Zugarramurdi y el auto de fe de Logroño: once personas quemadas y un inquisidor que dijo basta
En noviembre de 1610 ardieron once personas de un valle navarro. Dos años después, uno de sus propios jueces escribió el informe que acabó con la caza de brujas en España. Y de paso demostró que la palabra akelarre la habían inventado ellos.
Entre 1609 y 1610, el tribunal de la Inquisición de Logroño instruyó un proceso masivo por brujería en la comarca de Zugarramurdi y Urdax, en el norte de Navarra, contagiado por la persecución que Pierre de Lancre dirigía al otro lado de la frontera. El auto de fe de los días 7 y 8 de noviembre de 1610 juzgó a 53 reos, 31 de ellos por brujería, y relajó al brazo secular a once personas: seis fueron quemadas en persona y cinco en efigie por haber muerto ya en prisión. Uno de los tres inquisidores, Alonso de Salazar y Frías, recorrió después la comarca al amparo del Edicto de Gracia de 1611 y presentó en 1612 y 1613 sendos memoriales concluyendo que no había prueba alguna de los hechos juzgados. Las Instrucciones de 1614 recogieron sus tesis y pusieron fin a las ejecuciones inquisitoriales por brujería en España.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha tecnica
OSINT - Trazabilidad
Red de inteligencia
Este expediente lo escribo de otra manera. Aquí no hay ironía que valga, porque aquí hay muertos con nombre.
Zugarramurdi es un pueblo pequeño del norte de Navarra, pegado a la frontera, con una cueva enorme que atraviesa un arroyo. Es un sitio precioso y es, desde hace cuatro siglos, el escenario de la historia que la mayoría de la gente de este país conoce mal. Vamos a repasarla con papeles, que es lo único que sé hacer, y con el respeto que merece un lugar que todavía guarda memoria de lo que pasó.
Cómo empieza: una chica que vuelve de servir
A finales de 1608, una joven llamada María de Ximildegui, de unos veinte años, vuelve a Zugarramurdi después de dieciocho meses sirviendo en Ciboure, al otro lado de la muga, en el Labourd francés. Y trae algo consigo.
Trae el pánico. Porque en el Labourd, ese mismo año de 1609, el consejero del Parlamento de Burdeos Pierre de Lancre había recibido de Enrique IV el encargo de limpiar la comarca de brujería. De Lancre era un hombre convencido, meticuloso y con una alta opinión de su propio trabajo; luego lo contaría todo en dos libros. El número de víctimas que dejó tras de sí lleva siglos discutiéndose entre historiadores, y las cifras que circulan proceden en buena medida de su propia propaganda. Pero el efecto sobre la comarca vecina no se discute: el miedo cruzó la frontera antes que nadie.
María de Ximildegui declara haber participado en brujerías. Señala a vecinas. Y aquí es donde la máquina se pone en marcha, y donde conviene mirar despacio, porque el mecanismo es idéntico al de cualquier caso moderno de contagio de testimonios.
Cronología del proceso
Vuelve María de Ximildegui
Regresa a Zugarramurdi tras dieciocho meses de servicio en Ciboure y confiesa haber participado en brujerías.
Llega el informe a Logroño
El tribunal de la Inquisición recibe el informe de su comisario y ordena las primeras cuatro detenciones.
Van ellas mismas
Graciana de Barrenechea y sus dos hijas se presentan en Logroño reclamando justicia contra las acusaciones. Acaban encarceladas.
El cuestionario
La Suprema responde al tribunal con un cuestionario de catorce preguntas. La maquinaria burocrática empieza a fabricar el molde de las respuestas.
Nace la palabra
Primera aparición documentada del término aquelarre, en una carta del tribunal de Logroño a la Suprema. No venía del pueblo: salió de un despacho.
Entra Salazar
Alonso de Salazar y Frías se incorpora como tercer inquisidor del tribunal de Logroño. Llega tarde, y eso lo cambiará todo.
La visita del inquisidor Valle
Juan del Valle Alvarado recorre la zona y vuelve con denuncias contra unas trescientas personas. Traslada a unas cuarenta.
La sentencia
Los inquisidores votan culpabilidad para veintinueve acusados. Salazar vota en contra de al menos una condena a muerte por falta de pruebas.
La procesión
Víspera del auto de fe.
El auto de fe
Durante los días 7 y 8 se leen las sentencias en Logroño ante una multitud que las fuentes estiman en decenas de miles de personas. Once relajados: seis quemados en persona y cinco en efigie, ya fallecidos en las cárceles.
El Edicto de Gracia
La Suprema ordena una visita de inspección con un edicto que invita al arrepentimiento sin castigo.
Salazar sale al camino
Comienza su visita en solitario por el norte de Navarra, Gipuzkoa y Bizkaia. Durará unos ocho meses.
El primer memorial
Salazar entrega a la Suprema el informe que desmonta el proceso entero.
El segundo memorial
Insiste, califica las acusaciones de ridículas y denuncia los métodos de coacción de sus propios colegas.
Las Instrucciones
La Suprema remite a Logroño la Instrucción en materia de brujos, que recoge casi todas las tesis de Salazar. Es el final de las ejecuciones inquisitoriales por brujería en España.
Las cifras del auto de fe
La fuente primaria aquí es la relación impresa del auto de fe que editó Juan de Mongastón en Logroño en 1611. Es lo que hay, y es bueno. De ahí salen estos números:
53
31 de ellos por brujería
11
6 quemados en persona, 5 en efigie
Hay que explicar qué significa «quemado en efigie», porque suena a formalismo y no lo es. Significa que la persona ya había muerto en las cárceles secretas antes del auto, y que aun así se quemaron sus restos y un muñeco que la representaba. Cinco de las once personas relajadas al brazo secular no llegaron vivas al día de su ejecución. Murieron esperando en prisión.
Del reparto por sexos, la relación da cinco hombres y seis mujeres entre los once. Sobre el número de reconciliados hay discrepancia entre fuentes —la relación de Mongastón da veintiuno; otras referencias dan dieciocho— y no la voy a resolver aquí a base de fe: son entre dieciocho y veintiuno, y quien quiera cerrarlo tendrá que ir al legajo.
Algunos nombres, porque las cifras solas son una forma elegante de olvidar: María de Zozaya, quemada en persona pese a haber confesado, por considerarla el tribunal maestra y dogmatizadora. Graciana de Barrenechea, la mujer que había ido por su propio pie a Logroño a reclamar justicia, muerta en prisión y quemada en efigie. Estevanía de Petrisancena, también muerta en prisión. María de Arburu, quemada, y sobre cuya condena a muerte consta que Salazar votó en contra por falta de pruebas.
La palabra que inventaron ellos
Aquí viene el hallazgo que a mí, como vasco y como pesado de los papeles, me parece el más importante de todo el expediente. Y se lo debemos al historiador danés Gustav Henningsen.
La palabra «aquelarre» no es folclore ancestral vasco. Es una construcción erudita de comienzos del siglo XVII.
Etimológicamente se compone de aker, macho cabrío, y larre, prado: el prado del macho cabrío. Suena antiquísimo. Suena a memoria oral de generaciones. Y sin embargo, su primera documentación conocida es una carta del tribunal de Logroño a la Suprema fechada el 22 de mayo de 1609, en la que los inquisidores hablan de recabar informes sobre juntas y aquelarres. Henningsen acota su creación a una ventana de unos tres meses, entre febrero y mayo de 1609, y apunta como probable responsable al inquisidor Juan del Valle Alvarado.
Es decir: lo que empezó siendo probablemente un topónimo concreto —un prado, en un sitio— se convirtió, por obra y gracia de un funcionario que necesitaba una categoría administrativa, en el nombre genérico de una ceremonia diabólica que después ha llenado cuadros, novelas, películas y camisetas.
Existe además una hipótesis etimológica alternativa, minoritaria pero interesante, propuesta a mediados del siglo XX: que el original fuese alkelarre, de alka, el nombre local de una hierba, más larre. El prado donde crece la alka. Un sitio para llevar el ganado, no para adorar a nadie. Si esa vía fuera la buena, la etimología caprina sería ya una reinterpretación inquisitorial. No está resuelto. Pero merece figurar.
Buena parte del folclore vasco de brujas que hoy se vende como ancestral fue redactada, literalmente, por sus perseguidores.
Alonso de Salazar y Frías, y por qué llegar tarde le salvó la cabeza
El tribunal de Logroño lo formaban tres hombres. Alonso Becerra Holguín, del hábito de Alcántara, que lo presidía. El licenciado Juan del Valle Alvarado, el de la visita y probablemente el de la palabra. Y el licenciado Alonso de Salazar y Frías, jurista formado en cánones en Salamanca y Sigüenza, que se incorporó en junio de 1609.
Ese detalle cronológico, que parece administrativo, es la clave de toda la historia. Salazar llegó cuando los interrogatorios de los acusados principales ya se habían hecho. No participó en ellos. No firmó aquellas actas. No tenía nada que defender. Y por eso pudo hacer lo que sus dos colegas ya no podían: leer el expediente como un forastero.
Cuando en 1611 llegó el Edicto de Gracia —una invitación al arrepentimiento sin castigo—, salió él solo al camino. Mayo de 1611. Unos ocho meses recorriendo el norte de Navarra, Gipuzkoa y Bizkaia, sin sus compañeros, tomando declaración a todo el que quisiera hablar.
Volvió con esto:
- 1.802 confesiones de brujería recogidas.
- De ellas, 1.384 correspondían a niños. Niños de siete a catorce años, aproximadamente, según la horquilla que dan las fuentes.
- Más de 5.000 nombres de personas denunciadas que jamás comparecieron ante el Santo Oficio.
- Actas de audiencia que llenaban más de 11.000 páginas.
- Y 81 revocaciones: gente que se desdecía de lo que había confesado antes.
Fíjate en lo que hizo con eso, porque es un movimiento intelectual precioso. En vez de discutir teología, discutió estadística. Once mil páginas de confesiones dan para un análisis que ninguna confesión individual permite: mirar si los relatos varían, si dependen de quién pregunta, si aparecen antes o después de que alguien haya hablado del asunto en el pueblo. Salazar convirtió el volumen del expediente en su propio argumento.
Primer memorial de Alonso de Salazar y Frías
Documento · 24 de marzo de 1612
De Salazar se cita siempre una frase, y hay que citarla con cuidado porque circula en dos variantes que no coinciden. En la versión que recoge Henningsen dice que no hubo brujos ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y hablar de ellos. En la versión más difundida en prensa, el verbo final es «escribir» en lugar de «hablar», y aparecen brujas en femenino. No he podido cotejar el manuscrito original, así que la doy como lo que es: la formulación que transmite su principal editor moderno, no una transcripción certificada del legajo.
Diga «hablar» o diga «escribir», la idea es la misma y es demoledora para su época y para la nuestra: el discurso crea el delito. Primero se instala la categoría, después aparecen los culpables que la rellenan.
Lo que consiguió, y lo que no
El 29 de agosto de 1614, la Suprema remitió al tribunal de Logroño una Instrucción en materia de brujos que incorporaba casi todas las tesis de Salazar: requisitos probatorios estrictos que en la práctica hacían la brujería imposible de demostrar, la orden de que los sambenitos no quedaran expuestos en las iglesias —lo que evitaba el estigma perpetuo sobre las familias— y medidas de reparación para las víctimas del auto de 1610.
El resultado histórico es enorme: el fin de las ejecuciones inquisitoriales por brujería en España, décadas antes que en buena parte de Europa.
Esto último es importante y no conviene endulzarlo. La institución que paró la matanza es la misma que la había organizado. Y la paró porque uno de los suyos demostró, con su propio procedimiento, que el expediente no se sostenía. Eso no redime a la Inquisición. Convierte a Salazar en un caso rarísimo: el funcionario que audita a su propia casa y gana.
Zugarramurdi hoy
El pueblo tiene desde el 20 de julio de 2007 un Museo de las Brujas, instalado en el antiguo hospital, un edificio que la familia Dutaria fundó en 1788. Y es importante decir cómo está planteado: no como una casa del terror, sino como memorial de las víctimas de una persecución. La comunidad local ha sido crítica, y con razón, con los tratamientos folclorizantes que convierten a once personas ejecutadas en atrezo.
La celebración tradicional documentada en las cuevas es el zikiro-jate, la comida popular de carnero asado que se hace cada 18 de agosto. Comida, fuego y gente. Nada esotérico. Nada que necesite explicación.
Y el arroyo que atraviesa la cueva se llama Infernuko Erreka, la regata del Infierno. El nombre es antiguo y es hermoso, y probablemente no tenga nada que ver con lo que el tribunal de Logroño quiso leer en él. Los topónimos son así: llevan siglos ahí, y de vez en cuando alguien llega de fuera y decide que significan otra cosa.
Más en la ficha de Alonso de Salazar y Frías. Y si te interesa cómo una institución cierra un expediente que su propio material no respalda, no te pierdas el Informe Condon: mismo problema, tres siglos y medio después, y esa vez el auditor perdió.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Se marca v1 porque los hechos procesales constan en documentación de archivo y en una relación impresa contemporánea. Las cifras de la visita de Salazar corresponden a confesiones recogidas, no a personas reconciliadas: son 1.802 confesiones, de las cuales 1.384 de menores, y 290 reconciliados. No se aporta el número de kilómetros recorridos en la visita porque no consta en ninguna fuente consultada. No se consigna cifra de víctimas de Pierre de Lancre por estar historiográficamente discutida.