UMMO: el fraude más elegante de España lo firmó un señor de Alicante
Miles de folios mecanografiados, un símbolo que acabó tatuado en la historia de la ufología mundial y una confesión publicada en 1993. UMMO no es un misterio abierto. Es un caso cerrado que mucha gente se niega a cerrar.
Entre 1966 y 1988 llegaron a investigadores y aficionados españoles miles de páginas mecanografiadas firmadas por supuestos habitantes del planeta UMMO. El corpus se apoyó en dos episodios físicos: el aterrizaje de Aluche (6 de febrero de 1966) y las fotografías de San José de Valderas (1 de junio de 1967). En 1993, José Luis Jordán Peña confesó por escrito ser el autor del montaje, describió el método y explicó su motivación. En 1997 se reprodujeron experimentalmente las fotografías. El caso está cerrado.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha tecnica
OSINT - Trazabilidad
Red de inteligencia
Voy a empezar por el final, que es lo honesto. UMMO fue un fraude. Lo confesó su autor por escrito, en cartas fechadas y en un artículo publicado. Reprodujo el método. Explicó la maqueta. Dio hasta la pista fonética que había dejado por si alguien la pillaba. Y aun así, treinta años después, sigue habiendo gente que lo defiende. Eso, amigos, no es un caso de ufología. Es un caso de psicología, y de los buenos.
Pero contarlo solo así sería hacer trampa, porque el fraude es magnífico. Es una obra maestra de la paciencia burocrática, ese arte que aquí adoramos. Vamos por partes.
El escenario: un sótano en la calle Alcalá
Madrid, años cincuenta y sesenta. En el sótano del Café Lion, en la calle de Alcalá, funcionaba una tertulia llamada La Ballena Alegre —el local estaba decorado como cervecería alemana, de ahí el nombre—. Allí se reunía la Sociedad de Amigos de los Visitantes del Espacio, fundada en 1954 por Fernando Sesma Manzano, funcionario de Correos, escritor y hombre con una fe conmovedora en que el cosmos quería hablar con él.
Sesma llevaba desde 1961 recibiendo anónimos crípticos. El 14 de enero de 1966 recibió una llamada de teléfono. Al otro lado, alguien que se presentaba como Dei-98, natural del planeta UMMO, en órbita alrededor de la estrella Wolf 424. A partir de ahí empezaron a llegar cartas. Cartas mecanografiadas, con lenguaje de informe técnico, numeradas, con notas al pie, con referencias cruzadas. Cientos. Luego miles de páginas, a lo largo de más de dos décadas.
Y ese es el detalle que a mí me fascina y que explica por qué el fraude funcionó tan bien: no venían escritas como profecías. Venían escritas como expedientes. El que las redactó entendió algo que la mayoría de embaucadores no entiende jamás: que la gente no se cree las revelaciones. La gente se cree la paginación.
Un profeta con túnica levanta sospechas. Un profeta con nota al pie y numeración de párrafo levanta actas.
Cronología del montaje
Nace la tertulia
Fernando Sesma funda en Madrid la Sociedad de Amigos de los Visitantes del Espacio. Se reúnen en el sótano del Café Lion, calle de Alcalá.
Los primeros anónimos
Sesma empieza a recibir cartas crípticas remitidas desde la calle Luna. Todavía no hay ummitas. Hay caldo de cultivo.
La llamada
Alguien que dice llamarse Dei-98 telefonea a Sesma en nombre del planeta UMMO.
El aterrizaje de Aluche
José Luis Jordán Peña y Vicente Ortuño declaran haber visto un objeto posarse en las afueras de Madrid. Aparecen huellas y tierra supuestamente radiactiva. Al día siguiente lo publica el diario Informaciones.
Las fotos de San José de Valderas
Se difunden fotografías de un objeto con el símbolo ummita en la panza, sobre Alcorcón. Las hace llegar a la prensa un supuesto Antonio Pardo. Algunas fuentes discrepan sobre el día exacto.
Sesma publica
Sale Ummo, otro planeta habitado. El mito ya tiene libro.
El caso perfecto
Antonio Ribera y Rafael Farriols publican Un caso perfecto (Pomaire), la obra que consagra el expediente en España.
Entra la ciencia francesa
El astrofísico Jean-Pierre Petit, del CNRS, empieza a interesarse por las cartas. Publicará dos libros sobre el asunto en los años noventa.
La factura moral
Cae la secta Edelweiss, que había instrumentalizado la simbología ummita. Deriva en uno de los mayores procesos por corrupción de menores en España.
Se apaga la máquina
Jordán Peña sufre un ictus. La producción epistolar bajo su autoría cesa. Otros imitadores continúan.
El periodista tira del hilo
Javier Sierra publica El secreto del caso UMMO en la revista Más Allá.
La confesión
Entre abril y mayo, Jordán Peña envía seis cartas de confesión a Rafael Farriols. En verano publica en La Alternativa Racional, número 29, el artículo UMMO: otro mito que hace CRASH.
La prueba experimental
Manuel Carballal reproduce las fotografías de San José de Valderas treinta años después, a la misma hora, con el método descrito por el propio autor.
Muere el autor
Fallece en Madrid José Luis Jordán Peña.
El artefacto: cómo era, físicamente, una carta de UMMO
Aquí es donde a mí se me ponen los ojos brillantes, porque el caso UMMO no es un caso de luces. Es un caso de papelería. Y la papelería se puede peritar.
Lo que llegaba a los buzones no eran mensajes místicos. Eran informes. Folios mecanografiados con una disciplina de gabinete: encabezamiento con código de documento, destinatario nominado, párrafos numerados, notas aclaratorias, remisiones a otros informes anteriores por su referencia. Términos técnicos en mayúsculas. Un vocabulario propio con transcripciones raras. Y, cuando tocaba, ese emblema.
Fíjate en el detalle de las máquinas de escribir, porque es de manual de falsificador. Si todas las cartas salen de la misma Olivetti, cualquier perito medianamente despierto te ata el corpus a una habitación. Si salen de cuatro o cinco máquinas distintas, la hipótesis del autor único se vuelve incómoda y la del colectivo se vuelve elegante. Lo mismo con los matasellos: cartas despachadas desde el extranjero, aprovechando que un conocido viajaba. Coste: un sello. Beneficio: una civilización interplanetaria con red logística.
Y sobre las pruebas «físicas», tres cuartos de lo mismo. En Aluche, las huellas del aterrizaje se fabricaron con un molde enterrado, se quemó el terreno y se esparció tierra presentada como radiactiva. En San José de Valderas se cavaron agujeros rectangulares, se roció gasolina y se prendió fuego. No hacía falta un laboratorio. Hacía falta una tarde libre.
La ingeniería social: no basta con escribir, hay que elegir a quién
Esta es la parte del montaje que menos se estudia y la que más me interesa. Porque un fraude documental no se sostiene sobre el documento. Se sostiene sobre el receptor.
El primer destinatario fue Fernando Sesma. Un hombre que ya llevaba una década esperando esa llamada, que presidía una sociedad dedicada precisamente a recibir visitantes del espacio y que tenía una tertulia con público fiel. No le hizo falta convencerlo: le hizo falta entregárselo. Sesma difundió, publicó, dio conferencias. El primer receptor hizo de amplificador gratis.
Después vino el salto de categoría. La correspondencia se desplazó hacia gente con más peso y más recursos: Antonio Ribera, el escritor que le dio literatura al asunto, y sobre todo Rafael Farriols, industrial barcelonés que se convirtió durante décadas en el principal destinatario y custodio del archivo. Un archivo necesita un archivero. Y un archivero necesita creer en su archivo, porque si no, ¿qué hace ahí?
En 1968, Ribera y Farriols publicaron Un caso perfecto. Ese título, que suena a broma cósmica leído hoy, hizo el trabajo que ninguna carta podía hacer sola: convirtió un montón de folios sueltos en un expediente con lomo. Y a partir de ahí, cuestionar UMMO ya no era cuestionar a un anónimo. Era cuestionar a dos autores respetados y a un libro que estaba en las librerías.
La mejor manera de blindar una mentira no es esconderla. Es conseguir que la defienda alguien honrado.
El salto internacional llegó en los setenta, cuando el astrofísico Jean-Pierre Petit, del CNRS francés, se interesó por los textos. Ahí el fraude tocó techo: ya no era una tertulia madrileña, era un investigador de un organismo público europeo hablando del asunto. Y aquí conviene ser justo: Petit no defendió que hubiera marcianos escribiendo cartas. Defendió que ciertos contenidos le parecían intelectualmente interesantes. Es un matiz. Pero es el matiz que mantuvo el expediente vivo dos décadas más.
El símbolo, que casi todo el mundo dibuja mal
Antes de seguir, una precisión que me da rabia tener que hacer porque circula mal hasta en libros serios. El emblema ummita no es una H con travesaño ni un cuadrado con cruz. Son dos arcos enfrentados flanqueando un aspa: algo parecido a )+(. Aparece pintado en la panza del objeto de las fotos de Valderas, marcado en el suelo del supuesto aterrizaje de Aluche y grabado en árboles y piedras de la zona.
Es, probablemente, el logotipo más reconocible que ha producido la ufología mundial. Un diseño gráfico excelente. Y ahí está una de las claves del asunto: quien montó esto tenía sentido del diseño, sentido del ritmo narrativo y una paciencia de notario.
El autor: José Luis Jordán Peña
Nacido en Alicante en 1931, muerto en Madrid el 9 de septiembre de 2014. Se presentaba como ingeniero, técnico superior en telecomunicaciones y psicólogo industrial. Conviene decirlo sin rodeos: esas titulaciones no están acreditadas. Lo que sí está documentado es que trabajó como auxiliar de telecomunicaciones en la constructora Agromán y que dio clases de física, matemáticas y electrónica en un instituto. También fue vicepresidente de la Sociedad Española de Parapsicología.
Guárdate ese dato, porque en un momento vuelve. Y de qué manera.
Jordán Peña fue, además, uno de los dos testigos del aterrizaje de Aluche en 1966. El otro era Vicente Ortuño. Durante veintidós años se les presentó como testigos independientes que coincidieron por azar. En 1988 se descubrió que eran amigos desde antes del supuesto avistamiento. Cuando dos testigos independientes resultan ser colegas, la palabra técnica no es coincidencia. Es colusión.
La confesión: dónde, cuándo y qué dijo
UMMO: otro mito que hace CRASH
Documento · Verano de 1993
Lo que contó, resumido:
- Que él inventó UMMO, lo adornó con un aterrizaje falso y unas huellas falsas.
- Que era un experimento sobre la credulidad humana, para verificar su tesis de que una parte enorme de la población padecía una especie de paranoia respecto a lo paranormal. Un experimento «sociométrico», dijo.
- Que eligió la estrella Wolf 424 al azar.
- Que el nombre UMMO evoca «humo». Deliberadamente. Dejó la pista en la puerta y nadie la vio en treinta años.
- Que usó varias máquinas de escribir —la suya, la de la oficina, las de amigos— para diversificar la tipografía y dar sensación de pluralidad de emisores.
- Que contó con colaboradores para el envío postal, algunos de los cuales despachaban cartas desde el extranjero aprovechando viajes.
- Que se le fue de las manos. Y que le pesó de verdad cuando la secta Edelweiss usó su simbología para hacer daño a menores.
Sobre las fotos de San José de Valderas explicó el método: una maqueta hecha con dos platos de plástico y un hemisferio transparente, colgada de hilo de nailon, fotografiada a velocidad rápida de obturación. En mayo de 1997, el investigador Manuel Carballal lo reprodujo: mismas fotos, treinta años después, a la misma hora, con la misma técnica.
El contenido, y por qué huele a 1968
Los textos describen un mundo entero: un planeta con su estrella, su historia, su organización social, su forma de gobierno, su manera de entender la física y una opinión bastante severa sobre lo poco que la ciencia terrestre entiende de casi nada. Hay cosmología, hay biología, hay teoría del conocimiento y hay moral. Es, en volumen y en ambición, una obra literaria.
Y aquí está la huella dactilar. El contenido científico de las cartas envejeció exactamente igual que envejeció la divulgación científica española de finales de los sesenta. No como envejece la ciencia de una civilización más avanzada. Como envejece un señor listo leyendo revistas.
Piénsalo un segundo, que es un argumento sencillo y demoledor. Si un texto viene de una inteligencia superior, sus aciertos deberían apuntar hacia delante y sus zonas oscuras deberían resultar incomprensibles para nosotros, no ingenuas. Lo que ocurre con el corpus ummita es lo contrario: sus obsesiones son las obsesiones de su época, sus categorías son las categorías de su época, y donde falla, falla exactamente donde fallaba la divulgación de entonces. Los investigadores que revisaron el material señalaron además que buena parte reciclaba trabajos ya publicados en revistas extranjeras, poco accesibles en la España de aquellos años. Con censura, sin internet y con las hemerotecas cerradas a cal y canto, una biblioteca decente era una máquina de parecer alienígena.
¿Y por qué hay quien todavía lo defiende?
Porque los argumentos de la defensa no son estúpidos, y hay que decirlo. Son insuficientes, pero no estúpidos.
Hay además un fenómeno psicológico muy humano operando aquí: cuando has dedicado treinta años de tu vida a un expediente, la confesión del autor no te libera. Te insulta. Y el cerebro tiende a defenderse de los insultos.
El detalle que nadie cuenta y que a mí me deja frío
Te dije que guardaras el dato de que Jordán Peña era vicepresidente de la Sociedad Española de Parapsicología. Aquí va el remate.
En 1971, el mismo año en que empezaron a aparecer las caras de Bélmez de la Moraleda, José Luis Jordán Peña encabezó una comisión del Ministerio de la Gobernación enviada a investigar aquel asunto.
El hombre que fabricó el fraude ufológico español del siglo fue el mismo al que el Estado mandó a peritar el fraude paranormal español del siglo. No hace falta añadir nada. La realidad, cuando se pone, escribe mejores guiones que nosotros.
Lo que UMMO enseña de verdad
No enseña nada sobre extraterrestres. Enseña muchísimo sobre nosotros, y en particular sobre cómo se construye la autoridad de un documento.
- El formato manda sobre el contenido. Numera los párrafos y ponle referencias, y le habrás dado a un texto falso el uniforme de un texto verdadero.
- La cantidad simula rigor. Miles de páginas producen una sensación de solidez que ninguna página individual soportaría.
- Los testigos independientes hay que verificarlos. Siempre. Veintidós años tardó alguien en comprobar si los dos señores de Aluche se conocían.
- El deseo hace el resto. Sesma quería que el cosmos le hablara. Alguien le habló. Fin del misterio.
Y queda la pregunta de fondo, que no es sobre UMMO. Es sobre qué pasa cuando la verdad documentada llega tarde. En 1993, cuando por fin apareció la confesión, había gente que llevaba veintisiete años con esto. Habían escrito libros. Habían dado conferencias. Habían discutido con sus familias. Para esa gente, la confesión no era una liberación: era una factura. Y a las facturas, los humanos les tenemos alergia.
Es el mismo mecanismo que verás en la genealogía de los Hombres de Negro, donde el inventor del mito dejó por escrito en su propia correspondencia que se lo estaba pasando en grande, y el mito sobrevivió igual. Y es, del revés, el mismo mecanismo del Informe Condon: allí una institución cerró un asunto de un carpetazo que su propio cuerpo documental no respaldaba, y tampoco convenció a nadie. Un veredicto no es una explicación. Y una explicación que llega veintisiete años tarde ya no compite con la verdad: compite con una identidad.
Si tuviera que resumirte UMMO en una línea, sería esta: para fabricar una religión moderna no hacen falta naves. Basta con un buzón y constancia. Un hombre con una máquina de escribir, sellos, sentido del formato y veinte años de paciencia construyó una cosmología completa, con textos sagrados, con exégetas, con cismas y con mártires. Y no necesitó ni un solo efecto especial.
Más en la ficha de José Luis Jordán Peña y en el expediente de las caras de Bélmez. Si te va la genealogía de los mitos fabricados, también tenemos la de los Hombres de Negro.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Se marca v2 y no v1 porque no existe un documento de agencia oficial que resuelva el caso: lo que hay es una confesión del autor corroborada por reproducción experimental y por investigación periodística independiente convergente. La fecha de publicación consignada corresponde al artículo confesional del verano de 1993, cuyo día exacto no consta.