Hay una manera muy fácil de estropear este testimonio, y es adornarlo. Se ha hecho mucho durante cuarenta y siete años. Se le han atribuido frases que no dijo, precisiones que no dio y certezas que nunca tuvo.
Lo que sabemos del relato del comandante Francisco Javier Lerdo de Tejada viene de dos sitios: de la documentación del expediente del Ejército del Aire, donde consta la versión de la tripulación, y de sus declaraciones a la prensa española en los días siguientes al 11 de noviembre de 1979. Todo lo demás es literatura de otros.
Lo que declaró
El núcleo del relato, tal como se recoge en la documentación del caso y en la prensa de la época, es notablemente sobrio:
- Una emisión anómala en 121.5 MHz, la frecuencia internacional de emergencia, procedente aparentemente de una zona sobre el mar al noreste de Valencia.
- Dos luces rojas muy intensas a la izquierda del aparato, moviéndose a gran velocidad.
- Que esas luces igualaron altitud y se aproximaron al avión hasta un punto que consideró peligroso.
- Una maniobra evasiva y la decisión de desviarse a Manises.
Dos luces rojas muy intensas que se movían a gran velocidad.
Fíjate en lo que no hay ahí. No hay forma. No hay estructura. No hay ventanillas, ni ocupantes, ni maniobras imposibles descritas con detalle. Hay dos luces, una aproximación y una decisión profesional. Ese despojamiento es precisamente lo que hace fuerte el testimonio.
Un testigo que solo cuenta lo que puede sostener vale diez veces más que uno que rellena los huecos. Lerdo de Tejada no rellenó los huecos.
Por qué este testimonio pesa
Por una razón que no tiene nada que ver con lo que vio: por lo que hizo.
Un comandante de línea con 109 personas detrás no desvía un vuelo por capricho. Un aterrizaje fuera de plan tiene consecuencias caras y molestas: informe a la compañía, pasaje que hay que alojar o reembarcar, slots perdidos, tripulación que se queda sin horas legales, y la posibilidad muy real de que en la investigación posterior te digan que exageraste. Nadie hace eso para salir en el periódico.
Es decir: el testimonio viene acompañado de un acto costoso y verificable. En metodología de fuentes, eso es lo más parecido que existe a una prueba de sinceridad. No prueba que lo que vio fuera exótico. Prueba que él creyó de verdad que había un riesgo de colisión.
Y por qué, aun así, no cierra nada
Aquí hay que aplicar el mismo rasero que aplicamos a todos. Un piloto es un observador entrenado en muchas cosas, pero no está entrenado en estimar distancias a fuentes luminosas de noche sobre el mar. Nadie lo está. Es una tarea perceptivamente imposible sin referencias.
Y ahí es donde encaja la hipótesis convencional más trabajada del caso: las antorchas de combustión de la petroquímica de Escombreras, cerca de Cartagena, vistas a enorme distancia bajo inversión térmica. Una fuente luminosa lejanísima parece acompañar a la aeronave, parece igualar altitud y, con el ángulo adecuado, puede parecer que se acerca. La lectura la desarrollamos en el expediente completo.
Que el comandante se equivocara al estimar la distancia no lo convierte en mal piloto ni en mal testigo. Lo convierte en un ser humano con dos ojos y sin telémetro.
Los otros dos hombres de la cabina
Un testimonio de cabina nunca es de una sola persona. En el JK-297 había tres profesionales: el comandante, el copiloto Ramón Zuazu y el mecánico de vuelo Francisco Javier Rodríguez. Según el relato recogido, fue el mecánico quien avisó primero de las luces por la izquierda.
Eso importa metodológicamente. Un avistamiento con tres observadores simultáneos en el mismo espacio reducido tiene una ventaja y una trampa. La ventaja: hay corroboración inmediata. La trampa: en una cabina, tres personas se contaminan mutuamente el relato en cuestión de segundos, porque hablan entre sí mientras miran. Lo que declaran después ya es, inevitablemente, una versión negociada.
Por eso el valor probatorio de este testimonio no está en el número de testigos. Está, otra vez, en la decisión de bajar el avión.
OSINT – Trazabilidad de fuentes
Se reproduce únicamente el fragmento de cita más consistentemente atribuido en las fuentes consultadas. Se advierte expresamente contra las descripciones más elaboradas que se le han atribuido con los años y que no figuran en el núcleo documentado del relato.