La ufología lleva setenta años produciendo dos tipos de personaje: el que cuenta lo que vio y el que cuenta lo que le contaron. Leslie Kean pertenece a una tercera categoría, mucho menos poblada y mucho más incómoda para todos: la que pide los papeles.
No tiene testimonio propio. No ha visto nada. No hace afirmaciones sobre el origen de nada. Lo que hace es lo que hace un periodista de investigación de tribunales o de contratos públicos: identificar qué documento debería existir, solicitarlo por vía formal, recurrir cuando le dicen que no, y demandar cuando el recurso no funciona.
Aplicado a este campo, ese método es casi revolucionario. Y funcionó.
Kecksburg: la escuela
El 31 de enero de 2003, Kean presentó una solicitud a la NASA al amparo de la Ley de Libertad de Información pidiendo la documentación relativa a un suceso ocurrido en Kecksburg, Pensilvania, el 9 de diciembre de 1965: el bólido que medio continente vio y que un pueblo entero sostiene que aterrizó en su bosque.
La NASA hizo lo que hacen todas las administraciones: dar largas. Kean demandó. El caso llegó al juez federal Emmet Sullivan, del tribunal del Distrito de Columbia, que no destaca por su tolerancia con las agencias que se hacen las despistadas. En marzo de 2007, la agencia se comprometió a realizar una búsqueda exhaustiva de los registros y a abonar 50.000 dólares en costas y honorarios.
Lo que apareció después fue decepcionante: la NASA sostuvo que la documentación pertinente se había extraviado en los años ochenta. Pero el resultado periodístico no era el contenido, era el precedente. Quedó establecido que en este terreno se puede litigar, se puede ganar y las agencias pagan.
50.000 $
pagados por la NASA en 2007
4
de la solicitud a la resolución
2010: el libro que cambió el registro del debate
En 2010 publicó UFOs: Generals, Pilots, and Government Officials Go on the Record, que fue superventas en Estados Unidos y que llevaba prólogo de John Podesta, exjefe de gabinete de la Casa Blanca. El planteamiento del libro es sencillo y tremendamente eficaz: no aporta testigos anónimos. Aporta generales de fuerzas aéreas, pilotos comerciales y militares y cargos públicos, todos identificados y todos hablando con nombre y apellidos.
Entre las voces del volumen figuran nombres como el exgobernador de Arizona Fife Symington o Nick Pope, que gestionó el asunto en el Ministerio de Defensa británico. La tesis del libro no es que nos visiten. Es mucho más modesta y por eso más difícil de rebatir: que existe un residuo de casos militares y de aviación sin explicación, que las instituciones lo saben, y que negarse a estudiarlo es una decisión política, no científica.
El truco de Kean nunca fue conseguir revelaciones. Fue conseguir que gente con algo que perder hablara con su nombre encima. Eso es más lento, menos espectacular y muchísimo más difícil de desmentir.
16 de diciembre de 2017
Esa es la fecha que dividió el asunto en un antes y un después. Ese día, The New York Times publicó un reportaje firmado por Helene Cooper, Ralph Blumenthal y Leslie Kean revelando la existencia de un programa del Departamento de Defensa dedicado al estudio de fenómenos aéreos no identificados.
Lo importante no fue el contenido, que era relativamente modesto: un programa pequeño, con financiación reducida, dentro de un presupuesto de defensa colosal. Lo importante fue dónde se publicó. Después de aquella portada, un congresista, un piloto o un almirante podían hablar del tema sin que se les tomara por lunáticos. El coste social de la pregunta bajó de golpe.
Todo lo que ha venido después (informes al Congreso, oficinas específicas del Pentágono, audiencias públicas) desciende directamente de esa portada. Y esa portada desciende, en línea recta, del método que Kean aprendió peleándose con la NASA por unos papeles sobre un bólido de 1965.
Las críticas, que también existen
Sería deshonesto pintarla como una figura sin objeciones. Las hay, y son de dos tipos.
La primera, metodológica: se le reprocha una selección favorable de casos, es decir, presentar el residuo inexplicado sin dedicar el mismo espacio a la enorme mayoría de casos que sí se explican. Es una crítica justa. Cualquiera que haya leído los archivos españoles desclasificados sabe que la proporción real es aplastantemente convencional, y ese contexto no siempre aparece en su trabajo con el peso que le corresponde.
La segunda, sobre sus temas posteriores: Kean ha publicado también sobre fenómenos de otra naturaleza, incluida la supervivencia de la conciencia, un terreno donde el método documental que la hizo valiosa simplemente no se puede aplicar. Cada cual valorará. Aquí nos quedamos con la parte que se puede auditar: las solicitudes, los recursos, la sentencia y la portada.
- Kecksburg 1965, donde empezó todo.
- La audiencia pública sobre UAP, donde acabó.
- George Knapp, el otro periodista del expediente estadounidense.