Robert Hastings y «UFOs and Nukes»: medio siglo de entrevistas y una mitad de expediente
Cinco décadas recogiendo testimonios de militares destinados en silos nucleares. Los sobrevuelos de 1975 están en los papeles. La conexión entre ovnis y misiles caídos no está en ninguno.
Robert L. Hastings lleva desde 1973 entrevistando a antiguo personal de la Fuerza Aérea estadounidense destinado en instalaciones de armamento nuclear sobre incidentes con objetos no identificados. Publicó su síntesis en 2008 y organizó en septiembre de 2010, junto a Robert Salas, una comparecencia pública en Washington con varios antiguos militares. Su base documental más sólida son los sobrevuelos no identificados sobre bases del norte de Estados Unidos en el otoño de 1975, acreditados por documentación oficial. Su punto débil es la vinculación causal entre esos objetos y los fallos de sistemas de armas, que ningún documento contemporáneo establece.
Resumen ejecutivo del expediente. Todo lo esencial antes de profundizar.
Ficha tecnica
OSINT - Trazabilidad
En Montana, en enero, el viento no sopla: raspa. La pradera alta del centro del estado es una lámina parda y sin árboles donde la nieve no llega a cuajar del todo porque el aire se la lleva antes, y donde el horizonte está tan lejos que uno tarda un rato en entender que aquello de allí no es una loma sino la curvatura del mundo. Cada cierto trecho, junto a una pista de grava, hay una parcela vallada del tamaño de una cancha de baloncesto. Dentro no hay nada: una losa de hormigón, un par de antenas, una señal que prohíbe el paso. Debajo, un misil balístico intercontinental.
Y cada diez de esas parcelas hay una undécima, un poco más grande, con una casucha en superficie donde vive una guardia de seguridad y un cocinero. Bajo esa casucha, a una profundidad de varios pisos y detrás de una puerta blindada de varias toneladas, hay una cápsula suspendida sobre amortiguadores con dos oficiales dentro. Turnos de veinticuatro horas. Café malo. Consolas de los años sesenta. Y diez luces que tienen que estar verdes.
Bien. Se acabó la literatura. Vamos al expediente, porque el señor del que hablamos hoy lleva medio siglo haciendo una cosa muy concreta y merece que se le evalúe por lo que hace, no por lo que se dice de él.
Lo verificable, primero
Robert Hastings lleva desde 1973 dedicado a una sola cosa: localizar y entrevistar a antiguo personal de la Fuerza Aérea estadounidense destinado en instalaciones de armamento nuclear, y recoger lo que cuentan sobre incidentes con objetos no identificados. Ha recopilado, según su propio recuento, más de un centenar y medio de testimonios. Publicó en 2008 el libro que resume esa línea de trabajo y en 2016 un documental construido sobre el mismo material.
El 27 de septiembre de 2010 organizó, junto al antiguo oficial de lanzamiento Robert Salas, una comparecencia pública en Washington en la que participaron varios antiguos militares. Entre ellos, el teniente coronel Charles Halt, el mismo que firmó el memorándum de Suffolk. Fue el acto que dio a esta línea de investigación su mayor visibilidad.
Ahora bien: lo importante de Hastings no son las entrevistas. Es el trozo de su trabajo que descansa sobre papel oficial, y ese trozo existe y es sólido. Entre finales de octubre y noviembre de 1975 se produjo una serie de intrusiones aéreas no identificadas sobre bases del norte de Estados Unidos —la llamada Northern Tier—, incluidas instalaciones con armamento nuclear en Maine, Michigan, Montana y Dakota del Norte. Aquello no lo cuenta un testigo cuarenta años después: está en los registros del mando de defensa aeroespacial y en la mensajería del mando aéreo estratégico, liberados por la vía del acceso a la información.
Los documentos describen objetos y luces sobre zonas de almacenamiento de armamento, persecuciones con helicópteros, alertas de seguridad y una considerable irritación en la cadena de mando por no saber qué eran. No dicen «ovni» en el sentido que le da el público. Dicen algo bastante más interesante en términos de expediente: que durante varias semanas el aparato militar estadounidense tuvo intrusos sobre sus instalaciones nucleares y no fue capaz de identificarlos. Eso, con membrete, está escrito.
Hastings empieza
Comienza a recopilar testimonios de antiguo personal de la Fuerza Aérea destinado en instalaciones nucleares. Mantendrá la línea de trabajo durante cinco décadas.
Malmstrom, vuelo Echo
Diez misiles Minuteman de un mismo vuelo pasan a estado inoperativo en rápida sucesión. El hecho consta en la documentación de la unidad. Su causa y su relación con avistamientos son objeto de disputa.
Los sobrevuelos de la Northern Tier
Intrusiones aéreas no identificadas sobre bases con armamento nuclear en Maine, Michigan, Montana y Dakota del Norte. Registradas en la documentación oficial liberada después por acceso a la información. Es la base documental más sólida de toda la línea de trabajo.
Suffolk
Los sucesos de Rendlesham, con el memorándum de Charles Halt, se incorporan al repertorio de casos asociados a instalaciones sensibles.
Publicación del libro
Hastings reúne su material en un volumen que se convierte en la referencia de esta línea.
La comparecencia de Washington
Siete antiguos militares, con Hastings y Robert Salas de organizadores, exponen públicamente sus relatos en la capital federal.
Las contradicciones internas
Los dos oficiales que estaban de guardia en el vuelo Echo en 1967 desmienten públicamente la vinculación de aquel apagado con ningún objeto.
Lo que se cuenta que ocurrió
La tesis de Hastings, formulada con más prudencia de la que se le atribuye, viene a ser esta: durante décadas se han producido, en instalaciones nucleares estadounidenses, incidentes con objetos no identificados; algunos de esos incidentes coincidieron con fallos o interferencias en los sistemas de armas; y el conjunto sugiere un interés sostenido por parte de lo que quiera que sean esos objetos en el armamento atómico.
La pieza estrella de ese razonamiento es el episodio de marzo de 1967 en Malmstrom. El 16 de marzo, los diez misiles de un vuelo completo pasaron a estado inoperativo en cuestión de minutos. Eso consta. Un vuelo entero fuera de servicio es un suceso grave y quedó documentado en el historial de la unidad. La cuestión es qué lo provocó, y ahí es donde el expediente se bifurca en dos caminos que no llevan al mismo sitio.
Un vuelo de misiles caído es un hecho. Un ovni encima es una afirmación. Y en cincuenta años nadie ha conseguido unir las dos cosas con un papel.
El primer camino es el testimonial. Robert Salas sostiene haber vivido un episodio equivalente en el vuelo Oscar, con guardias de seguridad informando de un objeto sobre la instalación mientras los misiles caían. Otros antiguos oficiales han aportado relatos en la misma dirección a lo largo de los años, casi todos recogidos por el propio Hastings.
El segundo camino es el documental, y es más incómodo. La documentación de la unidad registra el fallo, pero no registra ningún objeto. Se realizó un estudio técnico para determinar la causa, y la hipótesis que se manejó apuntaba a un pulso electromagnético originado en el propio sistema durante trabajos de mantenimiento, capaz de propagarse por el cableado y tumbar el vuelo entero. Nada exótico: un problema de compatibilidad electromagnética, que en una instalación de esa época era un fantasma frecuente y muy poco romántico.
Hay que decir una cosa más sobre el método, porque es la clave de todo el asunto. Un testimonio militar recogido cuarenta años después admite contraste: existen historiales de unidad, partes diarios, registros de mantenimiento y órdenes de destino, y en Estados Unidos buena parte de ese material se puede solicitar por la vía del acceso a la información. Un investigador que entrevista a un antiguo oficial de lanzamiento y no pide después el historial de su ala para comprobar la fecha, la unidad y el incidente ha hecho exactamente la mitad del trabajo. Hastings hizo esa mitad con una constancia admirable. La otra mitad quedó, en la mayor parte de los casos, sin hacer.
Lo que puede ser, sin necesidad de marcianos
Un cielo militar muy concurrido
Los campos de misiles de la pradera alta están, por definición, en zonas de escasa población y mucho espacio aéreo. Sobre ellos vuelan helicópteros de seguridad, aeronaves de mantenimiento, aviones cisterna, ejercicios de entrenamiento a baja cota y, en los años setenta, todo un catálogo de programas de ensayo. Añádase la meteorología del lugar: inversiones térmicas que deforman luces lejanas, auroras boreales en las latitudes altas y una atmósfera tan limpia que una estrella baja parece un faro.
Un guardia de seguridad de veinte años, a las tres de la mañana, a treinta grados bajo cero y con una linterna, no es un mal testigo por incompetente: lo es porque está en el peor sitio posible para juzgar distancias y tamaños. Y conviene recordar que en aquellas instalaciones el personal estaba entrenado precisamente para reportar cualquier cosa rara. Eso multiplica los informes, que es exactamente lo que se pretendía, y de paso multiplica los falsos positivos.
Los misiles se caen solos con bastante frecuencia
Este punto es el que hunde la parte más espectacular del argumento. Un sistema de armas de los años sesenta, con miles de kilómetros de cable enterrado, decenas de miles de componentes electromecánicos y un mantenimiento continuo, falla. Falla mucho. Los estados inoperativos eran parte de la rutina diaria y existía todo un aparato de mantenimiento dedicado a devolver las luces a verde.
Lo llamativo del caso de 1967 no es que fallara un misil: es que fallaran los diez de un mismo vuelo casi a la vez, lo que apunta a una causa común propagada por el sistema compartido. Un pulso eléctrico originado en el equipo durante una intervención explica exactamente ese patrón. Y explica también, dicho sea de paso, por qué el asunto se investigó a fondo en su momento: no por curiosidad, sino porque un modo de fallo capaz de tumbar un vuelo entero es un agujero de seguridad nacional de primer orden, con marcianos o sin ellos.
Y los testigos se contradicen entre ellos
Aquí está la grieta principal de la línea Hastings, y no la abrió ningún escéptico de sillón: la abrieron los propios protagonistas. Los dos oficiales que estaban de servicio en la cápsula del vuelo Echo aquel día de 1967 han declarado públicamente que no vieron ningún objeto, que no recibieron ningún informe de avistamiento asociado al fallo y que la vinculación se construyó después. Uno de ellos ha llegado a explicar que la única mención a un objeto aquel día fue una broma de un equipo de mantenimiento por radio.
Eso no convierte a Salas en un impostor —puede estar recordando otro episodio, en otra instalación, con la fecha desplazada, que es un fenómeno de memoria absolutamente normal a cuarenta años vista—. Pero sí significa que el caso más citado de todo el repertorio tiene, entre sus testigos directos, un desmentido frontal. Un expediente donde los testigos se contradicen no es un expediente débil: es un expediente que no se puede cerrar.
Por qué este caso no se muere
Porque el planteamiento de fondo es sensato y sigue sin respuesta. Si hay un lugar del planeta donde cualquier intrusión aérea no identificada tiene que ser tomada en serio, es el perímetro de un almacén de cabezas nucleares. No hace falta creer en nada para sostenerlo: basta con seguridad de instalaciones. Y los documentos de 1975 demuestran que hubo intrusiones sostenidas que el aparato militar no supo identificar. Ese expediente sigue abierto y nadie lo ha cerrado nunca.
No se muere tampoco porque Hastings hizo, a su manera, lo que casi nadie hace: trabajo de campo largo, aburrido y sin glamour. Localizar a un suboficial jubilado en Dakota del Norte, ganarse su confianza y grabar dos horas de conversación es un oficio ingrato que no da titulares. El problema no es que ese trabajo no valga: es que quedó a medio camino. Un testimonio sin su historial de unidad al lado es una mitad de expediente, y la otra mitad estaba a una solicitud de distancia.
Y no se muere porque el patrón que describe reaparece en el propio expediente de Malmstrom y, con otra ropa, en los sucesos de Suffolk de 1980, que ocurrieron pegados a una zona donde se almacenaba armamento y cuyo testigo de mayor rango compartió estrado con Hastings en 2010. Sea cual sea la explicación, hay una constante geográfica evidente: los informes se acumulan donde hay perímetro, guardia y material sensible. La cuestión honesta es si eso ocurre porque allí hay algo que mirar o porque allí hay gente entrenada para mirar. Nadie lo ha resuelto.
Y conviene una consideración de escala antes de indignarse en cualquier dirección. En el momento de máxima tensión de la Guerra Fría había en la pradera norteamericana alrededor de un millar de silos operativos, con dos oficiales de guardia en cada cápsula y relevos diarios. Eso son cientos de miles de guardias nocturnas acumuladas a lo largo de tres décadas, con gente joven, frío extremo, aburrimiento y la obligación reglamentaria de informar de cualquier cosa que se moviera. En un universo de ese tamaño, unas decenas de relatos extraños no es una cifra alta. Es la cifra que produciría cualquier población humana sometida a esas condiciones.
Queda la imagen de la pradera y de las once parcelas valladas, con la nieve pasando de largo. Diez luces verdes en una consola a veinte metros bajo tierra. En algún momento de marzo de 1967 se apagaron todas a la vez, y llevamos casi sesenta años discutiendo si aquella noche había algo encima. Lo que sí sabemos, porque está escrito, es que ocho años después hubo cosas encima durante semanas y nadie supo decir qué eran.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
No se dan cifras exactas de entrevistas por proceder del recuento del propio investigador y carecer de auditoría externa; se presentan como tales. No se citan literalmente declaraciones de Carlson ni de Figel por no disponer de transcripción verificada; se describe el sentido de sus desmentidos. No se atribuyen números de informe ni signaturas a la documentación de 1975, que se describe por organismo y fecha.