Las caras de Bélmez: cincuenta años de rostros en el suelo y ni una sola muestra bien tomada
Un pueblo de Jaén, una cocina de cemento y el fenómeno paranormal más famoso de España. La historia real no va de rostros: va de análisis mal hechos, sobrecitos de azúcar y una fregona.
El 23 de agosto de 1971 apareció en el suelo de cemento de la cocina de María Gómez Cámara, en Bélmez de la Moraleda, una mancha con forma de rostro. Siguieron muchas más durante décadas, bautizadas como teleplastias. El caso acumuló análisis contradictorios, un premio de parapsicología, un estudio sociológico universitario y un aval notarial. En 2004, tras la muerte de la protagonista, aparecieron nuevas caras en otra casa del pueblo en circunstancias descritas por testigos presentes como una fabricación deliberada.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha tecnica
OSINT - Trazabilidad
Red de inteligencia
Bélmez de la Moraleda, provincia de Jaén. Calle Real, número 5. El 23 de agosto de 1971, María Gómez Cámara está cocinando y ve en el suelo de cemento de su cocina una mancha con forma inequívoca de rostro humano. A partir de ahí, medio siglo de historia española del misterio.
Voy a contarte este caso como se cuentan los casos en esta casa: siguiendo la cadena de custodia. Y te adelanto la conclusión, porque no me gusta hacer perder el tiempo: el problema de Bélmez no es que sea un misterio insondable. El problema de Bélmez es que en cincuenta años nadie tomó una muestra en condiciones. Ni los creyentes ni los escépticos. Nadie.
Cronología
La primera cara
María Gómez Cámara advierte una mancha con forma de rostro en el suelo de cemento de su cocina. Alguna fuente divulgativa da otra fecha de septiembre, pero la canónica en la bibliografía es esta.
El albañil
Sebastián Fuentes León raspa la mancha y aplica yeso. Según los protagonistas, la cara reaparece días después.
Entra el Estado
Una comisión del Ministerio de la Gobernación viaja a investigar. La encabeza José Luis Jordán Peña, vicepresidente de la Sociedad Española de Parapsicología. Retén ese nombre.
La prensa
Primera noticia en prensa local.
La avalancha
En Semana Santa llegan cientos de visitantes. El pueblo descubre que el misterio da de comer.
Se acabó el misterio
El diario Pueblo publica un reportaje con ese titular. El químico Ángel Viñas apunta a nitrato y cloruro de plata. El matiz decisivo: la conclusión se alcanza observando ampliaciones fotográficas, no analizando el suelo.
La lectura sociológica
Manuel Martín Serrano, catedrático de la Complutense, publica Sociología del milagro: las caras de Bélmez. No estudia el suelo: estudia la creencia.
El CSIC, primera vez
Un informe de J. J. Alonso publicado en Psi Comunicación da resultados ambiguos y detecta un compuesto melanocrático. De paso certifica que la célebre marca llamada El Pelao era la suela de un zapato impresa en el cemento.
Un premio
Germán de Argumosa recibe el premio de la Sociedad Suiza de Parapsicología por el caso. Dedicó dos años a Bélmez y no publicó nada sustancial.
El Instituto de Cerámica y Vidrio
Se analizan dos muestras de 30 y 60 miligramos entregadas por el equipo del padre J. M. Pilón. Aparecen cinc, bario, cobre, cromo, fósforo y plomo. Conclusión: no se hallaron restos de pintura.
Muere la protagonista
Fallece María Gómez Cámara, a los 85 años.
La fregona
Francisco Máñez relata cómo Pedro Amorós mojó con una fregona el suelo de otra casa del pueblo y esperó a que se secara. Aparecieron manchas que recordaban a rostros.
El destape
El Mundo publica que las nuevas caras están falsificadas.
El juzgado
Se difunde que el Juzgado de Primera Instancia n.º 3 de San Vicente del Raspeig rechaza las medidas cautelares solicitadas contra el periodista Javier Cavanilles, con costas al demandante.
El dossier
Javier Cavanilles y Francisco Máñez publican Los Caras de Bélmez. El juego de palabras del título es deliberado.
El museo
El Ayuntamiento inaugura un Centro de Interpretación de las Caras en la antigua escuela, con fondos europeos, provinciales y municipales.
La palabra mágica: «teleplastia»
En cuanto un fenómeno consigue una palabra propia, ha ganado media batalla. Bélmez consiguió la suya: teleplastia, entendida como proyección de formas causada por una energía desconocida. Se atribuye habitualmente su acuñación en este caso a Germán de Argumosa, filósofo y pionero de la parapsicología en España, aunque en la bibliografía también aparece asociada a José Martínez Romero, y el término tiene además raíces anteriores en la parapsicología europea. Digamos que Argumosa y Martínez Romero la popularizaron. Acuñarla es otra cosa, y no la doy por probada.
Detalle que dice mucho: Argumosa dedicó dos años al caso y no publicó nada sustancial. Recibió un premio suizo de parapsicología en 1977 por él. Y con el tiempo llegó a considerar que el libro de Martínez Romero desacreditaba el asunto. El principal avalista del misterio se quedó sin publicar y descontento. Eso, en cualquier disciplina, es una señal.
Poner nombre a lo que no entiendes no lo explica. Solo lo hace más difícil de abandonar.
El mito del «informe del CSIC»
Vas a oír mil veces que «el CSIC investigó las caras y no encontró explicación». Es falso tal como se cuenta, y merece la pena desmontarlo pieza a pieza porque es un ejemplo perfecto de cómo se infla una fuente.
Los resultados del Instituto de Cerámica y Vidrio de septiembre de 1990 son los que más se citan: dos muestras minúsculas, de 30 y 60 miligramos, entregadas por el equipo del padre J. M. Pilón. Ensayos granulométrico, mineralógico y químico. Aparecen cinc, bario, cobre, cromo, fósforo y plomo en distintas proporciones. Y la frase que se ha convertido en bandera: no se hallaron restos de pintura en ningún punto. Pilón lo publicó en Más Allá en 1992; Tort y Ruiz-Noguez lo discutieron en el Journal de la Society for Psychical Research en 1993.
Ahora la parte que nadie cita. Existe otro análisis, citado del lado escéptico, que concluye que aquello era hormigón corriente y moliente. ¿Y sabes cuál es la objeción que el propio autor escéptico reconoce contra su propio resultado? Que el laboratorio ignoraba por completo cómo se habían tomado las muestras, entregadas en un sobrecito de azúcar de cafetería.
Y ahí está mi punto, que probablemente moleste a las dos parroquias por igual. Durante cincuenta años, creyentes y escépticos se han tirado a la cabeza resultados de laboratorio que no valen nada, porque nadie se tomó la molestia de hacer lo aburrido: un acta de recogida, un testigo, una fotografía del punto exacto y una contramuestra precintada. Todo eso lo hace cualquier perito de seguros para una gotera. Aquí no se hizo para el fenómeno paranormal más famoso del país.
Un apunte más, y este sí que es documental. Ese mismo informe de 1975 del CSIC certificó que una de las marcas más celebradas del suelo, la conocida como El Pelao, no era una teleplastia ni nada parecido: era la suela de un zapato impresa en el cemento. En cincuenta años de mitología, ese dato ha aparecido en un número asombrosamente bajo de reportajes.
El expediente que nunca se escribió
Aquí hay un agujero que me obsesiona, y no es paranormal: es bibliográfico.
Germán de Argumosa fue el principal avalista científico del caso. Filósofo, profesor universitario, pionero de la parapsicología en España, hombre con crédito. Dedicó dos años a Bélmez. Recibió por ello un premio internacional en 1977. Participó en grabaciones de psicofonías que dieron pie a un reportaje titulado Las caras hablan en el diario Pueblo.
¿Y su monografía? ¿Su informe? ¿Su corpus de datos? No existe. Dos años de trabajo de campo sobre el fenómeno paranormal más famoso del país y no hay una obra sustancial que consultar. Es una ausencia clamorosa, y en cualquier disciplina significa una de dos cosas: o no se pudo escribir porque no había material, o se escribió y no convenció a su propio autor.
El parapsicólogo alemán Hans Bender, de Friburgo, una de las grandes figuras europeas de la disciplina, también avaló el caso. Y aquí viene lo delicado: basó buena parte de su aval en los ligeros cambios de configuración que las imágenes habrían experimentado durante el periodo bajo precinto notarial.
Ese es, casualmente, el punto más débil de todo el expediente. Porque los escépticos demostraron algo elemental: es perfectamente posible realizar dibujos con sustancias que se hacen visibles de forma gradual. Es decir, el fenómeno que el notario certificó es reproducible. Y un fenómeno reproducible por medios ordinarios no puede ser, a la vez, la prueba de que no hay medios ordinarios implicados.
Añade el dato que remata: el propio notario manifestó después creencias personales en fenómenos paranormales. Eso no lo convierte en cómplice de nada. Un notario da fe de lo que ve, no de por qué ocurre, y ese es exactamente el problema de usar un acta notarial como prueba científica. El notario certifica que la mancha cambió. No certifica que no la pintaran. Son dos frases muy distintas y llevan cincuenta años confundiéndose.
Un acta notarial no es un peritaje. Es la fotografía de un momento hecha por alguien que no estaba allí cuando pasó lo importante.
Sin necesidad de fantasmas: qué explica el caso
- Pareidolia. El cerebro humano detecta rostros donde no los hay: es un sesgo perceptivo con base evolutiva y sobradamente documentado. Una superficie de cemento manchada es un lienzo perfecto.
- Intervención directa. Nitrato y cloruro de plata, sensibles a la luz, permiten dibujos que se revelan lentamente. La fotografía infrarroja de una de las caras, realizada por Ramos Perera, mostró pigmentación añadida y cerdas de pincel.
- El cambio de estilo. Las caras de los años setenta y las posteriores presentan una factura notablemente distinta. Indicio clásico de manos distintas.
- El acta notarial no prueba lo que se dice. Se certificó que las imágenes cambiaban bajo precinto. Los escépticos demostraron que es perfectamente posible realizar dibujos que se hacen visibles de forma gradual: es decir, el fenómeno certificado es reproducible. Hans Bender, el parapsicólogo alemán, basó buena parte de su aval precisamente en ese punto, que resulta ser el más débil del expediente.
- Incentivo económico continuado. Durante treinta y tres años la casa atrajo un flujo constante de visitantes que sostuvo la hostelería local. La marca «Caras de Bélmez» llegó a registrarse en la Oficina Española de Patentes y Marcas en 2005.
Cavanilles y Máñez, en Los Caras de Bélmez, van más lejos y sostienen que fue fraude desde el primer día, atribuyendo la autoría material a un hijo de María Gómez. Es una tesis fuerte que se apoya en documentación abundante. Yo la consigno como lo que es: la hipótesis más sólida disponible para la serie original, no una condena firme.
2004: cuando el fraude se hizo en directo
Para la serie de 1971 tenemos indicios muy sólidos. Para lo que pasó en 2004 tenemos algo mejor: flagrancia.
Muerta María Gómez en febrero de 2004, empezaron a aparecer nuevas «teleplastias» en otra casa del pueblo. Las investigaba Pedro Amorós, presidente de una sociedad de investigaciones parapsicológicas. Las nuevas caras eran mucho más vagas y dependían casi por completo de la interpretación del observador.
En noviembre de 2004, El Mundo publicó el destape. Se comprobó además que varias credenciales atribuidas al investigador no se sostenían: ni pertenencia al instituto SETI, ni colaboración con la BBC, ni implicación reconocida por la CNN. Hubo demanda contra el periodista Javier Cavanilles pidiendo una indemnización y medidas cautelares para prohibir futuras publicaciones. El Juzgado de Primera Instancia n.º 3 de San Vicente del Raspeig las rechazó, con costas al demandante, en una resolución difundida el 31 de marzo de 2006. El tribunal consideró que no había intromisión en el derecho al honor y que la medida vulneraría los derechos a la información y a la expresión.
Que un juzgado defienda el derecho a decir «esto es un fraude» no convierte automáticamente al fraude en probado. Pero cuando alguien intenta prohibir por vía judicial que se siga publicando sobre él, uno tiende a mirar con más atención.
La coincidencia que me eriza el pelo
Te dije que retuvieras un nombre. Aquí va.
La comisión que el Ministerio de la Gobernación mandó a Bélmez en 1971 la encabezaba José Luis Jordán Peña. El mismo hombre que, veintidós años después, confesaría por escrito ser el autor del fraude UMMO.
No estoy insinuando que Jordán Peña pintara las caras. No hay ni un dato que lo sugiera, y no invento. Lo que digo es otra cosa, y es peor: que el Estado español, para peritar su fenómeno paranormal más sonado, mandó al hombre que en ese mismo momento estaba montando el fraude documental más elaborado del país. Nadie lo comprobó. Nadie preguntó. Se fiaron del cargo.
Cuando el Estado nombra a un experto, no está certificando su competencia. Está delegando su pereza.
Y el pueblo, que es lo que menos se cuenta
Aquí bajo el tono, porque toca. Bélmez de la Moraleda es un pueblo pequeño de la sierra de Jaén, y durante décadas ha convivido con un fenómeno que le trajo visitantes, discusiones, cámaras de televisión y una fama que no pidió. La casa de la calle Real permanece cerrada desde la muerte de la propietaria; su hijo Miguel dice que desde entonces las caras apenas aparecen. En 2013 el Ayuntamiento abrió un Centro de Interpretación en la antigua escuela.
Reírse del pueblo sería estúpido y bastante cobarde. Un pueblo no fabricó esto: se lo encontraron encima y le sacaron el partido que cualquiera le habría sacado. Los responsables de que un asunto de cocina y cemento se convirtiera en cincuenta años de confusión no viven en Bélmez. Viven en las redacciones, en los platós y en los despachos que mandaron una comisión sin peritos.
Si te interesa el mecanismo de fabricación de mitos, sigue por el caso UMMO, por la genealogía de los Hombres de Negro y por la ficha de José Luis Jordán Peña.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
El día exacto del fallecimiento de María Gómez Cámara no se ha podido confirmar y se consigna solo el mes. La fecha inicial del 23 de agosto de 1971 es la canónica en la bibliografía, aunque alguna fuente divulgativa da una fecha distinta de septiembre. La cifra del coste del centro de interpretación no se incluye por no haber podido contrastarla con presupuesto oficial. Se menciona una confirmación posterior en el Tribunal Supremo en algunas fuentes: no se ha verificado y por tanto no se afirma.