar a alguien de la Casa Blanca a poner paños calientes. Esa secuencia es exactamente lo que alimenta la desconfianza: primero un militar dice la verdad incómoda, luego un cargo político la matiza, y el público se queda con que le han corregido a alguien.
Y tercero, el que a mí me quita el sueño: el coste de la decisión. Se emplearon cazas de superioridad aérea y misiles de un cuarto de millón de dólares contra objetos no identificados de los que no se sabía nada. Sobre territorio propio y sobre territorio aliado. Sin conocer su naturaleza, su procedencia ni su carga. Si aquello eran globos de aficionado, se disparó a ciegas. Y si no lo eran, se destruyó la prueba y se dejó caer al agua.
El mundo de los globos, que es enorme y nadie mira
Voy a insistir en esto porque me parece la parte más desatendida y la más divertida.
Sobre nuestras cabezas, todos los días, hay una cantidad de goma y poliéster flotando que si la vieran de golpe no dormirían. Los servicios meteorológicos de medio planeta sueltan radiosondas dos veces al día, a las mismas horas, desde centenares de estaciones. Cada una sube hasta reventar a treinta y tantos kilómetros y baja en paracaídas a donde le da la gana. Nadie las recoge. Nadie las cuenta cuando caen.
Súmele los globos de investigación estratosférica, que son bestias del tamaño de un estadio y llevan telescopios; los globos de operadores privados que ofrecen conectividad o imagen; los de las universidades, que lanzan proyectos de estudiantes con cámaras GoPro; y la comunidad de radioaficionados, que se ha montado un pasatiempo consistente en dar la vuelta al mundo con una bolsa de plástico metalizado y dos gramos de electrónica. Hay gente que lleva su globo por la séptima circunnavegación y lo comparte en un mapa público.
Todo eso vuela sin plan de vuelo, sin transpondedor y sin obligación de avisar a nadie, porque durante décadas nadie lo consideró un problema. Y ahora resulta que un sistema de defensa aérea que se toma en serio los objetos pequeños y lentos se encuentra, de golpe, con que el cielo está lleno de tráfico que no responde a nada.
En idioma Astro: durante setenta años nos han dicho que no había nada raro en el cielo, cuando lo cierto es que el cielo estaba lleno de cosas raras y absolutamente banales, y nadie las contaba porque a nadie le tocaba contarlas. La sorpresa de febrero de 2023 no fue de los ciudadanos. Fue de los militares.
La pregunta que sí me parece grave
Y ahora, si me permiten, la parte incómoda, que no va de misterio sino de responsabilidad. Que es donde siempre acabo.
Un globo chino del tamaño de tres autobuses entró por las Aleutianas y cruzó los Estados Unidos de costa a costa durante casi una semana. A la vista. Fotografiado por vecinos con teléfonos móviles desde el patio de su casa. Sobrevolando, entre otras cosas, un estado donde hay campos de silos de misiles.
La pregunta no es por qué lo derribaron tarde. La pregunta es cómo entró. Y la respuesta, que se dio con la boca pequeña, es exactamente la misma que explica todo lo demás: porque el sistema estaba configurado para no verlo. Un objeto grande pero lento y sin firma de motor caía por debajo del umbral. La defensa aérea más cara de la historia de la humanidad tenía un punto ciego con forma de globo, y ese punto ciego era de diseño, no de avería.
Eso sí es un fallo de seguridad nacional, y a mí me interesa muchísimo más que la naturaleza de tres cacharros en el fondo de un lago. Nadie ha rendido cuentas por ello. Se corrigieron los filtros, se derribaron cuatro cosas para demostrar reflejos, se aguantó una semana de titulares y se pasó página. Es el patrón administrativo de siempre: se arregla la máquina, no se explica el criterio.
Y si hablamos de responsabilidades, todo el mundo se pone nervioso. Ya saben lo que pienso del nerviosismo: pita donde hay hierro, oro o miedo. Aquí pitó bastante.
La lección de vocabulario, que es la que hay que llevarse a casa
Febrero de 2023 hizo por el lenguaje de este asunto más que veinte años de conferencias.
Por primera vez, un gobierno occidental utilizó en rueda de prensa la expresión «objeto no identificado» sin ironía, sin comillas y sin reírse. No como concesión a nadie: como descripción operativa exacta de una situación real. Un objeto que no se ha identificado es, literalmente, un objeto no identificado. Punto.
Y eso reveló algo que llevábamos décadas sin ver: que el término nunca significó «nave alienígena». Significaba lo que dice. Fuimos nosotros —el público, la prensa, media ufología— quienes lo cargamos de un significado que no tenía, y después nos quejamos de que las instituciones no lo usaran. Cuando por fin lo usaron, resultó que designaba globos.
Esa es la jaula doble de siempre. La jaula del «lo llaman objeto no identificado, luego saben que hay naves». Y la jaula del «lo llaman objeto no identificado para no decir globo». Ninguna de las dos escucha lo que la palabra dice. He desarrollado esta misma idea, aplicada al lenguaje de los informes anuales, en el expediente del informe histórico de AARO.
Un F-22 de ciento cincuenta millones de dólares persiguiendo un globo de radioaficionado sobre el Yukón. Si eso no es un retrato del siglo XXI, amigos, yo ya no sé qué lo es.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Se evita expresamente atribuir al Departamento de Defensa la afirmación de que los objetos pudieran ser de origen extraterrestre: lo declarado fue que no se descartaba ninguna hipótesis. La coincidencia con el pico globo de radioaficionados se presenta como coincidencia no confirmada.