Hombres de Negro: cómo se fabrica un arquetipo en cuarenta y cinco años
El único documento oficial que existe sobre los MIB dice que no son de la Fuerza Aérea y que quien se haga pasar por uno comete un delito federal. Todo lo demás lo escribió un vendedor de cine ambulante de Virginia Occidental que se lo estaba pasando en grande.
El arquetipo del Hombre de Negro puede reconstruirse documentalmente desde 1947 hasta 1997. Arranca con el fraude reconocido de Maury Island, se consolida con el cierre abrupto del club de Albert K. Bender en 1953 y adquiere su forma definitiva en el libro que Gray Barker publicó en 1956. Cuando Bender contó por fin su versión, en 1962, resultó ser una fantasía teosófica que no se parecía en nada al mito. La correspondencia privada de Barker, conservada en una biblioteca pública de Virginia Occidental, y el testimonio publicado de un colaborador acreditan que fabricaba ficción a sabiendas. El único documento oficial de toda la cadena es una carta de la Fuerza Aérea de 1967 que alerta de suplantadores.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha tecnica
OSINT - Trazabilidad
Vamos a hacer una autopsia. El cadáver es un arquetipo: el hombre de traje negro, cara inexpresiva, coche oscuro, que aparece en tu puerta después de que hayas visto algo y te sugiere educadamente que te calles. Está en el cine, en los cómics, en las series y en la cabeza de todo el mundo. Y se puede reconstruir pieza a pieza, con fechas, desde su origen hasta su estreno en taquilla.
Spoiler: en toda la cadena documental hay exactamente una carta oficial. Y dice justo lo contrario de lo que la gente cree.
La cronología del arquetipo
El precedente literario
Fred Lee Crisman publica una carta en la revista Amazing Stories, en el contexto del llamado misterio Shaver, contando que él y un compañero salieron a tiros de una cueva y que él tiene dos cicatrices de veintitantos centímetros. La revista Harper's la cita en septiembre como ejemplo de carta de chiflado. Retén ese nombre.
Maury Island
Harold A. Dahl dice haber visto seis objetos con forma de rosquilla sobre Puget Sound, tres días antes del avistamiento de Kenneth Arnold.
El primer hombre de negro
Dahl describe a un hombre alto y corpulento, con traje negro, que conducía un Buick nuevo de 1947, lo invitó a desayunar, le contó los detalles del avistamiento antes de que él los hubiera hecho públicos y le lanzó una advertencia velada sobre su familia.
Los dos oficiales
El capitán William L. Davidson y el teniente Frank M. Brown mueren al estrellarse su B-25 volviendo de investigar el caso. La leyenda ya tiene mártires.
Nace el club
Albert K. Bender funda la International Flying Saucer Bureau en el ático de su casa de Bridgeport, Connecticut, decorado con motivos de terror. Llegó a tener unos seiscientos socios.
Día del contacto mundial
Bender organiza un intento colectivo de contacto telepático a las seis de la tarde, hora del este.
La visita
Bender sitúa aquí la visita de tres hombres vestidos de negro que se comunicaron telepáticamente y le ordenaron dejar de publicar.
El cierre
Último número de Space Review. Bender anuncia que el misterio de los platillos ya no es un misterio, que la fuente se conoce pero la información está retenida por orden de una instancia superior, y aconseja a quienes trabajan en el tema que sean muy cautelosos. Luego cierra el club.
Nace el mito
Gray Barker publica They Knew Too Much About Flying Saucers. Es el libro que inventa a los Hombres de Negro tal como los conocemos.
Habla el testigo
Bender publica Flying Saucers and the Three Men, editado por Barker. Y cuenta algo completamente distinto a lo que había escrito su editor.
La declaración
El coronel George P. Freeman, portavoz de Project Blue Book, declara que hombres con uniformes de la Fuerza Aérea están silenciando a testigos y que no pertenecen a la Fuerza Aérea. La fuente no es un documento: es un artículo de revista de John Keel publicado en octubre.
El único papel
Carta del teniente general Hewitt T. Wheless, subjefe adjunto del Estado Mayor de la USAF, a todos los mandos. Asunto: suplantación de oficiales de la Fuerza Aérea.
Point Pleasant
La oleada del Mothman en Virginia Occidental, que culmina con el derrumbe del puente de plata el 15 de diciembre de 1967 y 46 muertos.
La teología
John A. Keel publica UFOs: Operation Trojan Horse. Los MIB dejan de ser agentes del Gobierno y pasan a ser manifestaciones de una inteligencia no humana.
El cómic
Aircel Comics publica el primer número de The Men in Black, de Lowell Cunningham y Sandy Carruthers. Tres números ese año.
La taquilla
Se estrena Men in Black, de Barry Sonnenfeld. Presupuesto de 90 millones de dólares. Recaudación mundial de más de 589 millones. El arquetipo ya es propiedad de todos.
Maury Island: el fraude fundacional
El primer hombre de negro del canon no aparece en 1953. Aparece el 22 de junio de 1947, y su expediente es un fraude reconocido casi por unanimidad, incluso entre los creyentes.
Harold A. Dahl, que se presentó como patrullero de puerto, contó que el día anterior había visto seis objetos con forma de rosquilla sobre Maury Island, en Puget Sound, y que uno de ellos empezó a expulsar lo que parecían miles de periódicos: escoria caliente que habría matado a su perro y herido a su hijo de quince años. Al día siguiente, el hombre del traje negro y el Buick del 47.
El FBI concluyó que Dahl y su socio Fred Crisman lo admitieron como una broma. La escoria era residuo de fundición. Y aquí llega el detalle que a mí me remata el caso: Crisman ya era un fabulador publicado un año antes. Su carta de 1946 a Amazing Stories, la de la cueva y la ametralladora, había salido en el ecosistema editorial de Ray Palmer. El mismo Ray Palmer que en 1947 contrató a Kenneth Arnold para investigar el caso de sus propios colaboradores.
Coda de las que no se inventan: el 21 de noviembre de 1968, el fiscal de Nueva Orleans Jim Garrison citó a Crisman ante el gran jurado en su investigación sobre el asesinato de Kennedy. Lo interrogó y lo dejó marchar. Hay gente que atraviesa la historia del siglo XX como una corriente de aire.
Bender: el testigo que contó otra cosa
Albert Kenneth Bender (Duryea, Pensilvania, 1921 – Los Ángeles, 2016) montó en 1952, en el ático de su casa de Bridgeport, el primer club civil de ovnis con proyección internacional. Publicaba un boletín, organizaba jornadas de contacto telepático colectivo y tenía unos seiscientos socios.
En octubre de 1953 lo cerró todo de golpe, con un último número en el que venía a decir que el misterio de los platillos ya no era un misterio, que la fuente se conocía pero que la información estaba retenida por orden de una instancia superior, y que aconsejaba a quienes trabajaban en el tema que fueran muy cautelosos.
Y ahora la parte que casi nadie ha leído, porque el libro es difícil de encontrar y bastante peor de defender. En 1962, Bender publicó por fin su versión completa, Flying Saucers and the Three Men, editada, prologada y epilogada por Gray Barker. ¿Y qué cuenta?
- Tres hombres de negro con ojos brillantes que se comunicaban por telepatía.
- Un viaje por proyección astral a una base alienígena subterránea bajo la Antártida.
- Un traslado a otro planeta, Kazik, cuyos habitantes iban desnudos, eran bisexuales, le implantaban pensamientos y lo untaban con un ungüento.
- Y unos extraterrestres que estaban en la Tierra extrayendo una sustancia del agua marina y que se marcharían en 1960.
Ahí está la clave de todo este expediente y es una maravilla estructural: el mito burocrático no está en el testimonio original. El agente gris, gubernamental, amenazante y de traje impecable no lo contó nunca el testigo. Lo construyó su editor, seis años antes, y sobrevivió intacto cuando el propio testigo lo contradijo por escrito. La versión oficiosa precedió y enterró a la versión del protagonista.
Un mito bien construido no necesita que el testigo lo confirme. Le basta con que el testigo llegue tarde.
Gray Barker, o el hombre que sabía que mentía
Gray Roscoe Barker (1925-1984), de Virginia Occidental, publicó en abril de 1956 They Knew Too Much About Flying Saucers. Doscientas cincuenta y seis páginas que empiezan con el monstruo de Flatwoods y terminan con el caso Bender. Es el texto fundacional. Todo lo que hoy asocias con los MIB está ahí.
Barker montó además su propia editorial y publicó a media ufología estadounidense durante tres décadas, incluido el libro de Bender. Es decir: creó el mito, publicó al testigo del mito y vendió los dos.
Y aquí es donde el expediente deja de ser una sospecha y pasa a ser un caso probado, porque existe fuente documental de primer orden.
El periodista John C. Sherwood, que fue colaborador adolescente de Barker y después trabajó veintiocho años en prensa, lo contó en la revista Skeptical Inquirer en mayo-junio de 1998. Y lo contó desde dentro, porque él participó.
A finales de los sesenta, Sherwood y Barker fabricaron juntos un relato falso. Sherwood, firmando como un tal doctor Richard H. Pratt, aseguraba haber sido silenciado por los hombres de negro tras descubrir que los ovnis eran vehículos de viaje en el tiempo. Se publicó como hecho real en la revista Flying Saucers de Ray Palmer y en las propias publicaciones de Barker. La reacción de Barker tras la publicación, según Sherwood, fue: evidentemente, los fans se lo han tragado de un bocado.
Barker se refería en su correspondencia privada a sus propios libros paranormales como sus libros chiflados. Su colega James W. Moseley declaró que Barker se tomaba prácticamente toda la ufología como una broma. Su hermana dijo que escribía sobre todo por dinero.
Sherwood añade un matiz que hay que respetar, porque es honesto: había un grano de verdad en que el Gobierno desalentaba el interés por los ovnis. Barker, dice, se limitó a adornar enormemente los hechos.
El único documento oficial, y la ironía que contiene
Llegamos al final de la cadena documental. De todo el corpus MIB —libros, revistas, testimonios, películas— existe un solo papel oficial, y merece la pena leerlo despacio.
Impersonations of Air Force Officers
Documento · 1 de marzo de 1967
Léelo otra vez. El único documento oficial que existe sobre los Hombres de Negro dice que no son de la Fuerza Aérea, que la Fuerza Aérea no sabe quiénes son, y ordena a su propia gente que avise a la policía militar si aparecen. Suplantar a un oficial es un delito federal.
Es decir: el Estado no confirma a los MIB. Denuncia que alguien los está imitando. Que es exactamente lo contrario de lo que el mito necesita para funcionar, y por eso el mito nunca ha citado esta carta.
Dos advertencias de rigor, que aquí se hacen aunque nos quiten titular. Primera: las copias que circulan de esa carta son fotocopias de fotocopias, casi ilegibles. Está ampliamente reproducida en la literatura, pero no he localizado un escaneo institucional legible, así que la trato como documento atestiguado y no le entresaco frases largas. Segunda: la célebre declaración del coronel George P. Freeman, portavoz de Blue Book, diciendo que hombres con credenciales impresionantes estaban silenciando testigos y que no eran de la Fuerza Aérea, no es un documento. Procede de un artículo que John A. Keel publicó en la revista SAGA en octubre de 1967. No hay comunicado, ni acta, ni carta firmada por Freeman.
Y ya que estamos, otra que circula mucho y que no debes repetir: no existe ningún memorando de 1967 firmado por Hector Quintanilla sobre este asunto. Si lo has leído, lo has leído mal, y quien lo escribió tampoco lo comprobó.
Keel, la conversión teológica, y luego Hollywood
En 1970, John A. Keel publicó UFOs: Operation Trojan Horse y le dio al mito su última capa. Keel rompió con la hipótesis extraterrestre de tuercas y tornillos y sostuvo que los encuentros reproducían patrones del folclore antiguo y de las apariciones religiosas. Los Hombres de Negro dejaron de ser funcionarios y pasaron a ser manifestaciones de una inteligencia no humana. Los llamó, literalmente, sobrenaturales demoníacos.
Keel fue además quien fusionó a los MIB con la oleada del Mothman en Point Pleasant, Virginia Occidental, entre noviembre de 1966 y diciembre de 1967. Aquella historia terminó con el derrumbe del puente de plata y cuarenta y seis muertos, un hecho real y trágico que el relato absorbió sin pestañear.
Y de ahí a la caja registradora. En enero de 1990, Aircel Comics publicó el primer número de The Men in Black, de Lowell Cunningham con dibujo de Sandy Carruthers. Tres números aquel año, tres más al siguiente. El cómic original es bastante más oscuro y más brutal que lo que vino después. Aircel fue absorbida por Malibu y Malibu por Marvel en 1994: así es como los derechos acabaron donde acabaron.
El 2 de julio de 1997 se estrenó la película de Barry Sonnenfeld. Noventa millones de presupuesto. Más de quinientos ochenta y nueve millones de recaudación mundial. Un Óscar de maquillaje. Y el arquetipo, definitivamente, fuera del alcance de cualquier desmentido.
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de un ático en Bridgeport a la taquilla mundial
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y dice que NO son de la Fuerza Aérea
Lo que sí es verdad, que también toca decirlo
No me voy sin la parte incómoda para los escépticos, porque este sitio no vende consuelo a nadie.
Que el mito sea fabricado no significa que no ocurrieran cosas raras. La carta de Wheless existe precisamente porque alguien estaba abordando testigos y llevándose material. El caso Heflin es real y las fotografías originales desaparecieron. Que quien lo hacía no fuera un agente del Gobierno no lo hace menos inquietante: puede que fueran investigadores privados sin escrúpulos, timadores, gente de contrainteligencia sin identificar o simples chalados con traje. No lo sabemos. Y la propia Fuerza Aérea reconocía en 1967 que no lo sabía.
Añade el contexto de la época, que está documentado en este mismo sitio: el Panel Robertson y la maquinaria de Blue Book tenían entre sus recomendaciones desactivar el interés público por el asunto. Es decir, sí había una política de desaliento. No hacía falta inventarla. Barker la infló hasta convertirla en una orden de mafiosos telepáticos, que es otra cosa.
Si te interesa el oficio de fabricar mitos con papel, sigue por el caso UMMO, que es el equivalente español y bastante más sofisticado. Y por las caras de Bélmez, donde el mito no lo hizo un editor sino un país entero mirando para otro lado.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
No se atribuye ningún memorando de 1967 a Hector Quintanilla porque no se ha localizado tal documento. La declaración del coronel George P. Freeman se consigna expresamente como procedente de un artículo de revista, no de fuente oficial. La carta de Wheless se trata como documento atestiguado y ampliamente reproducido, pero de calidad de copia deficiente, por lo que no se le entresacan frases literales.