Si uno tuviera que elegir a una sola persona para entender por qué este asunto es más interesante de lo que parece y menos concluyente de lo que se vende, elegiría a Jacques Vallée. Es el hombre que empezó defendiendo que nos visitaban naves de otros planetas, se pasó cinco años estudiando el folclore europeo y salió por el otro lado diciendo algo mucho más raro: que quizá el problema no sea de dónde vienen, sino qué está haciendo con nosotros esa idea.
Astrónomo, informático, y una cinta borrada
Nació en Pontoise, Francia, el 24 de septiembre de 1939. Se licenció en Matemáticas por la Universidad de París en 1959 y obtuvo un máster en Astrofísica en Lille en 1961. Trabajó como astrónomo en el Observatorio de París y participó después en la elaboración de cartografía informatizada de Marte. En 1967 se doctoró en Ingeniería Industrial e Informática por la Universidad Northwestern, en Estados Unidos, y acabó en el SRI International trabajando en los primeros sistemas de conferencia sobre ARPANET, es decir, en la infraestructura de la que salió internet.
El episodio fundacional de su biografía en este terreno es de 1961 y él lo ha contado muchas veces: trabajando con datos de seguimiento de satélites, se registró un objeto en órbita retrógrada, y un superior se presentó y borró la cinta. Fin. Sin explicación, sin discusión, sin acta. Vallée ha insistido siempre en que aquello no probaba nada extraordinario —podía ser un error, un procedimiento, una tontería burocrática— pero que le enseñó algo definitivo sobre cómo se comporta una institución cuando un dato no le encaja: no lo estudia, lo hace desaparecer.
El giro de 1969: del espacio al folclore
Su primer libro, Anatomy of a Phenomenon (1965), es todavía un trabajo en la línea ortodoxa: catalogar, comparar, buscar patrones, y una simpatía razonable por la hipótesis extraterrestre. El terremoto llega cuatro años después con Passport to Magonia (1969), que sigue siendo el libro más incómodo escrito sobre el asunto y el que menos gente ha leído entera de los que lo citan.
La tesis es sencilla de enunciar y muy difícil de digerir. Si uno compara los relatos ovni modernos con el folclore europeo de encuentros con hadas, elfos, duendes y raptos sobrenaturales, la coincidencia estructural es apabullante: seres pequeños o luminosos, tiempo perdido, comida rechazada, parálisis, marcas físicas, mensajes crípticos, descendencia híbrida, lugares que quedan marcados. Cambian los detalles, no el esqueleto. Vallée concluyó que no estamos ante un fenómeno de la era espacial, sino ante una constante antropológica que se disfraza con la tecnología de cada siglo. El caso Villas Boas y el de Valensole son piezas centrales de esa demostración.
La ufología ortodoxa se lo tomó fatal. Le acusaron de traición, de misticismo, de arruinar el caso científico. Es lo que suele ocurrirle a quien introduce una tercera opción en un debate cómodamente instalado en dos.
La hipótesis del sistema de control
De ahí salió su idea más provocadora, desarrollada sobre todo en The Invisible College (1975) y en Messengers of Deception (1979). Vallée propone que el fenómeno funcione como un sistema de control: un mecanismo que actúa sobre las creencias humanas mediante episodios absurdos, irrepetibles y justo lo bastante convincentes como para no poder descartarse del todo. No transmite información: modifica expectativas. No demuestra nada: condiciona.
Y añade una advertencia que en los años setenta sonaba paranoica y hoy suena bastante menos: que esa maquinaria de creencias es explotable, y que hay servicios de inteligencia, sectas y oportunistas perfectamente capaces de fabricar mitología ovni para sus propios fines. Vallée ha sido, durante cincuenta años, la voz que más ha insistido en que la desinformación deliberada es parte del expediente y no una anécdota.
Hay que decir, en honor a la precisión, que la hipótesis del sistema de control no es contrastable en ningún sentido operativo del término. No genera predicciones, no se puede falsar y por tanto no es ciencia. Vallée lo sabe perfectamente y nunca ha pretendido lo contrario: la presenta como un marco interpretativo, no como una teoría. Quien la cite como si fuera una explicación probada le está haciendo un flaco favor.
Lacombe, el capital riesgo y una obstinación
En 1977, Steven Spielberg le puso cara: el científico francés de Encuentros en la tercera fase, interpretado por François Truffaut, está inspirado en él. Es probablemente la única vez en la historia del cine en que un investigador de este asunto ha sido retratado como una persona seria.
Fuera de esto, Vallée ha tenido una carrera profesional larga y exitosa en el capital riesgo tecnológico de Silicon Valley, lo que le ha dado algo que en este gremio no tiene casi nadie: independencia económica. No necesita vender libros, ni llenar auditorios, ni cobrar por documentales. Ha podido permitirse el lujo de decir «no lo sé» durante sesenta años, que es el lujo más caro del oficio.
Y ha mantenido dos disciplinas que le honran: publicar sus diarios de trabajo, con errores incluidos, y negarse a cerrar. En un ecosistema donde todo el mundo tiene una respuesta —son extraterrestres, es el Pentágono, es una psicosis colectiva—, el hombre que lleva sesenta años diciendo que el problema está mal planteado sigue siendo, con diferencia, el más interesante de la sala.