Hay una manera muy española de acabar cayendo mal a todo el mundo: tener razón por partida doble y decirlo. Vicente-Juan Ballester Olmos lleva medio siglo en eso.
Es el hombre que consiguió lo que ningún periodista, ningún político y ningún ufólogo con programa de televisión había conseguido: que el Ejército del Aire español abriera sus archivos sobre fenómenos aéreos no identificados. Y es también el hombre que, una vez abiertos, publicó el recuento: cuatro de cada cinco casos tenían explicación convencional y el planeta Venus era responsable de una porción escandalosa del catálogo.
Los partidarios de la hipótesis extraterrestre le acusan de haber sido el escéptico infiltrado que blanqueó una desclasificación amañada. Los escépticos militantes le miran de reojo porque dedicó su vida entera a catalogar un fenómeno en el que ha acabado no creyendo. Él sigue en Valencia, catalogando.
De la astronomía adolescente a la ficha de cartulina
Nacido en 1948, empezó como empiezan casi todos: mirando al cielo por gusto. Astronomía y astronáutica primero, fenómeno OVNI después, con la ufología española de los años sesenta y setenta como escenario. Aquella ufología era muy distinta de la actual: había clubes, boletines ciclostilados, correspondencia internacional a mano y un entusiasmo que hoy da algo de ternura.
Lo que distinguió a Ballester Olmos desde el principio no fue la teoría, fue el método. Mientras la mayoría discutía sobre qué eran los platillos, él se dedicaba a algo mucho más tedioso: hacer fichas. Localizar el caso, fechar el caso, geolocalizar el caso, buscar al testigo, cruzar con efemérides astronómicas, con planes de vuelo, con partes meteorológicos. Su producción bibliográfica de los setenta ya iba en esa dirección, con trabajos de casuística española que siguen citándose.
La diferencia entre un aficionado y un investigador es que el investigador tiene un archivo. Y que lo mantiene aunque le lleve la contraria.
Marzo de 1991: el dosier
Este es el momento por el que pasará a la historia, y es un momento de oficina.
En marzo de 1991, Ballester Olmos entregó al Estado Mayor del Aire un dosier documentado con un argumento sencillo y demoledor: otros países ya habían abierto sus archivos y no les había pasado nada. Ni brechas de seguridad, ni pánico social, ni compromiso de capacidades militares. Guardar aquellos papeles no protegía la defensa nacional; solo alimentaba la sospecha de que protegía algo.
Funcionó. En enero de 1992, los expedientes que estaban en el Estado Mayor del Cuartel General del Aire se transfirieron al Mando Operativo Aéreo con delegación escrita de autoridad. A partir de ahí, siete años de trabajo por lotes, con Ballester Olmos coordinando un equipo multidisciplinar de asesores civiles. El resultado, en 1999: 84 expedientes desclasificados, 122 casos, del periodo 1962-1995.
Lo cuento entero en el expediente sobre el proceso. Aquí basta el retrato: un hombre convenció a una institución armada de renunciar a un secreto, y lo hizo con un informe bien hecho. Sin filtraciones, sin escándalo y sin abogados.
84
122 casos, 1962-1995
7
de 1992 a 1999
Y entonces publicó el recuento
Aquí es donde perdió a media afición. Porque abrir los archivos era la parte heroica; decir qué había dentro era la parte antipática.
El balance publicado sitúa en torno al 80 % de los casos con explicación convencional: objetos aeroespaciales, cuerpos astronómicos (con Venus como campeón absoluto), causas psicológicas, meteorología. Un 13 % se queda sin resolver por datos insuficientes. Y unos nueve casos, en torno al 7 %, permanecen sin explicación satisfactoria. De esos nueve, él mismo ha escrito que siete admitirían todavía explicación con más trabajo.
Su posición actual, sostenida en entrevistas y en su producción reciente, es tan clara como incómoda: tras revisar archivos desclasificados de decenas de países, millones de páginas y centenares de miles de casos, no hay evidencia sólida de visitas extraterrestres. Lo dice el hombre que se dejó la vida catalogando esos casos. Eso, en cualquier disciplina, se llama tener criterio y no confundirlo con la afición.
FOTOCAT, o la obsesión productiva
Desde comienzos de siglo mantiene FOTOCAT, un catálogo de casos con soporte fotográfico o audiovisual que ronda las decenas de miles de entradas. Cada entrada con fecha, lugar, fuente y estado de análisis. Es el tipo de proyecto que no da fama, no da dinero y no se acaba nunca.
Y es, precisamente por eso, lo más valioso que ha hecho. Un catálogo bien mantenido sobrevive a todas las modas interpretativas. Dentro de cincuenta años nadie recordará qué opinaba nadie sobre los triángulos belgas; el que quiera investigar seguirá necesitando saber qué se fotografió, cuándo y dónde.
- La desclasificación OVNI española, su obra mayor.
- Manises 1979 y Canarias 1976, dos expedientes del fondo que abrió.
- El proceso, como ficha de evento.